Ocurrió de camino a la estación

Esta y las proximas colaboraciones son de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Tras mamarme por infinitésima vez “Los diez mandamientos” por televisión)

El casino del nivel 381-AD se encontraba atestado tras cerrarse las esclusas secundarias de la gigantesca nave-nodriza. Todo el personal que volvía de las bajadas diurnas (según el horario estándar de las embarcaciones de ese tipo) acostumbraba pasarse por alguno de los casinos para relajarse tras el trabajo diario.

A pesar de ello, no fue difícil para Mitr encontrar a su amigo: la expresión de fastidio de aquel brillaba como un faro de oscuridad en medio de la luminosidad del público.

—¿Y tú? ¿Por qué esa cara de wub apaleado? —le preguntó a su amigo una vez estuvo a su lado. Éste la miró sin ninguna gana de contestarle o de hablar de cualquier otra cosa.

Pero Mitr era insistente. Se sentó a su lado. Tecleó una selección en el tablero. Aguardó por el trago pedido. Lo recibió de la bandeja flotante. Puso su pulgar en el lector de cobro. Lo bebió por completo. Tecleó el bis. Y volvió a la carga:

—Ya, dime. ¿Qué te pasa? ¿Es verdad lo que supe…? —recibió el segundo trago y apenas sí humedeció los gruesos labios tatuados en él.

Las risotadas de un grupo cercano hicieron voltear a Mitr. Alzó el vaso y brindó a la distancia. Cuando se volvió hacia su compañero, descubrió que este había desaparecido.

—Maldición… —Apuró el resto del trago y se levantó.

Alcanzó a distinguirlo cerca de la salida oeste, la que comunica, entre otras secciones del nivel, con el hangar de pertrechos. ¿Iría hacia ese lugar? Mal destino, pensó Mitr. «Sí que está jodido… debe de ser verdad entonces…» concluyó mentalmente y partió a la zaga de su amigo.

 

Lo buscó por el hangar pero no lo encontró. Frustrada, se dirigió a un panel en la pared. Colocó su pulgar y sacó la lengua ante el visor para identificarse.

Tras el pitillo, ordenó la búsqueda y localización de su amigo. Se supone que las prerrogativas de su cargo no están para satisfacer pequeños caprichos, sino para la ejecución de actividades oficiales; sin embargo, ¿quién se lo iba a reprochar? Y, en cualquier caso, siempre podía argüir alguna razón aceptable.

La respuesta no se hizo esperar. Un chirrido agudo expulsó una cartola por la ranura inferior del panel.

—Ajá —se sonrió al leerlo—, te creías muy listillo.

Volvió al pasillo central del nivel 381-AD. Retrocedió hacia el casino y se desvió a mano derecha, hacia la cuarta bodega. Pasó ante una claraboya y se detuvo un segundo para contemplar el planeta azul que orbitaban. Un par de Buscadores se cruzó por su campo visual. La Orden no descansaba.

Aceleró el paso. Cruzó la bodega. Salió por la puerta superior y subió una escala de emergencia adosada a la pared.

Resollando llegó al nivel intermedio. «Ojalá que el maldito no se haya movido», masculló, mientras se acercaba al elevador. Entró, colocó el pulgar, sacó la lengua y silbó el destino. El elevador se deslizó suavemente hasta detenerse y abrir la compuerta.

El aire fresco le dio en la cara y eso animó un poco más a Mitr: había comenzado a sentirse fastidiada ella misma camino del Vergel.

Una asistente joven la saludó con un leve movimiento de cabeza y Mitr le devolvió una amplia sonrisa, sintiendo sus pezones erguirse bajo el efod. Tomó registro mental del nombre de la asistente estampado en la piocha de su uniforme para lo que fuera menester… otras de las prerrogativas no-oficiales de su cargo.

Avanzó entre los invernaderos hasta que un murmullo le señaló por dónde internarse.

Al final del pasillo, junto al Conservador Eónico, lo encontró masticando la rabia, la frustración, o lo que fuera. Se acercó en silencio hasta estar a sus espaldas. Se levantó sobre la punta de sus pies descalzos. Se inclinó hacia delante y acercó sus labios a la oreja del otro.

—¡Te tengo! —le gritó y lo abrazó por detrás.

—¡Pero qué mierda te crees…! —La empujó contra la pared transparente de aislamiento térmico del Conservador—. ¡Déjame en paz, ¿quieres?!

—Vamos… no seas así —Mitr volvió a acercarse, esta vez con amabilidad y un dejo de seducción—. ¿Por qué no me cuentas lo de tu asignación? ¿Tan terrible es?

—Peor de lo que piensas… Y todo por un error del nativo…

Mitr se sonrió. Una vez que su amigo empezaba a hablar, nadie podía pararlo. Esperaba no lamentarlo, eso sí.

—Ocurrió de camino a la estación… —por los sonizadores de la nave-nodriza silbó la señal horaria estándar. Ambos miraron hacia arriba y luego el uno al otro. Se encogieron de hombros. Prerrogativas. Él prosiguió—: Había acabado con mis recolecciones y, para acortar la carrera, subí al monte por el lado oriental. ¿Estuviste alguna vez en la Estación de Acopio de la región?… Me imagino que sí.

Mitr volvió a sonreírse, recordando el picante episodio con los dos cadetes-acólitos de la Estación. «¡Qué tiempos aquellos!», se quejó divertida. Pero su amigo proseguía con el relato:

—… y al enfilar el estrato-deslizador por entre dos paredes rocosas sentí un segundo retorcijón en el estómago. Así que detuve el armatoste… Sí, ya sé que eso está fuera de protocolo, pero ¿qué iba a hacer? ¿Cagarme dentro del traje? Supuse que no habría ningún nativo por ahí cerca… ¿Qué nativo en su sano juicio iba a encaramarse a esas alturas del monte tras el condicionamiento genético? ¿No habrías concordado conmigo de haberte encontrado en mi situación?

Mitr asintió y empezó ya a lamentar su insistencia: no se esperaba un relato tan poco heroico como ese. Aún así, resignada, dejó que su compañero continuara.

—Me agaché tras un arbusto y dejé… dejé que fluyera, si sabes a qué me refiero. No puedes ni imaginarte el alivio y bienestar que me invadió mientras cagaba hasta la última gota de mi malestar estomacal. ¡Ni me acordé del jodido protocolo de contaminación y huella! Simplemente… simplemente…

—“Dejaste que fluyera…” —completó la frase Mitr, haciendo un mohín de asco con los labios, anhelando ahora que silbara la condenada señal horaria estándar. ¿Para esto lo había seguido por la quinta parte de un nivel de la nave-nodriza? ¡Qué pérdida! Lo único que le quedaba era esperar que su amigo terminara pronto su “historia” y que, a la salida, aún estuviese la asistente joven para citarla a su camarote. ¡Algún provecho tenía que haber en todo esto!

—Exacto… dejé que fluyera —continuó el hombre—. ¡Hasta que escuché al nativo acercarse! ¡No se suponía que estuviese ahí!… ¿De qué sirve el dichoso condicionamiento? —Su semblante se volvió aún más sombrío—. Me preguntó algo… Tú sabes que nunca se me ha dado lo de esos dialectos locales de los nativos. Creo que no me podía distinguir muy bien porque entre el arbusto y yo, estaba el estrato-deslizador y su brillo, me parece, lo cegaba en parte.

»Entré en pánico y sólo se me ocurrió una solución: Accioné el amplificador traqueal y le dije que estaba en sitio sagrado, que cuidase sus pasos. Supongo que me entendió a medias porque lo vi sacarse esas sandalias de piel animal que usan y arrodillarse… A veces me pregunto si no hemos exagerado con el condicionamiento… Intenté atemorizarlo para que se largase y me permitiese terminar con mi trance estomacal… No tuve mucho éxito… Voy a tener que tomar un reforzamiento en dialectos: el asunto se enredaba más y más a medida que le hablaba… Cuento corto («¡por fin!», agradeció en su fuero interno Mitr), le metí cuco con un par de cosas y lo despaché con alguna frase típica del Catálogo Básico de Operaciones.

»El nativo se puso en pie, volvió a calzarse y se alejó en medio de aparatosas genuflexiones. Yo terminé con lo mío —que tras el sorpresivo encuentro se había vuelto a agudizar— me limpié, me arreglé, subí al estrato-deslizador y continúe mi camino hacia la Estación de Acopio, donde pronto olvidé todo el dichoso episodio.

»A la hora de recogida, estuve en el punto y volví a la nave-nodriza. Subí junto a cuatro exploradores más… Son de los que arribaron cinco giros atrás. ¿Los conoces? ¿Sabías que uno de ellos estuvo enganchado con…?

—Después me cuentas esos detalles… ¿quieres? —le interrumpió Mitr, temiendo que su amigo divagara en asuntos sin cuento—. ¿Qué pasó luego? ¿Te denunciaron? ¿Te delataste?

El hombre se frotó la oreja izquierda con la palma de su mano, desarmando en parte su peinado. Se volvió a mirar las plantas que crecían, iridiscentes, tras la pared transparente de aislamiento eónico-térmico. Apoyó la frente contra una columna y continuó:

—No… no del modo que lo imaginas. Al cabo de unos días, cuando me disponía a hacer una bajada de limpieza junto a mi Triunvirato, me llamó el Superior. Acudí sin siquiera sospechar que la citación se relacionase con el… “incidente”.

»Llegué al puente y me condujeron ante su presencia de inmediato. En ese punto ya comencé a preocuparme. Aún así, lo del…

—Incidente —ayudó Mitr.

—Sí, eso… lo del “incidente” ni siquiera se me cruzaba por la mente. En realidad temía que la cadete-novicia hubiese presentado alguna queja…

—¿Qué cadete? —Ese dato pareció despertar a Mitr, recordando las lúbricas costumbres de su compañero. Pero ahora fue él quien no quiso distraerse con otros asuntos:

—Luego te lo cuento… si es que ya no lo sabes, en realidad. —Mitr se encogió de hombros.

»Te decía que llegué ante el Superior, quien me recibió muy amablemente. ¡Incluso me ofreció Kil para beber y Mach para snifar! Le acepté el kil, que me supo más amargo que de costumbre, y esperé el golpe, imaginando de qué manera librar de la acusaciones que la niñata esa pudiera haberme levantado. Sin embargo, el Superior se tomó su tiempo. Se bebió el kil de un trago, se sirvió otro, le espolvoreó mach encima, ¡eso fue nuevo para mí! —«Y para mí», reflexionó Mitr, imaginando mil aplicaciones para la cáustica combinación.

»Tomó, entonces, una carpeta. La abrió y leyó y releyó algo. Cada tanto asentía y pasaba de página. Inquieto, sentí como el kil tomaba temperatura entre mis manos. Me lo acabé de sopetón y no pude evitar toser, sintiendo que la garganta me explotaba y que el licor se me salía por la nariz.

»Intenté una pálida excusa, pero el Superior se limitó a alzar la vista un momento y regresar de inmediato a la lectura. Yo volví a mi eterna espera. Pronto, más que inquieto, me sentí aburrido. —Mitr bufó, sintiéndose ella misma aburrida.

»—¿Cuántas veces antes ha alterado el Protocolo de Comportamiento con los nativos? —me soltó de pronto. Debió adivinar mi desconcierto porque agregó a continuación—: Lo de salirse de ruta y detenerse para establecer contacto directo con los nativos…

»¿Qué podía decir? ¡Ni siquiera sospechaba que pudiera tratarse de eso! Intenté una excusa… ¡no le iba a decir que estaba con cagadera! Sin embargo, me pareció que el Superior no esperaba una verdadera respuesta de mi parte porque, acto seguido, me largó una tremenda perorata sobre el valor de la innovación, de la iniciativa; sobre el aporte inmenso que la casualidad y el accidente podían brindar, guiados con mano certera; sobre… En fin, el Superior pretendía que mi salida de protocolo era una oportunidad que no se podía desestimar, una oportunidad a la que se le podía extraer muchísimo provecho… y esa fue la palabra que utilizó, “provecho”.

»Intuí que decía “provecho” en referencia a sí mismo… lo que sólo podía significar que, para mí, sería sinónimo de desmedro y más trabajo…

Calló, volviendo a bajar la vista y asumir esa expresión reconcentrada y mustia. Se escuchó el soplido de una puerta automática a lo lejos. «Maldición, espero que no se haya ido», pensó Mitr en relación a la joven asistente, pateando el piso lacado. Estiró el cuello hacia su amigo con una amenazante expresión en los ojos rasgados. «Termina de una vez, desgraciado», ordenaban de modo taxativo.

El otro suspiró con fuerza, sin advertir la impaciencia de Mitr, y continuó:

—El dichoso nativo… el muy estúpido creyó que le había encomendado alguna misión. Tres infiltrados vartianos dieron informe del maldito: ¡se fue a hablar con un rey para que liberen a un inmundo pueblo esclavizado! Y ¿qué crees que hizo el rey ese? ¡Lo despachó con tres patadas en el culo! Y el Superior piensa que puede ser interesante seguir adelante con la jugarreta y, puesto que yo inicié el lío, ¡quiere que yo me haga cargo de todo el experimento! ¡¡¡yo!!! Qué me interesan a mí los sucios nativos de este planetucho. Dime… ¡dime!

—Por favor, no seas tan melodramático. —Mitr apenas sí contenía la risa. Había imaginado algo mucho más espectacular, pero las Comisiones de Pueblo eran una bagatela. ¡Hasta a ella misma le había tocado la asignación alguna vez en otro planeta!— No puedes ser tan mamón…

—No te burles, Mitr. Sabes que me cabrean ese tipo de asignaciones…

—Pero no puedes eludirlas —se apegó a su amigo—. No, cuando el mismo Superior te lo ha encomendado… ¿Y?… ¿cómo lo vas a hacer?

—Según el Manual. Mañana bajo a entrevistarme con el nativo… Móseh creo que se llama el cretino. Tengo que darle otra misión y entregarle un artefacto… Sólo espero no enredarme con el condenado idioma del nativo. El Superior quiere que forme una nación con los que Móseh (o cómo se llame) libere y que siga un esquema Prior B con Segunda Ventaja…

Mitr silbó admirada. Cómo podía alguien quejarse de tamaño privilegio: hacerse pasar por un dios y jugar con una nación completa…

—No tengo restricción de Intervención —agregó el desdichado—. Pero te aseguro, Mitr: a la primera que los mal nacidos me joroben, me los cargo a todos… en especial al condenado Móseh ese que me enredó en todo este cahuín. Aunque el Superior me deporte por todas las revoluciones del tiempo.

Mitr lo abrazó y le dijo al oído:

—No seas tan gruñón, Adhonay. —Agarró la entrepierna de su amigo con fuerza—. Ven, vámonos a mi camarote para relajarte… Mañana vas a hacerlas de dios… no es tan malo. Me excitan los dioses. —«Y las asistentes jóvenes», agregó mentalmente, rogándole a sus propios dioses que la jornada acabara en un fogoso trío.

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