LA PEQUEÑA HIJA DEL ABISMO

Esta y las proximas colaboraciones son de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Léase mientras se escucha “La petite fille de la mer” de Vangelis)

La guerra entre Humanos y los Algyroides Marchi fue corta, tan corta como largas eran las ambiciones de los terrícolas una vez que dominaron los secretos del viaje intergaláctico.

Los Algyroides Marchi por su parte —de lo que pudo deducirse estudiando los escasos archivos sobrevivientes tras el genocida asalto humano— eran un pueblo de la vecindad del giro estelar, sin mayor ambición que la contemplación de los ciclos de los agujeros negros. Seres pacíficos unidos indeleblemente a sus amadas bestias, las Kullammak o Umgullick; preciosos animales que nadaban a través de las estrellas con la gracia de lo etéreo y la velocidad de lo tangible. Una simbiosis perfecta.

Exterminada la gran mayoría de los Algyroides Marchi —y en severos campos de concentración los escasos sobrevivientes—, los asesinos terrícolas se empeñaron en dominar a las Kullammak. Intuían que, bajo su férrea dirección, podían transformarse en formidables transportes y armas de guerra para conquistar todo el resto de la rueda galáctica.

Los Humanos procedieron con la violencia habitual de su raza para acelerar la domesticación de las Kullammak, pero pronto el intento derivó en una verdadera carnicería que dejó una mortal estela de aquellas nobles bestias a todo lo largo del giro estelar. Sus indefinibles y hermosos cuerpos flotando entre las estrellas que, antes de la aparición de la plaga terrícola, habían visitado y contemplado en absorta fascinación junto a los Algyroides Marchi. La desintegración de las pequeñas hijas del abismo nadando en la oscuridad del vacío, rumbo a la cuna donde se iniciaban los ciclos de los agujeros negros.

Los miopes terrícolas no fueron capaces de darse cuenta de ello: tras la desaparición de la última Kullammak, el último de los Algyroides Marchi se durmió para siempre. El uno no podía sobrevivir sin el otro. Y sin ellos dos —los Algyroides Marchi nadando junto a las Kullammak, sus amadas bestias—, el camino de los agujeros negros no podía ser trazado con claridad. Porque la labor noble y contemplativa de ellos era principalmente la de pastorear los grandes ciclos galácticos, de guiarlos de ida y de vuelta a través de los eones.

Los despreciables Humanos no se dieron el tiempo de pensar en ello, absortos en sus campañas de destrucción y conquista.

Hasta que el colapso de la entera galaxia alcanzó a los Humanos y los barrió de la existencia para, sobre su ignominioso despojo, sembrar en los abismos la semilla de nuevas y hermosas Kullammak que, a su vez, pudieran despertar a los pacíficos Algyroides Marchi.

 

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