Divertimento dickiano

Esta es la ultima (al menos de momento) de las colaboraciones de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Humorada inspirada por un párrafo de “Return match” de Philip K. Dick)

Tras la devastación que significó el Aquello, se pensó que todo había terminado irremediablemente.

Con el 99,99% de la población mundial evaporada o fundida en alguna de las cinco oleadas, ¿qué esperanza podía haber para los miserables sobrevivientes? ¿Qué ganas podía quedarle a ese 0,01% salvado milagrosamente por hallarse circulando por el metro de la ciudad al momento del Aquello?

¡Pero sí hubo uno que se alzó entre la muchedumbre gimiente! Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, se levantó y arengó a los sobrevivientes.

—¡Compañeros, hermanos! —comenzó, encaramándose en el gran pilar del reloj en la Estación Central del metro (inexplicablemente, todos los trenes habían seguido su trayecto hasta llegar a la estación, reuniendo en un solo lugar a los únicos humanos vivos aún sobre el entero planeta)—: ¡No desfallezcáis!, no todo está perdido. Creo que puedo guiaros hacia un nuevo y brillante futuro —concluyó.

Todos los presentes se miraron unos a otros, desconcertados… No tanto por lo que había dicho el hombre sino por el cómo lo había dicho. ¿De dónde había sacado eso de “desfallezcáis” y “guiaros”? ¿Quién era ése que hablaba como protagonista de película porno?, se preguntaron en sus corazones.

El desconcierto, sin embargo, duró la nada misma y todos volvieron a sus propias y post-Aquellísticas preocupaciones. Pero Juan Ramiro Inostroza Ceballos no era tipo que se amilanara tan fácilmente. Se encaramó aún más por el pilar hasta quedar sentado sobre el reloj que, cosa extraña, seguía andando cuando todos los otros relojes se habían detenido.

—¡Escuchadme, hermanos! Sé de…

—¡Oye, flaco! —le interrumpió uno de los supervivientes—, ¿pa’qué hablái como actor porno?

Un gran murmullo de afirmación recorrió la Estación Central.

—¿Qué es porno? —preguntó un niñito. En realidad, el único niño presente.

Pssst… cabro chico —le respondió con desdén una niña no más grande que él. La única niña presente.

—¡Escuchadme! —insistió Juan Ramiro Inostroza Ceballos—. ¡Os tengo una gran noticia! ¡Sé cómo podéis salvaros!

—¿Y cómo, según tú? —preguntó alguien más, que luego se volvió a la persona a su lado y le confidenció—: Seguro que es actor porno y la sífilis le jodió la cabeza.

Mmm… —asintió la otra.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos se puso de pie sobre el reloj y, desde ese precario equilibrio, por fin les expuso su plan:

—A las afueras de la ciudad, bajo el Cerro de la Virgen Preñada, existe una base secreta del gobierno donde un cohete espera a ser lanzado. ¡Ese cohete es vuestra última esperanza!

El silencio se apoderó de la gigantesca Estación Central. Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, se estiró aún más sobre el reloj. ¡Una voz había sido alzada en medio del desierto Aquellístico, anunciando la venida del Salvador en forma de cohete! El 0,01% sobreviviente de la población mundial contuvo el aliento durante un instante que pareció eterno. En el filo mismo de la aniquilación total de la humanidad un hombre ofrecía esperanza y consuelo. ¡Que se alzaran los vítores y las aclamaciones! ¡Que se entonaran himnos de alabanza y regocijo!…

 

El silencio se rompió, sí, y de modo abrupto además, pero no por las loas del 0,01%, sino por la risotada de todos los sobrevivientes confinados en la Estación Central. Apretándose la guata, todos se agitaron riendo a mandíbula batiente. Unos intentaban enjugar sus lágrimas en medio de la carcajada general. Otros, apenas aguantaban el pichí entre las piernas. Grandes y chicos. Hombres y mujeres (hasta el par de travestis que volvía de la periferia). Viejos y jóvenes. Adultos y niños (es decir, los dos únicos niños presentes). Todos reían sin parar…

Juan Ramiro Inostroza Ceballos, orgulloso, levantó el puño en alto (qué puño levantó, poco importaba ya tras el Aquello… si es que alguna vez, en realidad, había tenido importancia) y gritó a todo pulmón, sintiéndose victorioso:

—¡¡¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!!!!

La muchedumbre enmudeció, congelados en el gesto y el movimiento. Hasta que uno gritó desde el fondo de la estación:

—¡Cállate, coño ridículo!

Juan Ramiro Inostroza Ceballos, desde su atalaya, vio como la marea cambiaba. Uno tras otro, le daban la espalda volviendo a sus propias disquisiciones.

—Pero… ¡escuchadme! Os lo suplico… Preguntaos, ¿qué podéis perder?… ¡Dadme una oportunidad!

Tal vez fue el tono suplicante de Juan Ramiro Inostroza Ceballos… o fue que todos los supervivientes no tenían nada mejor que hacer y, al fin y al cabo, un poco de diversión a costa del ridículo actor porno no tendría por qué ser un desperdicio… El asunto es que, al tiempo que volvían a mirarle, decidieron hacerle caso.

—Ya, suéltala —le conminó alguno.

—Compañeros en el infortunio y la desgracia. Debéis acompañarme… ¡AHORA! —arengó a viva voz, al tiempo que saltaba desde el reloj y caía de hocico contra el piso embaldosado de la Estación Central.

Se recompuso inmediatamente y, tras escupir sangre, les hizo señas con la mano para que le siguieran a la calle.

—Oye… —le preguntó al oído el niño a la niña—, ¿qué es coño?

La niña lo miró y ¡ploc! le pegó un chirlito en la frente, tras lo cual se apresuró a salir de los primeros para así perder al fastidioso niño.

 

El paisaje en la avenida principal de la ciudad era todo lo desolado y triste que uno pudiera imaginarse. Fuera de la Estación Central se notaba el paso del Aquello por las calles de la otrora ruidosa urbe.

El grupo de supervivientes, guiados por Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, avanzó entre la generosa destrucción, cuchicheando entre sí en voz muy baja, como si estuviesen en medio de algún servicio religioso mortuorio.

A la zaga del grupo, el niño apuraba el paso, tropezando aquí y allá. Gimoteaba y estiraba el cuello tratando de encontrar a la niña. Pero ella, con paso muy resuelto, avanzaba a la par de Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aunque eso le significara casi correr para mantener el tranco.

 

—¡Helo aquí! —dijo Juan Ramiro Inostroza Ceballos a los pies del cerro—. ¡El Cerro de la Virgen Preñada! Dentro de él encontraréis el cohete que habrá de salvaros.

El 0,01% superviviente alzó la vista hasta lo alto del gran cerro, donde una gigantesca y descabezada estatua blanca de la Virgen en estado de gravidez abría lo que quedaba de sus brazos hacia el cielo enrarecido. El cielo heredado del Aquello.

—Oiga, joven —se adelantó una viejecita—, ¿y cómo se entra al cerro? Porque yo, desde que tengo memoria, nunca he sabido que haya algo dentro del cerro, ¿sabe, usted?

La muchedumbre asintió, completamente de acuerdo con la viejecita. Un nuevo murmullo se alzó desde el gentío reunido. Juan Ramiro Inostroza Ceballos alzó la mano pidiendo silencio.

—¡Hermanos míos! —Para hablarles, ahora se había encaramado sobre un bus volcado—. Habéis confiado en mí y os he guiado hasta las faldas del Cerro de la Virgen Preñada. Os pido sólo un poco más de fe, pueblo mío…

Alguien saltó ante el bus y lo interrumpió:

—¿”Pueblo mío”?… ¿Sabí qué? Voh no hablái como actor porno… ¡voh hablái como en película de semana santa!

—¡Sí! —le siguió otro—: Pa’ mí que te creí Moisés…

Sí, sí. Gritaron todos. ¡Es un fraude!, clamaron unos. ¡Linchémoslo!, sentenciaron otros. Y se abalanzaron contra el bus con los puños en alto.

—¡Calmaos! ¡Calmaos! —Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, intentó apaciguarlos, pero al ver que la cosa pintaba color de hormiga, saltó por el otro lado del bus y corrió cuesta arriba por un amplio sendero.

Al darse cuenta de la fuga, el 0,01 % se enardeció y partió tras el prófugo de habla extraña.

Abajo, sentada sobre una piedra ennegrecida, quedó la niña, alisándose la falda y resoplando con fastidio. Acaso, ¿podría empeorar todo?, se preguntaba observando a la turba perderse por el sendero.

—¡Llegué! —la vocecilla de pito la sobresaltó. Se dio vuelta y… ¡sí podía empeorar todo!… ahí estaba el niñato insoportable. La niña volvió a resoplar, resignada.

 

Al mismo tiempo, Juan Ramiro Inostroza Ceballos se internaba por una huella prohibida para el público. La cadena con el cartelito de “No pasar” que impedía la entrada a los curiosos, había desaparecido en la primera oleada.

Corrió entre los arbustos, esquivando las grandes piedras que el Aquello había dejado desperdigadas por todo el lugar. Tras él, los gritos furibundos de los supervivientes se sentían cada vez más cerca.

—Joder… que casi lo logro —se dijo a sí mismo… Justo cuando una mano enorme lo detuvo, tirándole a tierra.

—¡Ya tengo al actor porno! —gritó el cazador.

Los demás aparecieron, apretujados, de todas direcciones, como si los árboles mismos los parieran uno tras otro.

—Aquí está el profeta —confirmó el primero en acercarse. A estas alturas, existía una gran confusión entre el 0,01% respecto de la identidad verdadera de Juan Ramiro Inostroza Ceballos, nombre por el cual nadie lo conocía, a decir verdad.

—Mira lo que hace la sífilis… —sentenció una mujer, meneando la cabeza y santiguándose.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó alguno y todos se quedaron callados, dirigiéndose furtivas miradas entre ellos.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos aprovechó el desconcierto y se medio incorporó. Lo preciso para señalar con el dedo magullado hacia una roca gigantesca y murmurar, escupiendo tierra, hojas y otras cosas de dudosa procedencia:

—La puerta, pardiez… La puerta…

 

La miraron con el mismo asombro con que un bebé recién nacido mira al mundo que lo rodea. Unas letras pintadas que casi desaparecían tras el súbito óxido de la cuarta oleada, permitían leer “Base militar ultra-secreta. Si usted está leyendo esto…” y nada más. Pero lo justo y preciso para que las quiméricas promesas de salvación de Juan Ramiro Inostroza Ceballos cobraran palpable realidad. Porque era consenso entre la humanidad antes del Aquello que en las bases secretas militares siempre se ocultaban grandiosos prodigios imposibles de imaginar… y ésta no era una base secreta cualquiera sino que una ¡ultra-secreta!

Olvidando al malogrado Juan Ramiro Inostroza Ceballos, se lanzaron frenéticos hacia la puerta, apelotonándose en torno a ella de tal modo que ninguno alcanzaba a tomar la manilla y girarla.

Enquistados en su afán, sólo logró apaciguarlos una voz que, serena y segura, avanzaba desde la retaguardia hacia adelante. ¡Era Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado!

—Permitidme —exhortaba—; si os he dirigido hasta este sitio, por fuerza he de guiaros más allá.

Y esta vez, abrumados por los acontecimientos, no cuestionaron ya sus dichos sino que se abrieron, dándole paso hasta la manilla misma.

¡Por sobre el acento español de la península que tanta controversia había despertado en el 0,01%, ahora se alzaba la figura de Juan Ramiro Inostroza Ceballos como el héroe beatífico que efectivamente habría de guiarlos a la salvación!

No había puesto aún su mano sobre la manilla cuando ya algunos comentaban “Yo lo conocía de antes”, “Yo lo ayudé a subir al reloj” o “Yo le creí desde un principio”. Pero cuando intentó girar la manilla y ésta no se movió… y volvió a intentarlo… y volvió… y volvió… y nunca se movió, el caprichoso 0,01% regresó a sus primeros comentarios: “Te dije que era un fraude”, “Es un aparecido”, “Yo nunca le creí”.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos hizo un último, aparatoso y estéril esfuerzo.

—¡Me cago en Dios y la hostia! —gritó enloquecido y pateó la tozuda puerta. La turba retrocedió con cautela: no era muy bueno que digamos quedarse cerca de un loco airado tirando a berserker.

—La sífilis… —empezó a comentar alguien, mas un leve rechinido ahogó su frase. De hecho, hasta el mismo Juan Ramiro Inostroza Ceballos se quedó inmóvil, chorreando baba entre los labios hinchados por los anteriores golpes…

¡La puerta se abrió por sí sola, exhalando un vaho a herrumbre, tiempo y silencio a la vez!

—Me cago en… —musitó Juan Ramiro Inostroza Ceballos y alguna viejecilla pechoña (que de forma muy terca siempre sobreviven a las catástrofes más grandes) respondió:

—Amén.

Con una reverencia casi mística, uno a uno, con Juan Ramiro Inostroza Ceballos a la cabeza, los sobrevivientes penetraron en el cerro. Avanzaron por un largo y tortuoso pasillo a oscuras, expectantes de lo que la siguiente esquina pudiera depararles, alerta el ánimo para, esperaban, la mejor noticia que el post-Aquello les brindara. ¡Y no resultaron desilusionados!: el pasillo comenzó a descender y descender hasta que sintieron agua bajo sus pies y luego ascendieron y ascendieron hasta que la luz artificial les encegueció por completo para, de inmediato, revelarles el corazón mismo de la base militar ultra-secreta, una gigantesca cúpula en cuyo centro, sobre una pista demarcada por líneas fosforescentes, descansaba un cohete del tamaño de un titán. Plateado y estilizado, apuntando al cenit de la bóveda de metal y piedra, y —rogaban con el corazón encogido— a la anhelada salvación.

—¿Veis?… ¿Veis? —acotó Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, abarcando con un ademán de la mano todo lo que estaba a su vista—. La capacidad del cohete es suficiente para acogeros a todos vosotros y volar hacia un nuevo y brillante futuro. ¿Qué opináis?

La multitud gritó enfervorizada y se precipitó hacia el cohete de plata, en alocada carrera a las escalinatas de acceso.

—¡Esperad! ¡Esperad! —intentaba calmarlos Juan Ramiro Inostroza Ceballos, viéndose arrastrado por el verdadero tsunami humano.

Sin embargo, la turba no se detuvo hasta que todos estuvieron dentro del cohete… entre ellos, el mismo Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aún más magullado que antes.

—¿Dónde está la sala de control? —clamó uno de los más exaltados, subiendo hacia la punta del cohete.

—¡Acá! ¡Acá! —respondió otro desde algún nivel superior y pronto un gran número de los supervivientes pujaba por llegar a la sala de control.

Consternado, Juan Ramiro Inostroza Ceballos también se abrió paso entre el 0,01%. Bajo el influjo de la delirante amnesia que les subyugaba, ahora nadie parecía acordarse de él y por cada paso que daba, retrocedía tres. Pero la misma clase de determinación con la que había logrado convencer a toda la muchedumbre sobreviviente en la Estación Central de la ciudad, ahora lo llevó, por fin, a la sala de control. Justo cuando alguien se adelantaba con el dedo índice enhiesto hacia el panel de navegación, preguntando:

—¿Y este botón color caramelo?

—¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooo!!!… —gritó Juan Ramiro Inostroza Ceballos con las últimas y exiguas energías que le quedaban. Pero no fue suficiente para detener al susodicho dedo índice enhiesto que, con irrefrenable curiosidad, hundió el también susodicho botón color caramelo.

—¡Ese es el botón…! —alertó Juan Ramiro Inostroza Ceballos antes que un potente rugido engullera sus palabras. Sólo los que estaban a su lado se dieron cuenta de que el desesperado aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado caía de rodillas y se encogía sobre sí mismo.

El cohete plateado tembló y su base comenzó a vomitar fuego y humo. Hubo un breve cruce de miradas interrogativas y todos gritaron al unísono “¡A la salvación!”. Entonces el cohete se elevó…

 

Desde el piso, Juan Ramiro Inostroza Ceballos volvió a repetir para sí:

—Ese es el botón… de ignición… y la compuerta de salida está cerrada. Vamos a chocar contra el techo…

Lo que, por supuesto, aconteció de inmediato: El cohete se elevó con toda su titánica potencia no más de cien metros y se estrelló contra el domo de la base militar ultra-secreta. La punta se acható y el cohete siguió pujando contra el metal y la roca, escorándose contra la pared cóncava, hasta que el motor recalentado hizo estallar el combustible desintegrando todo el plateado armatoste, nivel por nivel, borrando de la faz de la tierra al 0,01% sobreviviente. Más efectivo que el Aquello, si se puede decir tal cosa.

Afuera, el cerro se sacudió en sus cimientos y, acto seguido, colapsó sobre sí mismo, hundiendo los restos de la Virgen Preñada, junto a los sueños de salvación de los supervivientes, para siempre entre una enorme nube turbia de polvo, escombros y demases.

 

A casi una cuadra de ahí, en una heladería abandonada, la niña seguía insistiendo con la manilla de la máquina de helados soft, pero nada salía de la boquilla. Muy contrariada, pateó la máquina justo cuando el cerro de la Virgen Preñada sucumbía ocasionando un fuerte temblor.

La niña se miró el pie, sorprendida, y volvió a patear la máquina de helados para ver qué pasaba. Esta vez no hubo temblor sino un ensordecedor estruendo que la lanzó de bruces al suelo.

Antes de incorporarse, la alcanzó la espesa nube de polvo y, en medio de ella, el agudo chillido del niño:

—¡Uaaaaah!… ¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi mamá! —lloriqueaba desesperado desde algún sitio. La niña escuchaba su grito en sordina… pero lo escuchaba.

—¡Por la…! —maldijo y se puso en pie. Se alisó la falda y subió las calcetas que habían caído sobre sus tobillos—. Me lleva… el muy hijo de la gran perra… —volvió a jurar, antes de taparse la boca con un delicado pañuelo que llevaba en el bolsillito de su chaleco rosa y salir a la calle en penumbras.

Entrecerró los ojos, como si quisiera aguzar la vista, en busca del niño lloricón. Lo encontró de inmediato, su silueta encorvada, estremeciéndose con fuertes ahogos.

—Quiero a mi mamá… quiero a mi… ¡Ay! —La niña, apenas estuvo junto a él, lo espabiló con un golpe en la nuca.

—¿Y qué te pasa a ti? —le increpó de inmediato.

El niño alzó los ojos vidriosos y, haciendo un enorme puchero, hundió la cara en el vientre de la niña, quien le rechazó con asco.

Sácate, cabro moquillento.

Dio media vuelta y se alejó del niño, pero, a poco andar, se dio cuenta de que él la seguía. Se detuvo en seco y lo encaró, con los puños apretados a los lados de su cuerpo:

—¡¿Qué quieres ahora?!

El niño bajó la vista y preguntó con una vocecita casi imperceptible:

—¿Qué pasó? ¿Dónde están los tíos?

La niña estiró el cuello por sobre él, mirando hacia dónde solía estar el Cerro de la Virgen Preñada.

—Pasa —contestó, cruzándose de brazos— que el Cerro de la Virgen Preñada se derrumbó con todos los ridículos esos adentro.

—Entonces… sólo estamos los dos solitos.

—¡No, cabro chico! —La niña hundió el dedo índice en el pecho agitado del niño remarcando cada una de sus palabras—: significa que yo estoy sola y estás solo… Cada cual por su lado… ¿Entendiste? —Volvió a pegarle un chirlito en la frente e hizo ademán de irse.

Sin embargo el niño la cogió del borde del chaleco.

—¡¿Qué quieres ahora?! —lo conminó con una mirada que echaba chispas.

—Es que… ¿Qué es Virgen Preñada?

La niña se soltó de un manotazo.

—Mira… —le amenazó agitando el puño ante los enrojecidos ojos del niño—, Virgen es cómo te vas a quedar para siempre… y Preñada es lo que yo nunca voy a estar… ¿Está claro? —Dicho esto, le dio un empujón que dejó al niño sentado y se perdió entre los escombros.

El niño se puso a llorar a viva voz hasta que se cansó, aspiró los mocos que colgaban de su nariz y partió con paso cansino por el mismo camino que tomó la niña, suspirando cada tanto.

Arriba, un viento frío y desolado empezaba a soplar sobre la ciudad… en realidad, sobre el mundo entero. Tras la devastación que significó el Aquello, todo había terminado irremediablemente.

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