Todos los cráneos del presidente.

La primera vez que lo vi, sucedió enfrente de una gasolinera, al principio pensé qué se trataba de una exageración de campaña, pero al día dos desde la toma de protesta pude observar los cuerpos mientras eran arrastrados por un camión de trasporte público.

Los troncos inertes estaban amarrados de los tobillos a la defensa trasera del autobús, hacía tiempo qué el polvo se había acumulado en la herida del cuello generando una costra marrón donde deberían estar las cabezas. Apenas ayer habían comenzado las protestas por los resultados electorales y el sindicato de trasportistas fue el primero en reclamar. Fue una cosa horrible pero no la peor.

A su segundo año de gobierno mi esposa me comentó como si se tratara de un chisme del espectáculo:

—¿Sabes? Dicen qué van a hacer una expansión a su habitación, colocarán una cúpula de cuatro metros de altura con nichos para colocarlos.— Clarisa se levantó y revisó detrás de la puerta, buscar intrusos en la casa se había vuelto una costumbre rutinaria, lo hacía casi sin pensar.

—¿Quién te dijo tremenda idiotez?— Pregunté en un tono sobre-actuado por sí alguien estaba escuchando mi conversación matutina.

—Fue mi hermana, Leticia, su marido es ingeniero civil y está encargado de la obra.— Me dijo mientras verificaba que no hubiera objetos sospechosos instalados en nuestra ventana.

—Tendré qué hacerle una visita a mi cuñado. —Dije mientras me servía cereal y verificaba qué no hubiera nada en la caja ni la alacena.

—No pensarás en denunciarlo ¿Verdad?

—El no ha hecho nada ilegal, el presidente dijo qué lo haría, y es normal sentirse orgulloso de una obra de dicha envergadura.— Dije desde debajo de la mesa, tomé un enorme cuchillo de cocina, lo oculté en mi sudadera y salí a mi trabajo.

Mi cuñado me dejó entrar a la obra, me prestó un casco blanco de personal financiero y un  chaleco naranja con bandas reflejantes, nadie verificó los bolsillos de mi sudadera.

—Desde qué saben qué estoy en esta obra todos vienen a pedirme qué les muestre la habitación.

—¿Y al personal de seguridad no le molesta qué traigas invitados a ver la habitación del presidente?

—¡Nah! Tienen sus métodos para prevenir atentados, además parte del proyecto es convertir el lecho presidencial en un sitio turístico.

—¿Quieres decir qué esperan que la gente pague y haga filas para ver los… tu sabes… esos?— Señalé con mi dedo.

—Pues tu mismo has venido, además hay cientos de ciudadanos qué tienen la misma curiosidad qué tu. ¡Vamos! —Dijo mientras me arrastraba al interior de la famosa habitación. —Todos deberíamos de verlo por lo menos una vez en la vida.

—Será un espectáculo morboso que raya en el propaganda política. ¿Dónde está el buen gusto? —Le dije mientras veía las puertas que se instalaban para el acceso de los turistas, la habitación del presidente sería la única abierta al público, y ya se estaban instalando bandas similares a los parques de diversiones.

—¿Buen gusto? — Mi cuñado sonrió de forma histérica. —¡Es de terrible gusto! De hecho desde su campaña demostró tener un horrible gusto, pero mira lo qué ha hecho. —Señaló un mural nacionalista justo donde se instalarían las taquillas. —El segundo país más seguro del mundo, no hay casi crímenes y los qué hay se castigan, no hay pobres en el país, todos tenemos casa propia. —En ese momento lo tomé del hombro para interrumpirlo.

—¿No te has preguntado quien vivía en tu enorme casa antes de qué la compraras a ese ridículo precio a mensualidades? —Mi cuñado se retiró la mano del hombro y gritó con gusto:

—Obviamente a algún cretino qué se lo merecía. ¡No importa! Él está haciendo su parte y nosotros la nuestra, todo es mucho mejor con él, sabes qué no es propaganda, es autentica acción, tu puedes recordarlo ¿No estamos mejor ahora?

Podía sentir como mi voluntad se desquebrajaba.

“Nuestra parte” tenía un peso increíble, comencé a sudar debajo de mi casco, ¿Realmente el presidente estaba cumpliendo con su enferma propuesta de campaña? Si mi cuñado había comprobado que él cumplía, probablemente nosotros deberíamos hacer nuestra parte aunque eso implicara unirme a “esos”

—¿Pero están realmente allí?

—¡Por supuesto qué lo están! todos allí a la vista desde su cama, todas las noches espero junto con el equipo del servicio secreto mientras verifican la seguridad del sitio, lo he visto; se acuesta en su cama debajo de ellos. —Me mostró una placa con letras de bronce sobre concreto colado. —Fue mi idea poner sus slogans en la puerta de la habitación, yo quería algo llamativo pero el dio la orden de algo discreto y directo.

—Tú haces tú parte y yo hago la mía. —Leí en voz baja.

—Es más fácil hacer nuestra parte cuando sabes qué el criminal será castigado. —Mi cuñado estaba a punto de darme acceso al interior de la habitación presidencial.

—Pero ¿Y la primera dama?— Me sentí sucio al preguntar.

—Algunas noches lo acompaña, pero tengo entendido qué nunca se queda toda la noche.

Finalmente vi la habitación: un cuarto enorme con paredes de tres metros de altura, todo recubierto de cráneos, solo dejando algunos espacios vacios a la altura del techo, la cama matrimonial estaba justo al centro y todas las cuencas vacías miraban al centro, directamente al lecho presidencial.

—Lo hizo. —Dijo mi cuñado. —En campaña juró qué se haría responsable de todas las muertes causadas en su lucha por la paz y la prosperidad. ¡Dijo qué pondría los cráneos de sus víctimas sobre su cama! —Extendió sus brazos admirando la obscena obra qué estaba ayudando a crear. —Y realmente duerme aquí.

—Muchos de ellos no merecían morir. —Me atreví a decir.

—El nunca prometió qué los castigos serían justos.

—¡Pero el todavía no era presidente cuando los manifestantes del autobús! —Mi cuñado me empujó hacia la cama. Había dos cráneos, uno en cada poste de la cabecera. Entonces lo noté:

La placa en la cabecera decía “Alborotadores”  Las cuatro paredes estaban cubiertas a diferentes alturas y en la base de los muros había pequeñas señales separando grupos de osamentas.

—¡Los cataloga! —Dije con un hilo de voz.

Mi cuñado sonrió con orgullo.

—Sí, allí están los ladrones, asesinos y criminales de poca monta, en el muro de la puerta están los negligentes, evasores de impuestos y criminales ecológicos, allá están los políticos corruptos, líderes de oposición y los conspiradores, en aquel bloque de la salida se encuentran los estafadores y criminales de cuello blanco.

—¿Y la cúpula? —Pregunté con la boca seca mientras dejaba caer el cuchillo qué escondía mi sudadera. Dos miembros del personal de seguridad se acercaban hacia mí, me pregunté qué pasaría con Clarissa cuando me ejecutaran, posiblemente consiguiera un buen empleo, todos consiguen un buen empleo en este país, aunque sus maridos sean ejecutados.

—Esa es para los inocentes. —Respondió mi cuñado.

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