Transgihumanos

Esta es la segunda colaboración de Cuau.

Una de las cosas que más disfruto de las colaboraciones de Cuau es la velocidad de su relato. Siendo honestos con nosotros mismos: La mayoría de los relatos que yo escribo rosan las quinientas palabras, mientras que el relato que van a leer a continuación está cerca de tener ocho veces más longitud. Eso me hace pensar ¿Podría yo conservar su atención durante tanto tiempo? ¿Se sentiría frustrado mi compañero si lo limitáramos a quinientas palabras?

Estas preguntas son ociosas porque Transgihumanos es un relato que se pasa en unos minutos y te deja con la necesidad de leer más.

No olviden dejar su opinión en la sección de comentarios.

Shanghai_By_Patrik_Cons

Forcejeo con los pasajeros para abrirme paso hasta la puerta, la estación está a pocos segundos y a esta hora la cantidad de gente es tanta que si no empujo con todas mis fuerza me resultará imposible bajar. Lucho por acercarme lo más que puedo y me rindo al ver a un hombre parado a la orilla de la puerta. Su descomunal pierna me impide acercarme más y espero que la próxima estación sea también su destino, o de otra forma llegaré tarde al simposio.

Aún recuerdo la última vez que no llegué a tiempo, media hora antes como le gusta a la Doctora. “Si vas a llegar tarde más te vale tener una buena excusa, tu estancia en el posgrado aún depende de mí”, fueron sus palabras. La doctora Fournier era la más estricta de toda la facultad y su reciente nombramiento como Directora General del área de Investigación Genética había persuadido a muchos de mis compañeros y amigos de elegir la especialización en Mutaciones Genómicas para su doctorado. Yo no tuve más remedio, Joaquín Ramos, mi amigo y ex profesor de maestría, me había recomendado para recibir una beca por parte del instituto, así que si quería seguir estudiando y ganar dinero por ello debía elegir esa especialidad.

El convoy se detuvo y las puertas se abrieron, para mi fortuna, aquel hombre arrastró su inmensa extremidad fuera del carro y me permitió bajar. Mire mi reloj y suspiré al ver que faltaban sólo diez minutos para que iniciara la ponencia y todavía tenía que recorrer tres cuadras hasta la torre de investigaciones y subir los cinco pisos hasta el auditorio principal. Me era imposible evitar un tremendo regaño por parte de la Doctora, si tenía suerte llegaría justo cuando su turno en la mesa hubiese empezado. Camine a toda prisa hacia la salida y esperé impaciente el cambio de semáforo. Los escasos minutos me parecieron horas. Miré hacia atrás y vi a aquel hombre forcejear con los torniquetes y caminar jadeante hasta el paso de cebra, al llegar a mi lado se recargó junto al poste del semáforo y forzó sus pulmones para tratar de recuperar el aliento. Tan sólo el peso de su extremidad afectada sería similar al del resto de su cuerpo, y no era el peor caso de Elefantiasis que había visto en mi vida; uno de los peores documentados se localizó a penas cinco años antes en Uganda, donde una señora de unos cuarenta años había alcanzado un crecimiento corporal de más de 14 veces el tamaño de una mujer normal. Para trasladarla fue necesario derribar una pared de su casa y usar una grúa de construcción, la palpitante masa carnosa en la que se había convertido aquella mujer era algo completamente ajeno a la anatomía humana, aunque recordaba un poco a los pacientes con obesidad mórbida antes de la invención de la comida sintética. La Elefantiasis Mutogenética había sido llamada la pandemia del siglo XXII, atrás habían quedado problemas como el SIDA, la obesidad o las múltiples gripas que asolaron Asía a principio del siglo pasado, nuestro problema ahora era el descontrolado crecimiento de las células corporales cuyo origen nadie tenía claro, aunque la Doctora tenía una hipótesis que precisamente en este instante estaría por exponer en las XXXIV Mesas de Discusión entre Científicos y Empresarios.

Cinco años atrás, la Doctora Fournier inició un banco de tejido donde almacenaba todas las muestras extraídas a pacientes vivos. Su objetivo era contar con el material necesario para realizar todas las investigaciones pertinentes y encontrar una explicación sobre el origen de la enfermedad. A raíz de sus estudios se ganó el puesto de directora y la coordinación del doctorado en esa especialidad. Mi trabajo y el de Leslie, además de las múltiples ocupaciones propias del posgrado, era hacer un catálogo con todas esas muestras, recolectar más y dejarlas listas para que la Doctora las examinara; era un trabajo tedioso pero no muy complicado. Pese a todos sus esfuerzos, en todos sus años de investigación la Doctora no había logrado demostrar sus hipótesis, en gran parte porque todas ellas señalaban a las grandes empresas de alimentos transgénicos como las culpables. Sin embargo, algunos meses antes de que yo ingresara al programa, en un laboratorio de la India, lograron aislar un gen mutante que en apariencia era el causante del desorden que ocasionaba la enfermedad.

Al entrar al auditorio percibí una atmósfera pesada, gran parte de los asistentes estaban de pie y tanto Leslie como la Doctora aguardaban sentadas en primera fila su turno para subir a la mesa de discusión.

—Te perdiste de una ponencia increíble —dijo Leslie cuando me vio tomar discretamente el asiento que estaba reservado para mí.

La doctora Fournier me miró de reojo sin decir nada, se limitó a hacer una mueca que dejaba muy en claro su disgusto conmigo.

—¿Pues qué pasó? —pregunte a mi compañera.

—Los abogados que continúan la demanda contra Engines Incorporated, o mejor dicho, los científicos que trabajan para ellos, presentaron argumentos muy sólidos contra la extinta empresa de autos, pero ellos atacaron a la abogada exponiéndola públicamente como cómplice en las prácticas monopólicas de Free Oxigen, empresa cofundada por su padre, Fabricio Ramírez, con la que amasaron una gran fortuna, y como verás eso desató el debate, los hijos de aquellos empresarios siguen muy metidos en el mundo de los negocios a pesar de que ninguna de las empresas existe ya.

Un leve tosido de la Doctora para aclararse la garganta nos hizo callar de inmediato.

—Luego te cuento —susurró Leslie.

El coordinador del evento subió al estrado para calmar los acalorados ánimos. Los abogados que defendían aquella vieja demanda de más de veinticinco años discutían apasionadamente con los abogados que representaban a la extinta Engines Incorporated, mientras que los científicos, muchos de los cuales habían trabajado para Free Oxigen, se esmeraban en demostrar que sus pruebas eran elementos determinantes de la culpabilidad de la empresa. Luego de algunos minutos, el coordinador recuperó el control del auditorio y calmó a los presentes. Miró a la Doctora y a Leslie para indicarles que subieran al estrado e hizo una expresión que les suplicaba no empezar una discusión como la anterior.

—Así concluye la presentación: “Engines Incorporated y la degradación atmosférica”, agradecemos a los ponentes por sus interesantes palabras —dijo el coordinador con voz nerviosa—. Ahora demos paso a nuestra siguiente mesa de discusión, la doctora Fournier nos hablará sobre sus más recientes descubrimientos en el ámbito de la genética con la ponencia “Los alimentos transgénicos como detonantes de la Elefantiasis Mutogenética” —hizo una breve pausa para tragar saliva a sabiendas de que el tema y la empresa involucrada podían desatar un enfrentamiento mucho mayor que el anterior—. Y también demos la bienvenida al Licenciado Edmundo Cornejo, vicepresidente de industrias GenoFood, quien tendrá la oportunidad de replicar los argumentos de la Doctora.

Un hombre ataviado con un elegante traje negro y corbata anaranjada, los colores insignia de su empresa, tomó el atril en el lado opuesto del estrado mientras el coordinador sacaba de una urna un par de fichas que indicaban el orden de participación.

—Usted va primero —dijo el coordinador señalando al vicepresidente, quien en seguida inició su discurso.

—No existen, en todo el mundo, casos confirmados donde se demuestre que los alimentos sintéticos están provocando el aumento en el tamaño, el volumen y la masa corporal de las personas que, por una desafortunada desgracia —dijo esto último con un tono de excesiva consternación—, sufren tan terrible destino. Científicos de todo el globo han llegado a la conclusión de que se trata de un gen mutante que provoca los casos de elefantiasis. Para mayores pruebas tenemos el hecho, y puntualizo en este término —dijo levantando el dedo índice de la mano derecha para hacer un ademán de seriedad—, de que ninguno de esos casos ha sido cancerígeno ni ha provocado, de forma directa, la muerte de ningún paciente.

—Pero vicepresidente… —intentó decir la Doctora antes de ser descortésmente interrumpida por su atacante.

—Doctora Founier, su hipótesis se basa en postulados, que debo admitir —dijo en son de burla—, son muy ingeniosos y elocuente, pero que no tienen el mínimo sustento, todo lo que usted ha logrado demostrar con sus análisis ha sido refutado, con análisis de la misma calidad, por genetistas de todo el mundo.

La audiencia entera reaccionó al comentario con un onomatopéyico sonido de consternación.

—Genetistas que trabajan para usted —respondió la Doctora con enfado sin prestar atención a las miradas de la audiencia.

—Industrias GenoFood, preocupada por ofrecerles la más alta calidad en alimentos, se esfuerza por mantener los más altos estándares de sus productos y para ello debemos contar con una rama de investigación que se encargue de evitar que cometamos errores.

—Como el que llevó a la muerte a millones de personas cuando sus alimentos artificiales llegaron al mercado —replicó la Doctora.

—Mi querida Doctora —dijo el vicepresidente suspirando y en tono paternalista— usted está haciendo memoria sobre un error que nuestra empresa cometió hace más de setenta años. Cuando los primeros alimentos artificiales salieron al mercado tenían muchas fallas, como ha ocurrido con el software computacional desde siempre, son las versiones beta, la que salen al mercado de manera restringida para que un pequeño grupo de usuarios las usen, se acostumbren a ellas y expongan todos los fallos para que sean corregidos.

—Pero sus alimentos no fueron probados por un pequeño grupo de personas, salieron al mercado de forma abierta a todo el mundo a pesar de que, de acuerdo con los reportes de prensa que fueron en su mayoría bloqueados, censurados o destruidos —dijo Leslie ondeando un manojo de reportes roídos y sucios—, su empresa sabía de antemano todos los problemas que podrían causar a la salud humana.

Y en efecto, entre las últimas dos décadas del siglo pasado, luego de que la Guerra de Energéticos dejó como resultado una crisis alimenticia cómo nunca se había visto, industrias GenoFood lanzó al mercado alimentos transgénicos ultra modificados, derivados de los primeros alimentos transgénicos que se usaron a principios de aquel siglo. En menos de dos meses se tenían cosechas enteras de maíz, trigo y arroz, con la mitad del consumo de agua y el triple de producción. GenoFood empezó a alimentar a toda la población del mundo y en menos de un año había acaparado por completo el mercado alimenticio. Muchas personas, preocupadas por los efectos que la comida ultra modificada podía acarrear a su salud, empezaron a cultivar sus propios alimentos, hasta que en 2096 se decretó una ley universal que prohibía a la gente cultivar su propio alimento, privatizó la tenencia de la tierra y la mega corporación se adueñó de aproximadamente el 70% de todas las tierras agrícolas del mundo.

—Señorita —prosiguió el vicepresidente—, está usted hablando de un evento que ocurrió cuando sus abuelos eran jóvenes. La empresa sabía que el consumo de algunas sustancias sintéticas que componían la comida que estábamos ofreciendo podían acarrear pequeños efectos secundarios para los consumidores, por eso mismo pusimos a la venta una serie de digestivos y encimas protectoras que aseguraban la completa reducción de toda reacción adversa.

—Querrá decir que aseguraban el doble de ganancias a su empresa. ¿Por qué no regalaban esos remedios a sus consumidores en lugar de venderlos a precios exorbitantes que sólo la clase privilegiada podía pagar?

—Tranquila —dijo la doctora Fournier cuando notó que Leslie se había levantado de la silla y estaba a punto de perder la compostura.

Luego de varios años consumiendo aquella comida artificial muchas personas empezaron a experimentar severos casos de desnutrición, problemas gástricos y cáncer de estómago. El abuelo de Leslie murió de un problema estomacal agudizado por el debilitamiento de la mucosa que recubre el interior del estómago a causa de uno de los componentes de aquella comida, que luego de algunos estudios se comprobó como un agente altamente mutágeno. Para palear aquellos efectos y evitar un descenso poblacional masivo, que la humanidad no habría podido superar pues aún se encontraba diezmada por la Guerra de Energéticos, la empresa desarrolló una serie de remedios que debían ser tomados antes y después de cada comida para contrarrestar los efectos nocivos de la misma. No obstante, estos preventivos tenían un costo que por mínimo que fuese se multiplicaba por la enorme cantidad de dosis que una persona debía tomar al día. Antes de comer cualquier cosa debían tomar el digestivo y cinco minutos después de ingerir el último bocado tocaba el turno del suero. El problema detonó cuando Engines Incorporated patentó el motor de hidrombustible y obligó a los gobiernos del mundo a privatizar los recursos hídricos; con el agua potable acaparada por una compañía, GenoFood aprovechó la oportunidad de proveer agua sintética a sus consumidores, pero que, al igual que su comida, tenía los mismos efectos secundarios. La humanidad logró sobrevivir comiendo comida artificial y bebiendo sueros que sustituían el consumo de agua por más de treinta años, hasta que GenoFood desarrolló la segunda generación de comida sintética, que ya no dependía de mutaciones que hacían crecer a animales y plantas de forma antinatural y exagerada, sino que era cultivada en laboratorios a partir de células madre reconvertidas en el vegetal o tipo de carne deseados.

El vicepresidente se acomodó el saco luego del sobresalto sufrido por la pérdida de compostura de Leslie.

—Parece que su joven becaría ha heredado su carácter, Doctora —dijo divertido.

La Doctora dirigió una rápida mirada a Leslie quien proyectó un diagrama de las ganancias de la empresa con su comida artificial y la cantidad de muertes asociadas a su consumo. El vicepresidente quedó en silencio por un minuto y al final respondió con el socarrón tono de voz que lo caracterizaba.

—Mis respetables damas, publico que nos honra con su presencia, investigadores de todo el mundo que siguen esta conferencia por internet, en el año 2070 la población superó en un 100% la capacidad de carga del planeta, esto es, había el doble de humanos y la mitad de recursos alimenticios, las hambrunas mermaron Sudamérica y África en casi un 70%. Industrias GenoFood se dio a la tarea de desarrollar una nueva forma de alimentos, la comida artificial, que como sabemos produjo muchas muertes, pero no tantas como las que habría producido la hambruna. Actualmente hemos logrado remplazar la comida artificial y transgénica por productos de última generación que, aunque crecen de forma inducida, lo hacen como a principios del silgo XXI, alimentándose del agua, el sol y la tierra. Pero durante el siglo pasado, no tuvimos más remedio que poner a la venta la mercancía que teníamos, pues nuestra principal obligación era poner pan en la boca de millones de hambrientos que morían de inanición todos los días. Ahora bien, ya la Doctora ha hablado en múltiples ocasiones sobre la responsabilidad de nuestra empresa como culpable del alto número de casos de Elefantiasis, le pido, pues, que nos explique los más recientes avances en su investigación.

—Hace poco más de un año —dijo la Doctora tan pronto como el vicepresidente le cedió la palabra— en un laboratorio genómico de Nueva Deli, dos jóvenes científicos lograron aislar el gen que por varios años se creía el responsable de la Elefantiasis Mutogenética. El gen en cuestión está encargado de regular el crecimiento celular y le dice a las células cuántas veces reproducirse y qué tan rápido hacerlo. Como todos sabemos, la Elefantiasis es el crecimiento de las células del tejido corporal de una manera desproporcionada, es por eso que en un principio se asoció al cáncer, pues su comportamiento, al menos en la primera etapa, es similar al de un tumor. Sin embargo, esta enfermedad afecta todo el cuerpo y lo hincha hasta alcanzar proporciones titánicas, sin causar más daño al paciente que las desventajas que le ocasionan sus nuevas dimensiones.

El vicepresidente escuchaba la ponencia con atención pero haciendo ocasionalmente algunas muecas de aburrimiento.

—Lo que a nuestro departamento le interesaba investigar era el origen de este gen, la causa de su mutación. Estamos totalmente de acuerdo en que la mutación del gen es el causante, pero la causa de esa mutación es la clave para encontrarle una solución al problema.

El coordinador hizo una pequeña señal para indicarle a la Doctora el tiempo restante de su intervención.

—Sin más rodeos, dejaré que mi becaria les explique los resultados a los que hemos llegado.

Por años la Doctora había acusado a GenoFood como la causante de aquella enfermedad y sostenía que el consumo de sus alimentos la provocaba, pero desde que se descubrió aquel gen, su línea de investigación se enfocó en demostrar que su comida provocaba la mutación del gen. No obstante, siempre habían logrado refutarla, pero en esta ocasión, los resultados que Leslie estaba a punto de exponer era completamente diferentes.

—En 2086 —dijo Leslie para iniciar su exposición— GenoFood lanzó al mercado su primera línea de alimento sintéticos, que como ya sabemos provocaron enfermedades y muertes. Pero hoy no estamos aquí ni para discutir eso ni para determinar la causa de la enfermedad. Sabemos de sobra que es un gen defectuoso. Lo que vamos a discutir hoy es qué originó que ese gen mutara. No podemos situar a GenoFood como un causante directo pues todas las victimas de sus alimentos ya están muertas, a muchos de nuestros padres ya ni siquiera les tocó comer alimentos ultra modificados y todos nosotros hemos consumido desde que nacimos la nueva generación de sintéticos. Entonces, ¿por qué acusar a esta empresa de ser la responsable?

El público escuchaba atento sin perderse ni una sola de las palabras que decía Leslie, mientras el vicepresidente trataba de disimular su cara de asombro.

—Esta es la buena —dijo la Doctora al aire y entre susurros mientras esbozaba una sonrisa de satisfacción.

—Luego de rastrear el origen del mentado gen —decía Leslie— encontramos que este apareció en la primera generación de hijos que tuvieron las personas que consumieron los “ultra-modificados”. Ellos nacieron ya con la anomalía como un mal congénito tal y como es ahora, lo que quiere decir que aquello que detonó su mutación debió haber afectado a sus padres. Ninguno de estos padres sufrió algún caso de elefantiasis, o al menos no hay registro de ello, el primer caso registrado se dio en la generación siguiente, la de sus hijos. Nuestra conclusión es que los “ultra-modificados” alteraron el código genético de los padres, tal y como fue alterado en las plantas para crecer de forma desproporcionada, y estos a su vez heredaron el problema a sus hijos, en quienes se manifestó como la enfermedad que conocemos hoy en día.

—Para hacer crecer las plantas de manera rápida a fin de abastecer a una creciente población de consumidores —interrumpió la Doctora— los genetistas de GenoFood alteraron los códigos genéticos del crecimiento de las células vegetales. Eso mismo creemos que pasó con los humanos. Consumir esos alimentos alteró las secuencias genómicas y estas se heredaron a sus hijos en forma de Elefantiasis Mutogenética. Ello explica el porqué no es contagiosa pero sí heredable.

La Doctora hizo un ademan para que Leslie ocupara su lugar, quien regresó a su asiento mientras ella recibía la gloria y aclamaciones de los asistentes a pesar de que el diseñó de la investigación no le pertenecía. Cuando presentamos nuestros proyectos de ingreso, la Doctora nos dio una línea de investigación a seguir, la cual indicaba retomar sus pasos y buscar la forma para demostrar, de una forma u otra, que GenoFood era la culpable. Luego de que el gen se descubriera, Leslie ideó aquel proyecto y este fue muy bien recibido por la Doctora, aunque nunca le había dado el crédito, pues según ella ningún investigador de clase internacional aceptaría la propuesta de una becaria.

—¿Tiene algún argumento final? —preguntó el coordinador ante los sarcásticos aplausos del vicepresidente.

—Sólo una pregunta —contestó el vicepresidente—. Según usted, ¿cómo es que nuestra comida provocó esas lamentables mutaciones?

—Pues bien mi estimado —dijo la Doctora—, así como hemos hecho crecer a las plantas para tener más alimento, su consumo nos han hecho crecer a nosotros. No se trata de una mutación humana ni de una enfermedad, la deformidad y el crecimiento excesivo de la Elefantiasis Mutogenética no es otra cosa sino las características fenotípicas de la nueva especie de humanos transgénicos que su comida ha generado.

Un peculiar silencio se adueño del auditorio entero.

—Miren —dijo Leslie tratando de explicarlo mejor—. El maíz no era más que un pequeño pasto, si un maíz primigenio viera a un maíz actual, para él no sería sino un monstruo mutado, deforme, con granos que nos son más que tumores expandidos hasta un tamaño grotescamente desproporcionado. El maíz actual, transgénico o no, es un mutante para el maíz primigenio. Nosotros lo hemos modificado para que sea más grande. Es igual con nosotros, de manera indirecta y sin intención hemos hecho de los humanos un producto transgénico más que engorda con forme pasa el tiempo. La obesidad del siglo xxi no fue sino una primera alerta de ello.

El auditorio entero perdió la cordura ante las palabras de la joven becaria. Los abogados de GenoFood que aguardaban bajo el escenario la oportunidad idónea para refutar las acusaciones de la Doctora subieron rápidamente al estrado ante los reclamos del vicepresidente que les exigía una solución inmediata. Desde hacía poco más de cinco años, una demanda legal por parte de cientos de afectados esperaba para entrar en acción, GenoFood lo sabía y había sobornado a científicos de todo el mundo para refutar a la Doctora en cada intento de inculparlos, pues los jueces exigían que se comprobara de manera científica la culpabilidad de la empresa antes de actuar legalmente. Ahora, con una nueva hipótesis que no tenían forma de desmentir, la empresa estaba en riesgo.

Luego de varios minutos de gritos y acusaciones, el coordinador se vio en la necesidad de llamar a seguridad para que recobraran el control. No era la primera vez que se suscitaban enfrentamientos entre científicos y empresarios, de hecho un conflicto legal fue lo que dio origen a aquel simposio. Cuando la primera demanda contra Engines Incorporated alcanzó al ámbito público, los abogados de demandados y demandantes acordaron hacer un debate televisado en el que los científicos de ambos bandos defendieran sus resultados, hoy, a más de treinta años de aquel primer encuentro, las Mesas de Discusión entre Científicos y Empresarios se habían convertido en el escaparate ideal para que las grandes transnacionales mostraran su inocencia evitando así ir a juicio y los científico pudiera hacer ciencia sin tener que trabajar para las mega corporaciones, ya que fuera del ámbito legal o como científico asalariado de una transnacional, no había oportunidad para la investigación científica; incluso los grandes avances en la tecnología eran pagados por los empresarios que veían en la exploración del espacio, la producción de energía o el cultivo de alimentos el escenario ideal para incrementar sus ganancias. Desde mediados del siglo pasado y luego de la Guerra de Energéticos, las empresas eran las que determinaban cómo se movía el mundo económico, social, científico y artístico.

Cuando la calma regresó al auditorio, el coordinador se vio en la necesidad de pedir diez minutos de receso. Los ponentes de la siguiente mesa ya estaban listos pero aceptaron resignados el tiempo de descanso.

—Creo que te titularas con honores, Doctora Leslie —dijo Fournier antes de abordar al Profesor Misrahim que le hacía señas desde hacía un rato—. Los veré el lunes a primera hora, no lleguen tarde.

—Damas y caballeros, a continuación nuestra siguiente ponencia, recibamos al ingeniero Seimour Johanssen y al empresario Fernand Detoux con la ponencia: “Proyecto Anillo. Avances y perspectivas” —dijo el coordinador una vez terminados los diez minutos.

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