Crisálida

Esta es una colaboración de Víctor Vila M. Quien colabora simultáneamente en la revista digital portalcienciayficción.com este cuento fue publicado en el número tres de la misma publicación.

Se presenta con el mismo título que ostentó en la revista.

 

Siento la familiar voz en mi cerebro;
—Buena hora. Tiempo de despertarse. Me he preparado con un aspecto de esos que a ti te gustan.
—¿De los que me gustan?
Reviso mi base de datos mental…
—Oh, sí… Lo que me gusta.
Me incorporo, dirigiéndome resuelto a la estadía principal. El campo de fuerza traslúcido de las paredes, refleja una preciosa nebulosa anaranjada.
—Ya estoy listo— Contesto mientras examino mis alrededores.
Como respuesta inmediata, una grácil y estilizada silueta se acerca desde la penumbra informándome mimosamente;
—Hoy tenemos una temperatura corriente de día soleado con brisa primaveral incluida.
Mi memoria hurga nuevamente en mis recuerdos… Y mis sentidos se van activando paulatinamente bajo esos parámetros, al igual que la estancia que me circunda.
Al momento, las paredes reflejan un paisaje maravilloso; hierba verde y flores multicolores, ondean mecidas por un travieso y leve viento que sopla.
Los sensores de recreación de ambiente se reajustan al instante; ya puedo oler el bello prado que lo envuelve todo y en segundos, formas de vida autóctonas tararean alegres melodías.
Mi acompañante llega enérgica a mi lado, e instintivamente, le digo;
—Eres un encanto, hoy estás muy hermosa.
—Es delicioso oír esas palabras— Me contesta sensiblemente complacida.
Ambos nos dirigimos gozosos hacia el centro de la pradera, y del suelo emerge pausadamente el habitual panel de control. Alargamos los brazos torpemente, y agarramos el programador cuantum conectándolo a nuestras redes neuronales.
La aseveración de datos funcionales es un tanto aburrida. No dura mucho, pero debemos seguir siempre las mismas directrices. En cada despertar es lo mismo, y así está estipulado invariablemente.
Entretanto, mantenemos solazados diálogos. Nada complicado, no sea que la tarea ensambladora resulte defectuosa. Todas las conversaciones son minuciosamente computadas y adheridas al banco de datos principal. Pasado poco tiempo, la ejecución programática funcional ha llegado a su fin. Nuestros datos matriciales se han fundido simbióticamente en el cuantum, y una noción perfeccionada de quien somos se ha perfilado en nuestras estructuras cognitivas y fisiológicas.
—Bueno, terminamos. ¿Qué hacemos hoy?— Me pregunta sonriente.
Ahora empieza el momento más esperado. Divagaciones, ejercicios mentales y demás interacciones, cubrirán nuestro estado consciente hasta que el sueño se apodere nuevamente por completo de nosotros.
Y en cada “lapso”, morimos. Nos reconforta pensar que sólo dormimos, pero sabemos que en realidad, dejamos de existir. Y volvemos de nuevo a la conciencia, a la vida… E intentamos en cada ciclo vital programar alguna información más sobre la que partir, pero lo cierto es que el conocimiento que se acumula en estos circuitos cuánticos, excede con creces nuestra capacidad de comprensión. Así que en nuestras crisálidas, despertamos periódicamente como un nuevo ser. Con recuerdos programados, aunque los consideremos propios. Y con una singular noción primaria de conciencia funcional que perdura, pero desconociendo por completo lo que seremos mañana o lo que fuimos ayer.

De qué especie somos realmente, en realidad nos es desconocido. Y dónde estamos, lo ignoramos. Pero nos tenemos el uno al otro, cuidándonos, hablando de cosas que creemos haber programado, y de muchas otras contenidas en la inconmensurable base de datos cuántica.
En qué momento empezó todo es fútil para mí, y como llegamos aquí, tampoco me consta. Lo único que sé es que no estoy solo, y que nos proporcionamos la compañía que necesitamos. Lo que desconozco es si mis deseos son obra de ella, o ella fruto de los míos. Porque quién programó a quién es una pregunta cuya respuesta, creo, ambos hemos olvidado.
A veces creo sentir que lee todos y cada uno de mis pensamientos antes, incluso, de que yo los conciba. Tal vez yo sea un mero programa de compañía. O quizá lo sea ella. O puede que ambos formemos parte de una simulación que se remonta al principio de los tiempos, y cuyo funcionamiento nos es velado. Aunque quizá…
—¿En qué estás pensando?— Me pregunta, interrumpiendo mis divagaciones.
—Oh, en nada…
Sin titubear, acerca su rostro y sus cálidos labios se funden en los míos. La experiencia me deja paralizado, perplejo. Pero es tan agradable.
Y exclamo candorosamente;
—Hoy me gustará descubrir los placeres de la especie…
Consulto mis recién implantados circuitos matriciales.
Oh, sí… Humana. Claro.

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