Hidrocombustible

El relato a continuación fue una colaboración de Cuauh que tiene su propio blog donde nos habla de tendencias de internet, ciencia ficción, anime y otras cosas. Todo esto lo hace de una manera objetiva pero siembre con un vocabulario sencillo y conceptos que incluso los más ajenos al tema pueden comprender.

Algo que quiero hacer notar es que a pesar de mi profesión rara vez tomo los temas ambientales en mis relatos por lo que no puedo evitar sentir cierta vergüenza al pensar que trato de evitar estos temas en mi trabajo artístico (tal vez porque no me considero suficientemente educado en el tema)

Bueno ahora el relato…

Imagen cortesia de Patrik Cons
Imagen cortesia de Patrik Cons

El sol no había salido aún. Eran casi las seis de la mañana cuando el despertador de Fabricio sonó, un fragmento de aquella canción que tanto le gustaba y que tenía como tono de alarma desde hacía tres años, a pesar de las constantes críticas de Fernanda, quien la aborrecía después de escucharla cada mañana. Para fortuna de su novia, aquel día Fabricio había despertado varios minutos antes, así que apagó la alarma tan pronto empezó a sonar. Hoy era un día especial para él, pues su jefe había prometido entregar los resultados de la vacante disponible en el departamento ejecutivo de ventas, su puesto soñado desde que entró a la compañía y que ahora parecía tan al alcance al saberse, por voz de sus propios compañeros, como uno de los favoritos para ocupar el puesto.
Cuando dieron las seis en punto, el reloj inteligente de Fernanda empezó a vibrar y el temporizador del departamento se activó, la luz de la habitación se encendió paulatinamente como estaba programada para evitar, según ella, que un cambio repentino en la intensidad de la luz les dañara la vista. Las ventanas de la sala desactivaron el filtro nocturno que permitía a los usuarios ver al exterior sin dejar pasar la molesta luz del alumbrado público, mientras que la televisión se encendía en el canal de noticias que a ella le gustaba ver cada mañana antes de salir al trabajo.
Mientras ambos esperaban a que el guardarropa terminara de proveer las respectivas mudas que usarían el día de hoy con base en el itinerario que ellos habían programado, Fabricio caminó hacia el baño para lavar sus dientes y ducharse, mientras Fernanda permanecía sentada en el borde de la cama cepillando su cabello.
Un breve chorro de agua, un poco de vapor, el sonido del aire comprimido y un fugaz bombardeo de luz ultravioleta modificada dejaron a Fabricio reluciente y fresco, pero con la sensación de que algo le faltaba. Tenían poco menos de una semana con el nuevo baño y aún no podía acostumbrarse a él. “En menos de tres minutos y con un gasto menor a un litro de agua cualquiera queda impecable”, era el eslogan que utilizaba el gobierno en los comerciales donde anunciaban los subsidios para que los habitantes de la ciudad cambiaran sus anticuados baños por los de la nueva generación. Fernanda había ganado medio subsidio en el trabajo, así que el baño sólo les costó la mitad, lo que significaba una insignificante deuda de unos ocho años.
El sonido de la cafetera automática la delató y en tan sólo un par de minutos el aroma de café recién hecho había inundado todo el departamento.
—Apurate Fetuchini —gritó Fernanda.
Fabricio la miró molesto mientras enrollaba una toalla en su cintura. Ella le sonrió coquetamente y caminó desnuda junto a él para tomar su turno en la ducha.
—Por cierto —preguntó ella—, ¿no crees exagerado seguir usando esa vieja toalla teniendo el nuevo baño? Uno sale completamente seco.
Fabricio no contestó, estaba muy acostumbrado a su rutina diaria y pocas cosas le harían modificarla. Si había accedido a cambiar el baño era porque las raciones de agua eran más reducidas cada año y porque Fernanda le había estado insistiendo por más de dos meses, así que al menos se seguiría bañando como a él le gustaba.
El gabinete expendedor del guardarropa se abrió y un pequeño brazo robótico colocó a un lado de la cama el traje que Fabricio había programado para esa ocasión desde hacía una semana, del otro lado, un coqueto vestidito rosa que era parte de la rotación habitual en la ropa de Fernanda y un pequeño cilindro de oxigeno del tamaño de un termo que se unía mediante una pequeña manguera a una mascarillas de plástico trasparente que permitiría al usuario respirar sin peligro en caso de que el aire no fuese respirable ese día. Fernanda tenía la extraña costumbre de siempre llevar el cilindro consigo, pese a que rara vez lo necesitaba; Fabricio había desistido de hacerlo desde hacía muchos años.
Luego de que ambos terminaron de vestirse, Fernanda salió de la habitación en dirección a la cocina, donde ya la esperaba su taza de café y un estofado de carne sintética sabor pollo, su carne preferida desde que era niña, o mejor dicho su sabor sintético preferido. Desde que el oxigeno de la atmósfera aumentó, muchos animales no logaron adaptarse y murieron por docenas, el noventa por ciento de las especies se extinguieron y las que lograron sobrevivir estaban confinadas a zoológicos donde el aire era controlado para que no rebasara los límites de oxígeno que podían soportar los seres con pulmones, así que animales como el pollo ahora eran especies raras que sólo podían ser vistas en las reservas animales, aunque Fernanda aseguraba que su abuela llegó a cocinarlo cuando era niña, pues fue uno de los últimos alimentos cárnicos permitidos por el gobierno antes de que GenoFood y su comida sintética se apoderarán del mercado y pusieran fin a la crisis alimenticia que afectó la generación de sus padres y abuelos.
Mientras Fernanda iniciaba con su desayuno, Fabricio revisaba meticulosamente las notas que había preparado para su ponencia a fin de no olvidar ninguna, las ordenó y les dio una rápida lectura para reafirmar su discurso. No quería que le pasara lo mismo que le ocurrió cuando recién había ingresado a la compañía. Luego de asegurarse que todos sus papeles estuvieran en orden, Fabricio cerró su portafolio y se unió a Fernanda en la cocina.
—¿Qué buscas güera? —preguntó Fabricio mientras endulzaba su café al ver que Fernanda checaba con insistencia la pantalla del refrigerador.
—El refri dice que sólo nos tocan doscientos gramos de carne, pero según yo ya nos debería tocar medio kilo —contestó Fernanda extrañada.
—Eso es para los que tienen hijos.
—Pues ya ves —dijo ella tiernamente— podríamos intentarlo.
Fabricio se quedó en silencio por un minuto.
—Si me dan el puesto lo intentaremos, te lo prometo.
Fernanda sonrió de oreja a oreja y continuó marcando en la pantalla todas las cosas que les hacían falta en la despensa y que, a diferencia de la carne sintética, no estaban restringidas a cierta cantidad por persona.
—¿Algo nuevo en las noticias? —preguntó Fabricio en todo de burla.
Mariana lo miró enojada.
—Muy gracioso —dijo al fin.
Fabricio odiaba aquel canal de noticias que la televisión sintonizaba de manera automática todas las mañanas, así que la noche anterior decidió programar otro canal y cambió la contraseña para que Fernanda no pudiera arruinarle aquella mañana. Quería que todo resultara perfecto y ningún mediocre canal de noticias sobre el clima y el estado del trasporte público se lo impediría.
—Si viviéramos en un departamento de nivel inferior tendríamos que escuchar esas noticias todas las mañanas —replicó Fernanda con enfado.
—Amor, si viviéramos en uno de esos departamentos la alarma nos despertaría a media noche para que nos pusiéramos las mascarillas de oxígeno y no tendríamos necesidad de ver ese cochino programa —dijo Fabricio con desdén.
Fernanda salió de la cocina molesta para recoger sus cosas antes de salir hacia el trabajo. La familia de Fabricio siempre fue de clase privilegiada, así que nunca tuvo que preocuparse por vivir en casas o departamentos comunes, a diferencia de Fernanda, cuyos padres nunca pudieron darse el lujo de comprar una vivienda inteligente con suministro regulado de oxígeno. Aquel pasado era algo que Fernanda reservaba para sí y nunca hablada de eso con nadie, ni siquiera con su novio, quien creía que su fijación por las noticias de pobres, como todos los de la clase media y alta las llamaba, era por mera curiosidad.
El edificio en que vivían estaba sellado y contaba con ventilación y un suministro de aire regulado por computadora, así que las mascarillas no era necesarias a menos que salieran a la calle, lo cual era muy raro, pues los autos contaban con el mismo sistema de ventilación y nunca descendían de ellos hasta estar dentro de algún estacionamiento, que por disposición oficial, debían estar igualmente aislados. En los departamentos de lujo no sólo el edificio estaba sellado, sino que se podía incluso controlar la cantidad de oxígeno en cada habitación. A Fernanda y Fabricio nos les alcanzaba para vivir en un lugar tan lujoso, pero estaban felices de al menos vivir en un edificio inteligente y ecoamigable, como la mayoría de asalariados de clase media. Se sentían afortunados por no tener que lidiar con las inclemencias del exterior ni tener que usar aquellas mascarillas todo el día como hacía la gente pobre que aún vivía en casas de concreto en la periferia de la capital.
—¿Paso por ti a la oficina en la noche? —preguntó Fabricio.
—Sólo si me vas a invitar a cenar —respondió ella aún enfadada por el comentario de Fabricio.
Fabricio la tomó por la cintura y le dio un breve beso en los labios.
—A un lugar caro —dijo él.
Fernanda sonrió en señal de perdón y ambos bajaron hasta el sótano donde estaba el estacionamiento.
El departamento donde vivían estaba en una calle poco transitada por la cual circulaba uno de los nuevos tranvías flotantes que a esa hora pasaba atestado de gente. El gobierno había anunciado que los nuevos tranvías tendrían regulador de oxígeno y la ausencia de fricción que prometían aquellas vías imantadas le permitirían correr hasta cien kilómetros por hora, casi tan rápido como los autos particulares. Sin embargo, el aire nunca funcionaba correctamente y eso obligaba a los usuarios a usar sus mascarillas, además, el excesos de gente los hacía correr a menos de la mitad de lo prometido.
—¡Adriana! —gritó Fernanda para saludar a su amiga.
Adriana los saludó agitando la mano desde la puerta de su auto.
Ambas chicas se habían conocido en la universidad cuando estudiaban derecho. Fernanda siempre quiso ser abogada ambientalista y al terminar la carrera entró a trabajar a una organización no gubernamental que abogaba por el derecho a un aire respirable, mientras que Adriana era la abogada de una de las empresas automovilísticas más importantes del país, a quien casualmente la organización de Fernanda había demandado algunos mese antes.
—¿Cómo está mi pareja favorita? —preguntó cuando su auto pasó junto a ellos.
—Bien —contestaron ambos al unísono.
—¿Quieres que te lleve?, así podríamos ir revisando el caso juntas, de todas formas nos veremos más tarde en el juzgado.
—No le veo el caso, pues de todas formas te voy a ganar —Dijo Fernanda.
Ambas chicas rieron.
—Te veo en la tarde —dijo Fernanda mientras subía al auto de su amiga.
Fabricio las vio salir del edificio mientras caminaba hasta su auto, casualmente de la misma compañía a la que su novia había demandado y que por disposición gubernamental estaba obligado a no circular en caso de contingencia, pues sus emisiones de oxígeno eran de las más altas entre todos los vehículos.
Fabricio encendió el auto y lo puso en marcha, pero al cabo de unos metros el auto se detuvo intempestivamente y un anunció apareció en la pantalla del tablero: “Circulación prohibida por contingencia”. Fabricio trató una y otra vez pero sin éxito, cada que encendía el auto este avanzaba un par de metros y se detenía en seco. Al notar sus problemas el portero del edificio se acercó a ayudarlo.
—¿Problemas con el auto, joven? —preguntó el portero.
—Sí, me dice que por contingencia no puedo avanzar.
—Sí, pues es que al aire tiene mucho oxígeno hoy. ¿Qué no vio las noticias?, dijeron que hoy es el índice más alto registrado en los últimos cinco años, pero si quiere horita se lo reviso y se lo echo a andar.
El hombre se quitó la camisa de vestir que era parte de su uniforme y dejó al descubierto una playera vieja desgastada por el uso y el trabajo, quitó delicadamente la mascarilla que traía puesta sobre la frente y colocó el cilindro de oxigeno junto a su camisa en el suelo.
—Abra el cofre, joven.
Fabricio abrió el cofre y apagó el motor.
—¿Tiene el Locater 3000 verdad? —preguntó el portero como dando a entender que sería imposible hacer avanzar el auto.
—Sí, ¿tiene algún problema?
—Mire —dijo el portero señalando a alguna parte del motor que Fabricio no podía reconocer— si tuviera alguna versión más antigua podría desconectarlo de la red y su auto avanzaría sin problema, pero la versión que usted tiene posee un candado que paraliza al coche si este se desconectada de la red vial, además de que la hace una multa automática.
—¿Y ahora?, tengo una reunión muy importante y no puedo llegar tarde.
—¿Y hasta dónde va?
—A las oficinas del centro.
—Pues si toma el tranvía yo creo que si llega, se hace poco menos de dos horas y a penas son las siete y cuarto.
Fabricio trató de contener la rabia, sacó sus cosas del auto y caminó hacia la salida.
—¡Oiga! —le gritó el portero—, no se le olvide su mascarilla, no querrá caer desmayado a mitad de la calle.
Fabricio no tenía la costumbre de usar mascarillas ni de recargar los cilindros de oxígeno, así que buscó entre las cosas que Fernanda solía olvidar en el coche y encontró un equipo usado pero con algo de oxigeno restante. Fabricio se colocó la mascarilla y salió corriendo del edificio.
El tranvía tardó más de cinco minutos en llegar, a pesar de que las corridas se anunciaban para cada minuto y medio. Cuando el primer tren llegó, Fabricio tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ser arrollado por la estampida de gente que se arremolinaba en las puertas tratando de abordar, pese a que el interior estaba tan saturado que no parecía posible que ingresara una persona más.
Luego de tres estaciones, el vagón donde viajaba se vació lo suficiente para dejar algunos lugares libres, Fabricio tomó asiento junto a una señora que sostenía a su hijo sobre las piernas. El niño tenía una bolsa de plástico sobre la nariz y la boca y respiraba lentamente al ritmo que su madre le indicaba. A Fabricio le pareció una escena muy extraña, pero nadie más parecía prestarles atención, todos estaban ensimismados en sus dispositivos electrónicos, con los ojos clavados en el pálido resplandor de las pantallas y la cara oculta tras la incómoda mascarilla reguladora de oxígeno. Un par de estaciones más adelante, antes de llegar a donde Fabricio debería cambiar de ruta, un hombre de aspecto desalineado, calvicie incipiente y  un rostro de impaciencia y hartazgo entró al vagón y empezó a predicar un discurso mientras repartía panfletos donde denunciaban las irregularidades en la fabricación del alimento producido por GenoFood, la indulgencia del gobierno con Engines Incoporated y las acciones monopolistas de Free Air.
—Damas y caballeros —decía aquel hombre mientras repartía los panfletos que en su mayoría eran ignorados por los usuarios— la crisis alimenticia no ha terminado, no se dejen engañar por el gobierno, la comida sintética sólo ha dado paso al más grande monopolio en la historia de la humanidad y los negocios sucios que el gobierno tiene con Engines Incoporated permiten que la atmósfera sea cada vez menos habitable, nuestros niños —y señaló al pequeño que respiraba dentro de la bolsa de plástico sobre el regazo de su madre— son las víctimas de los malos manejos, el motor hídrico y el hidrombustible son el nuevo cáncer del siglo XXII.
Fabricio miró al hombre salir del vagón mientras miraba de reojo el panfleto que le había dado.
A mediados del siglo XXI, el mundo sufrió una crisis energética terrible, las reservas de petróleo se terminaron y las empresas tuvieron que buscar nuevas formas de producir energía. La electricidad fue lo más fácil, en todos los países se construyeron presas, se aprovechó la fuerza de viento y  mareas, y los paneles solares dejaron paso a las ventanas inteligentes que no sólo podían atenuar la luz exterior, sino captar la energía solar y alimentar el consumo eléctrico de la casa. Aunque las cosas no fueron tan sencillas, la energía limpia redujo los costos y las ganancias, por lo que el gobierno se vio forzado a cobrar impuestos a las ventanas; todo lo que antes producía energía limpia y gratis ahora se cobraba. La contaminación se redujo aún más cuando un ingeniero alemán desarrolló un motor que funcionaba con agua. La idea básica era que el motor descomponía el agua en sus dos elementos, así que aprovechaba el hidrógeno y desprendía oxígeno. La empresa alemana vendió sus nuevos vehículos como la solución definitiva a la contaminación ambiental, pues no sólo funcionaba con agua, sino que aportaba a la atmósfera una valiosa cantidad de oxigeno limpio. En pocos años cada familia del mundo tenía un auto hídrico, las gasolineras desaparecieron y en su lugar se abrieron expendios de hidrombustible, un agua tratada con el doble de moléculas de hidrógeno. El problema fue la cantidad, las ciudades se sobresaturaron de autos y en menos de una década el gobierno tuvo que empezar a tomar medidas para contrarrestar el exceso de oxígeno en la atmósfera, pues la gente y los animales caían desmayados por las calles. Además de los nuevos e inesperados problemas ambientales, el uso del agua como combustible trajo drásticos cambios en la sociedad. Los mares dejaron de ser patrimonio de los países y fueron comprados por las grandes empresas, los ríos fueron monopolizados por las hidroeléctricas y los pozos, lagos y manantiales constituyeron la nueva reserva de energéticos de los países. Países mayormente desérticos construyeron gigantescas desalinizadoras para usar el agua del mar, el agua potable se prohibió y las personas debieron acostumbrarse a tomar únicamente una especie de suero como sustituto del vital líquido. Aunque uno de los mayores cambios se dio en la alimentación, pues ya no había suficiente agua para regar los cultivos ni dar de beber a los animales, además muchos había muerto a causa de la saturación del oxígeno en la atmósfera, así que una empresa agropecuaria llamada GenoFood desarrolló un nuevo tipo de comida sintética que disminuyó drásticamente la cantidad de comida natural  requerida por el organismo. Para paliar los problemas causados por el oxígeno, la empresa noruega Free Air desarrolló una mascarilla y un pequeño tanque de oxígeno portable del tamaño y peso de una botella de agua y que además podía rellenarse en máquinas expendedoras dispuestas por toda la ciudad.
El tranvía llegó a la estación de transbordo y Fabricio continuó su camino ya sin los molestos reclamos de aquel hombre. Mientras caminaba hacia en anden sintió un leve mareo que fue aumentando hasta que ya le resultaba muy difícil permanecer de pie. Se recargó en la pared y se quitó la mascarilla para examinarla. En la parte frontal, justo sobre el área que encaja en la nariz un pequeño led rojo parpadeaba débilmente indicando que la vida útil de la mascarilla había llegado a su fin. Fabricio entró en pánico pues las estaciones del metro no contaban con oxígeno regulado y la tienda de mascarilla más próxima estaría más lejos de lo que podría caminar respirando ese aire.
Fabricio pensó en correr hasta el andén y buscar alguna máquina para recargar su tanque, que generalmente siempre estaban junto a las taquillas de boletos, pero eso sólo agitaría su respiración obligándolo a inhalar más aire, así que se sentó en el suelo y esperó a que alguien pasara, trató de respirar con extrema lentitud aguantando la respiración lo más que podía, pero después de dos minutos sus pulmones le obligaban a dar grandes bocanas de aire que los mareaban cada vez más.
Al cabo de cinco minutos que le parecieron una eternidad, sentía que la cabeza estaba por estallarle y el tren no parecía haber llegado a ninguna de las estaciones, pues el pasillo del trasbordo estaba completamente desértico. La vista se le empezó a nublar y le resultaba difícil mantenerse despierto. El miedo le hacía respirar muy rápido, pero entonces recordó las palabras de aquella madre que le indicaba a su hijo el ritmo adecuado para respirar dentro de la bolsa de plástico. “Eso es”, pensó, “la bolsa de plástico cumple la misma función que la mascarilla regulando paulatinamente el oxígeno de la atmósfera al combinarlo con el dióxido de carbono que exhalamos”. Buscó entre sus cosa, pero lo más cercano que encontró a una bolsa fue un el protector de plástico para hojas de papel, lo tomó y empezó a respirar en su interior.
El protector parecía funcionar, sólo tenía que mantener una respiración constante, el mareó descendió lo suficiente como para ponerse de pie y caminar hasta la estación de vigilancia, donde seguramente podrían proveerle con una mascarilla. Se levantó y apoyando una mano contra la pared mientras sostenía con la otra su rudimentaria bolsa, avanzó tambaleante hasta el andén de la próxima estación. Al llegar, un policía corrió a ayudarlo y lo llevó hasta el cubículo de vigilancia, donde le proporcionaron oxigeno regulado hasta que el mareo desapareció por completo.
—Tome —dijo el policía al ver que Fabricio ya se había recuperado y guardaba sus cosas para continuar su viaje.
Fabricio agarró la mascarilla que el oficial le obsequiaba, la ajustó a su rustro y entre empujones se abrió paso hasta entrar en el carro del tren. Eran ya las nueve en punto y aún le faltaban veinte minutos de viaje. Cuando por fin llegó a la sala de juntas todos los candidatos habían terminado de exponer sus propuestas y los directivos charlaban entre ellos tratando de elegir la mejor.
—Señores —dijo Fabricio parado frente al resto de sus compañeros y jefes.
—Disculpe señor Ramírez —le interrumpió el director general— pero las ponencias han terminado, debió programar mejor sus tiempo y sus notas —dijo al ver el desastre de papeles que traía en su portafolio.
—No será necesario —contestó Fabricio— mis presentación será rápida y práctica.
—Señor Ramírez —dijo su jefe inmediato en un tono de suma molestia.
—Esto es una completa falta de respeto para el resto de sus colegas —dijo uno de los ejecutivos.
El resto de candidatos hablaban entre ellos y le dirigían miradas acusadoras.
—Tenga la amabilidad de salir —dijo el director general con cierta amabilidad pero ya sin paciencia.
—Caballeros —dijo mientras era escoltado hacia la puerta—, ¿han pensado en máquinas expendedoras de mascarillas desechables que no necesiten oxígeno?
El presidente de la compañía lo miró fijamente.
—Explíquese, dijo su jefe inmediato.
—El aire del exterior contiene más oxigeno del que podemos respirar, los productos de FreeAir sólo nos proporcionan aire respirable, pero el costo de recargar los pequeños cilindros es un gran impacto para la economía.  Si pudiéramos proporcionar mascarillas desechables que no requieran tanques de oxígeno, sino que regulen el oxígeno mediante el dióxido de carbono que nosotros mismo desprendemos, FreeOxigen se adueñaría del mercado en pocos años.
—Caballeros —dijo el presidente— tengan la amabilidad de salir, deliberaremos sobre cuál nos pareció la mejor presentación. Joven Fabricio —añadió el presidente— no se aleje mucho de la oficina.
Aquella misma noche, mientras Fernanda y Fabricio cenaban en el restaurante caro al que le había prometido llevarla, observaron a un grupo de trabajadores colocar un espectacular frente al restaurante en donde se anunciaba la próxima llegada de las máquinas expendedoras de mascarillas desechables.

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13 comentarios en “Hidrocombustible

  1. Todo en este cuento está mal mal mal.
    ¿Qué clase de héroe de cuarta es Fabricio? un niño rico de poca monta que nunca le ha interesado la vida de su novia y el sufrimiento que ella siente. no se da cuenta de que eles una clase privilegiada y su aventura se limita a pasar por lo que otros pasan todos los días?
    El cuento empieza y termina ninguna parte con un niño rico que ahora es mas rico. nada vale

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