Transgihumanos

Esta es la segunda colaboración de Cuau.

Una de las cosas que más disfruto de las colaboraciones de Cuau es la velocidad de su relato. Siendo honestos con nosotros mismos: La mayoría de los relatos que yo escribo rosan las quinientas palabras, mientras que el relato que van a leer a continuación está cerca de tener ocho veces más longitud. Eso me hace pensar ¿Podría yo conservar su atención durante tanto tiempo? ¿Se sentiría frustrado mi compañero si lo limitáramos a quinientas palabras?

Estas preguntas son ociosas porque Transgihumanos es un relato que se pasa en unos minutos y te deja con la necesidad de leer más.

No olviden dejar su opinión en la sección de comentarios.

Shanghai_By_Patrik_Cons

Forcejeo con los pasajeros para abrirme paso hasta la puerta, la estación está a pocos segundos y a esta hora la cantidad de gente es tanta que si no empujo con todas mis fuerza me resultará imposible bajar. Lucho por acercarme lo más que puedo y me rindo al ver a un hombre parado a la orilla de la puerta. Su descomunal pierna me impide acercarme más y espero que la próxima estación sea también su destino, o de otra forma llegaré tarde al simposio.

Aún recuerdo la última vez que no llegué a tiempo, media hora antes como le gusta a la Doctora. “Si vas a llegar tarde más te vale tener una buena excusa, tu estancia en el posgrado aún depende de mí”, fueron sus palabras. La doctora Fournier era la más estricta de toda la facultad y su reciente nombramiento como Directora General del área de Investigación Genética había persuadido a muchos de mis compañeros y amigos de elegir la especialización en Mutaciones Genómicas para su doctorado. Yo no tuve más remedio, Joaquín Ramos, mi amigo y ex profesor de maestría, me había recomendado para recibir una beca por parte del instituto, así que si quería seguir estudiando y ganar dinero por ello debía elegir esa especialidad.

El convoy se detuvo y las puertas se abrieron, para mi fortuna, aquel hombre arrastró su inmensa extremidad fuera del carro y me permitió bajar. Mire mi reloj y suspiré al ver que faltaban sólo diez minutos para que iniciara la ponencia y todavía tenía que recorrer tres cuadras hasta la torre de investigaciones y subir los cinco pisos hasta el auditorio principal. Me era imposible evitar un tremendo regaño por parte de la Doctora, si tenía suerte llegaría justo cuando su turno en la mesa hubiese empezado. Camine a toda prisa hacia la salida y esperé impaciente el cambio de semáforo. Los escasos minutos me parecieron horas. Miré hacia atrás y vi a aquel hombre forcejear con los torniquetes y caminar jadeante hasta el paso de cebra, al llegar a mi lado se recargó junto al poste del semáforo y forzó sus pulmones para tratar de recuperar el aliento. Tan sólo el peso de su extremidad afectada sería similar al del resto de su cuerpo, y no era el peor caso de Elefantiasis que había visto en mi vida; uno de los peores documentados se localizó a penas cinco años antes en Uganda, donde una señora de unos cuarenta años había alcanzado un crecimiento corporal de más de 14 veces el tamaño de una mujer normal. Para trasladarla fue necesario derribar una pared de su casa y usar una grúa de construcción, la palpitante masa carnosa en la que se había convertido aquella mujer era algo completamente ajeno a la anatomía humana, aunque recordaba un poco a los pacientes con obesidad mórbida antes de la invención de la comida sintética. La Elefantiasis Mutogenética había sido llamada la pandemia del siglo XXII, atrás habían quedado problemas como el SIDA, la obesidad o las múltiples gripas que asolaron Asía a principio del siglo pasado, nuestro problema ahora era el descontrolado crecimiento de las células corporales cuyo origen nadie tenía claro, aunque la Doctora tenía una hipótesis que precisamente en este instante estaría por exponer en las XXXIV Mesas de Discusión entre Científicos y Empresarios.

Cinco años atrás, la Doctora Fournier inició un banco de tejido donde almacenaba todas las muestras extraídas a pacientes vivos. Su objetivo era contar con el material necesario para realizar todas las investigaciones pertinentes y encontrar una explicación sobre el origen de la enfermedad. A raíz de sus estudios se ganó el puesto de directora y la coordinación del doctorado en esa especialidad. Mi trabajo y el de Leslie, además de las múltiples ocupaciones propias del posgrado, era hacer un catálogo con todas esas muestras, recolectar más y dejarlas listas para que la Doctora las examinara; era un trabajo tedioso pero no muy complicado. Pese a todos sus esfuerzos, en todos sus años de investigación la Doctora no había logrado demostrar sus hipótesis, en gran parte porque todas ellas señalaban a las grandes empresas de alimentos transgénicos como las culpables. Sin embargo, algunos meses antes de que yo ingresara al programa, en un laboratorio de la India, lograron aislar un gen mutante que en apariencia era el causante del desorden que ocasionaba la enfermedad.

Al entrar al auditorio percibí una atmósfera pesada, gran parte de los asistentes estaban de pie y tanto Leslie como la Doctora aguardaban sentadas en primera fila su turno para subir a la mesa de discusión.

—Te perdiste de una ponencia increíble —dijo Leslie cuando me vio tomar discretamente el asiento que estaba reservado para mí.

La doctora Fournier me miró de reojo sin decir nada, se limitó a hacer una mueca que dejaba muy en claro su disgusto conmigo.

—¿Pues qué pasó? —pregunte a mi compañera.

—Los abogados que continúan la demanda contra Engines Incorporated, o mejor dicho, los científicos que trabajan para ellos, presentaron argumentos muy sólidos contra la extinta empresa de autos, pero ellos atacaron a la abogada exponiéndola públicamente como cómplice en las prácticas monopólicas de Free Oxigen, empresa cofundada por su padre, Fabricio Ramírez, con la que amasaron una gran fortuna, y como verás eso desató el debate, los hijos de aquellos empresarios siguen muy metidos en el mundo de los negocios a pesar de que ninguna de las empresas existe ya.

Un leve tosido de la Doctora para aclararse la garganta nos hizo callar de inmediato.

—Luego te cuento —susurró Leslie.

El coordinador del evento subió al estrado para calmar los acalorados ánimos. Los abogados que defendían aquella vieja demanda de más de veinticinco años discutían apasionadamente con los abogados que representaban a la extinta Engines Incorporated, mientras que los científicos, muchos de los cuales habían trabajado para Free Oxigen, se esmeraban en demostrar que sus pruebas eran elementos determinantes de la culpabilidad de la empresa. Luego de algunos minutos, el coordinador recuperó el control del auditorio y calmó a los presentes. Miró a la Doctora y a Leslie para indicarles que subieran al estrado e hizo una expresión que les suplicaba no empezar una discusión como la anterior.

—Así concluye la presentación: “Engines Incorporated y la degradación atmosférica”, agradecemos a los ponentes por sus interesantes palabras —dijo el coordinador con voz nerviosa—. Ahora demos paso a nuestra siguiente mesa de discusión, la doctora Fournier nos hablará sobre sus más recientes descubrimientos en el ámbito de la genética con la ponencia “Los alimentos transgénicos como detonantes de la Elefantiasis Mutogenética” —hizo una breve pausa para tragar saliva a sabiendas de que el tema y la empresa involucrada podían desatar un enfrentamiento mucho mayor que el anterior—. Y también demos la bienvenida al Licenciado Edmundo Cornejo, vicepresidente de industrias GenoFood, quien tendrá la oportunidad de replicar los argumentos de la Doctora.

Un hombre ataviado con un elegante traje negro y corbata anaranjada, los colores insignia de su empresa, tomó el atril en el lado opuesto del estrado mientras el coordinador sacaba de una urna un par de fichas que indicaban el orden de participación.

—Usted va primero —dijo el coordinador señalando al vicepresidente, quien en seguida inició su discurso.

—No existen, en todo el mundo, casos confirmados donde se demuestre que los alimentos sintéticos están provocando el aumento en el tamaño, el volumen y la masa corporal de las personas que, por una desafortunada desgracia —dijo esto último con un tono de excesiva consternación—, sufren tan terrible destino. Científicos de todo el globo han llegado a la conclusión de que se trata de un gen mutante que provoca los casos de elefantiasis. Para mayores pruebas tenemos el hecho, y puntualizo en este término —dijo levantando el dedo índice de la mano derecha para hacer un ademán de seriedad—, de que ninguno de esos casos ha sido cancerígeno ni ha provocado, de forma directa, la muerte de ningún paciente.

—Pero vicepresidente… —intentó decir la Doctora antes de ser descortésmente interrumpida por su atacante.

—Doctora Founier, su hipótesis se basa en postulados, que debo admitir —dijo en son de burla—, son muy ingeniosos y elocuente, pero que no tienen el mínimo sustento, todo lo que usted ha logrado demostrar con sus análisis ha sido refutado, con análisis de la misma calidad, por genetistas de todo el mundo.

La audiencia entera reaccionó al comentario con un onomatopéyico sonido de consternación.

—Genetistas que trabajan para usted —respondió la Doctora con enfado sin prestar atención a las miradas de la audiencia.

—Industrias GenoFood, preocupada por ofrecerles la más alta calidad en alimentos, se esfuerza por mantener los más altos estándares de sus productos y para ello debemos contar con una rama de investigación que se encargue de evitar que cometamos errores.

—Como el que llevó a la muerte a millones de personas cuando sus alimentos artificiales llegaron al mercado —replicó la Doctora.

—Mi querida Doctora —dijo el vicepresidente suspirando y en tono paternalista— usted está haciendo memoria sobre un error que nuestra empresa cometió hace más de setenta años. Cuando los primeros alimentos artificiales salieron al mercado tenían muchas fallas, como ha ocurrido con el software computacional desde siempre, son las versiones beta, la que salen al mercado de manera restringida para que un pequeño grupo de usuarios las usen, se acostumbren a ellas y expongan todos los fallos para que sean corregidos.

—Pero sus alimentos no fueron probados por un pequeño grupo de personas, salieron al mercado de forma abierta a todo el mundo a pesar de que, de acuerdo con los reportes de prensa que fueron en su mayoría bloqueados, censurados o destruidos —dijo Leslie ondeando un manojo de reportes roídos y sucios—, su empresa sabía de antemano todos los problemas que podrían causar a la salud humana.

Y en efecto, entre las últimas dos décadas del siglo pasado, luego de que la Guerra de Energéticos dejó como resultado una crisis alimenticia cómo nunca se había visto, industrias GenoFood lanzó al mercado alimentos transgénicos ultra modificados, derivados de los primeros alimentos transgénicos que se usaron a principios de aquel siglo. En menos de dos meses se tenían cosechas enteras de maíz, trigo y arroz, con la mitad del consumo de agua y el triple de producción. GenoFood empezó a alimentar a toda la población del mundo y en menos de un año había acaparado por completo el mercado alimenticio. Muchas personas, preocupadas por los efectos que la comida ultra modificada podía acarrear a su salud, empezaron a cultivar sus propios alimentos, hasta que en 2096 se decretó una ley universal que prohibía a la gente cultivar su propio alimento, privatizó la tenencia de la tierra y la mega corporación se adueñó de aproximadamente el 70% de todas las tierras agrícolas del mundo.

—Señorita —prosiguió el vicepresidente—, está usted hablando de un evento que ocurrió cuando sus abuelos eran jóvenes. La empresa sabía que el consumo de algunas sustancias sintéticas que componían la comida que estábamos ofreciendo podían acarrear pequeños efectos secundarios para los consumidores, por eso mismo pusimos a la venta una serie de digestivos y encimas protectoras que aseguraban la completa reducción de toda reacción adversa.

—Querrá decir que aseguraban el doble de ganancias a su empresa. ¿Por qué no regalaban esos remedios a sus consumidores en lugar de venderlos a precios exorbitantes que sólo la clase privilegiada podía pagar?

—Tranquila —dijo la doctora Fournier cuando notó que Leslie se había levantado de la silla y estaba a punto de perder la compostura.

Luego de varios años consumiendo aquella comida artificial muchas personas empezaron a experimentar severos casos de desnutrición, problemas gástricos y cáncer de estómago. El abuelo de Leslie murió de un problema estomacal agudizado por el debilitamiento de la mucosa que recubre el interior del estómago a causa de uno de los componentes de aquella comida, que luego de algunos estudios se comprobó como un agente altamente mutágeno. Para palear aquellos efectos y evitar un descenso poblacional masivo, que la humanidad no habría podido superar pues aún se encontraba diezmada por la Guerra de Energéticos, la empresa desarrolló una serie de remedios que debían ser tomados antes y después de cada comida para contrarrestar los efectos nocivos de la misma. No obstante, estos preventivos tenían un costo que por mínimo que fuese se multiplicaba por la enorme cantidad de dosis que una persona debía tomar al día. Antes de comer cualquier cosa debían tomar el digestivo y cinco minutos después de ingerir el último bocado tocaba el turno del suero. El problema detonó cuando Engines Incorporated patentó el motor de hidrombustible y obligó a los gobiernos del mundo a privatizar los recursos hídricos; con el agua potable acaparada por una compañía, GenoFood aprovechó la oportunidad de proveer agua sintética a sus consumidores, pero que, al igual que su comida, tenía los mismos efectos secundarios. La humanidad logró sobrevivir comiendo comida artificial y bebiendo sueros que sustituían el consumo de agua por más de treinta años, hasta que GenoFood desarrolló la segunda generación de comida sintética, que ya no dependía de mutaciones que hacían crecer a animales y plantas de forma antinatural y exagerada, sino que era cultivada en laboratorios a partir de células madre reconvertidas en el vegetal o tipo de carne deseados.

El vicepresidente se acomodó el saco luego del sobresalto sufrido por la pérdida de compostura de Leslie.

—Parece que su joven becaría ha heredado su carácter, Doctora —dijo divertido.

La Doctora dirigió una rápida mirada a Leslie quien proyectó un diagrama de las ganancias de la empresa con su comida artificial y la cantidad de muertes asociadas a su consumo. El vicepresidente quedó en silencio por un minuto y al final respondió con el socarrón tono de voz que lo caracterizaba.

—Mis respetables damas, publico que nos honra con su presencia, investigadores de todo el mundo que siguen esta conferencia por internet, en el año 2070 la población superó en un 100% la capacidad de carga del planeta, esto es, había el doble de humanos y la mitad de recursos alimenticios, las hambrunas mermaron Sudamérica y África en casi un 70%. Industrias GenoFood se dio a la tarea de desarrollar una nueva forma de alimentos, la comida artificial, que como sabemos produjo muchas muertes, pero no tantas como las que habría producido la hambruna. Actualmente hemos logrado remplazar la comida artificial y transgénica por productos de última generación que, aunque crecen de forma inducida, lo hacen como a principios del silgo XXI, alimentándose del agua, el sol y la tierra. Pero durante el siglo pasado, no tuvimos más remedio que poner a la venta la mercancía que teníamos, pues nuestra principal obligación era poner pan en la boca de millones de hambrientos que morían de inanición todos los días. Ahora bien, ya la Doctora ha hablado en múltiples ocasiones sobre la responsabilidad de nuestra empresa como culpable del alto número de casos de Elefantiasis, le pido, pues, que nos explique los más recientes avances en su investigación.

—Hace poco más de un año —dijo la Doctora tan pronto como el vicepresidente le cedió la palabra— en un laboratorio genómico de Nueva Deli, dos jóvenes científicos lograron aislar el gen que por varios años se creía el responsable de la Elefantiasis Mutogenética. El gen en cuestión está encargado de regular el crecimiento celular y le dice a las células cuántas veces reproducirse y qué tan rápido hacerlo. Como todos sabemos, la Elefantiasis es el crecimiento de las células del tejido corporal de una manera desproporcionada, es por eso que en un principio se asoció al cáncer, pues su comportamiento, al menos en la primera etapa, es similar al de un tumor. Sin embargo, esta enfermedad afecta todo el cuerpo y lo hincha hasta alcanzar proporciones titánicas, sin causar más daño al paciente que las desventajas que le ocasionan sus nuevas dimensiones.

El vicepresidente escuchaba la ponencia con atención pero haciendo ocasionalmente algunas muecas de aburrimiento.

—Lo que a nuestro departamento le interesaba investigar era el origen de este gen, la causa de su mutación. Estamos totalmente de acuerdo en que la mutación del gen es el causante, pero la causa de esa mutación es la clave para encontrarle una solución al problema.

El coordinador hizo una pequeña señal para indicarle a la Doctora el tiempo restante de su intervención.

—Sin más rodeos, dejaré que mi becaria les explique los resultados a los que hemos llegado.

Por años la Doctora había acusado a GenoFood como la causante de aquella enfermedad y sostenía que el consumo de sus alimentos la provocaba, pero desde que se descubrió aquel gen, su línea de investigación se enfocó en demostrar que su comida provocaba la mutación del gen. No obstante, siempre habían logrado refutarla, pero en esta ocasión, los resultados que Leslie estaba a punto de exponer era completamente diferentes.

—En 2086 —dijo Leslie para iniciar su exposición— GenoFood lanzó al mercado su primera línea de alimento sintéticos, que como ya sabemos provocaron enfermedades y muertes. Pero hoy no estamos aquí ni para discutir eso ni para determinar la causa de la enfermedad. Sabemos de sobra que es un gen defectuoso. Lo que vamos a discutir hoy es qué originó que ese gen mutara. No podemos situar a GenoFood como un causante directo pues todas las victimas de sus alimentos ya están muertas, a muchos de nuestros padres ya ni siquiera les tocó comer alimentos ultra modificados y todos nosotros hemos consumido desde que nacimos la nueva generación de sintéticos. Entonces, ¿por qué acusar a esta empresa de ser la responsable?

El público escuchaba atento sin perderse ni una sola de las palabras que decía Leslie, mientras el vicepresidente trataba de disimular su cara de asombro.

—Esta es la buena —dijo la Doctora al aire y entre susurros mientras esbozaba una sonrisa de satisfacción.

—Luego de rastrear el origen del mentado gen —decía Leslie— encontramos que este apareció en la primera generación de hijos que tuvieron las personas que consumieron los “ultra-modificados”. Ellos nacieron ya con la anomalía como un mal congénito tal y como es ahora, lo que quiere decir que aquello que detonó su mutación debió haber afectado a sus padres. Ninguno de estos padres sufrió algún caso de elefantiasis, o al menos no hay registro de ello, el primer caso registrado se dio en la generación siguiente, la de sus hijos. Nuestra conclusión es que los “ultra-modificados” alteraron el código genético de los padres, tal y como fue alterado en las plantas para crecer de forma desproporcionada, y estos a su vez heredaron el problema a sus hijos, en quienes se manifestó como la enfermedad que conocemos hoy en día.

—Para hacer crecer las plantas de manera rápida a fin de abastecer a una creciente población de consumidores —interrumpió la Doctora— los genetistas de GenoFood alteraron los códigos genéticos del crecimiento de las células vegetales. Eso mismo creemos que pasó con los humanos. Consumir esos alimentos alteró las secuencias genómicas y estas se heredaron a sus hijos en forma de Elefantiasis Mutogenética. Ello explica el porqué no es contagiosa pero sí heredable.

La Doctora hizo un ademan para que Leslie ocupara su lugar, quien regresó a su asiento mientras ella recibía la gloria y aclamaciones de los asistentes a pesar de que el diseñó de la investigación no le pertenecía. Cuando presentamos nuestros proyectos de ingreso, la Doctora nos dio una línea de investigación a seguir, la cual indicaba retomar sus pasos y buscar la forma para demostrar, de una forma u otra, que GenoFood era la culpable. Luego de que el gen se descubriera, Leslie ideó aquel proyecto y este fue muy bien recibido por la Doctora, aunque nunca le había dado el crédito, pues según ella ningún investigador de clase internacional aceptaría la propuesta de una becaria.

—¿Tiene algún argumento final? —preguntó el coordinador ante los sarcásticos aplausos del vicepresidente.

—Sólo una pregunta —contestó el vicepresidente—. Según usted, ¿cómo es que nuestra comida provocó esas lamentables mutaciones?

—Pues bien mi estimado —dijo la Doctora—, así como hemos hecho crecer a las plantas para tener más alimento, su consumo nos han hecho crecer a nosotros. No se trata de una mutación humana ni de una enfermedad, la deformidad y el crecimiento excesivo de la Elefantiasis Mutogenética no es otra cosa sino las características fenotípicas de la nueva especie de humanos transgénicos que su comida ha generado.

Un peculiar silencio se adueño del auditorio entero.

—Miren —dijo Leslie tratando de explicarlo mejor—. El maíz no era más que un pequeño pasto, si un maíz primigenio viera a un maíz actual, para él no sería sino un monstruo mutado, deforme, con granos que nos son más que tumores expandidos hasta un tamaño grotescamente desproporcionado. El maíz actual, transgénico o no, es un mutante para el maíz primigenio. Nosotros lo hemos modificado para que sea más grande. Es igual con nosotros, de manera indirecta y sin intención hemos hecho de los humanos un producto transgénico más que engorda con forme pasa el tiempo. La obesidad del siglo xxi no fue sino una primera alerta de ello.

El auditorio entero perdió la cordura ante las palabras de la joven becaria. Los abogados de GenoFood que aguardaban bajo el escenario la oportunidad idónea para refutar las acusaciones de la Doctora subieron rápidamente al estrado ante los reclamos del vicepresidente que les exigía una solución inmediata. Desde hacía poco más de cinco años, una demanda legal por parte de cientos de afectados esperaba para entrar en acción, GenoFood lo sabía y había sobornado a científicos de todo el mundo para refutar a la Doctora en cada intento de inculparlos, pues los jueces exigían que se comprobara de manera científica la culpabilidad de la empresa antes de actuar legalmente. Ahora, con una nueva hipótesis que no tenían forma de desmentir, la empresa estaba en riesgo.

Luego de varios minutos de gritos y acusaciones, el coordinador se vio en la necesidad de llamar a seguridad para que recobraran el control. No era la primera vez que se suscitaban enfrentamientos entre científicos y empresarios, de hecho un conflicto legal fue lo que dio origen a aquel simposio. Cuando la primera demanda contra Engines Incorporated alcanzó al ámbito público, los abogados de demandados y demandantes acordaron hacer un debate televisado en el que los científicos de ambos bandos defendieran sus resultados, hoy, a más de treinta años de aquel primer encuentro, las Mesas de Discusión entre Científicos y Empresarios se habían convertido en el escaparate ideal para que las grandes transnacionales mostraran su inocencia evitando así ir a juicio y los científico pudiera hacer ciencia sin tener que trabajar para las mega corporaciones, ya que fuera del ámbito legal o como científico asalariado de una transnacional, no había oportunidad para la investigación científica; incluso los grandes avances en la tecnología eran pagados por los empresarios que veían en la exploración del espacio, la producción de energía o el cultivo de alimentos el escenario ideal para incrementar sus ganancias. Desde mediados del siglo pasado y luego de la Guerra de Energéticos, las empresas eran las que determinaban cómo se movía el mundo económico, social, científico y artístico.

Cuando la calma regresó al auditorio, el coordinador se vio en la necesidad de pedir diez minutos de receso. Los ponentes de la siguiente mesa ya estaban listos pero aceptaron resignados el tiempo de descanso.

—Creo que te titularas con honores, Doctora Leslie —dijo Fournier antes de abordar al Profesor Misrahim que le hacía señas desde hacía un rato—. Los veré el lunes a primera hora, no lleguen tarde.

—Damas y caballeros, a continuación nuestra siguiente ponencia, recibamos al ingeniero Seimour Johanssen y al empresario Fernand Detoux con la ponencia: “Proyecto Anillo. Avances y perspectivas” —dijo el coordinador una vez terminados los diez minutos.

Hidrocombustible

El relato a continuación fue una colaboración de Cuauh que tiene su propio blog donde nos habla de tendencias de internet, ciencia ficción, anime y otras cosas. Todo esto lo hace de una manera objetiva pero siembre con un vocabulario sencillo y conceptos que incluso los más ajenos al tema pueden comprender.

Algo que quiero hacer notar es que a pesar de mi profesión rara vez tomo los temas ambientales en mis relatos por lo que no puedo evitar sentir cierta vergüenza al pensar que trato de evitar estos temas en mi trabajo artístico (tal vez porque no me considero suficientemente educado en el tema)

Bueno ahora el relato…

Imagen cortesia de Patrik Cons
Imagen cortesia de Patrik Cons

El sol no había salido aún. Eran casi las seis de la mañana cuando el despertador de Fabricio sonó, un fragmento de aquella canción que tanto le gustaba y que tenía como tono de alarma desde hacía tres años, a pesar de las constantes críticas de Fernanda, quien la aborrecía después de escucharla cada mañana. Para fortuna de su novia, aquel día Fabricio había despertado varios minutos antes, así que apagó la alarma tan pronto empezó a sonar. Hoy era un día especial para él, pues su jefe había prometido entregar los resultados de la vacante disponible en el departamento ejecutivo de ventas, su puesto soñado desde que entró a la compañía y que ahora parecía tan al alcance al saberse, por voz de sus propios compañeros, como uno de los favoritos para ocupar el puesto.
Cuando dieron las seis en punto, el reloj inteligente de Fernanda empezó a vibrar y el temporizador del departamento se activó, la luz de la habitación se encendió paulatinamente como estaba programada para evitar, según ella, que un cambio repentino en la intensidad de la luz les dañara la vista. Las ventanas de la sala desactivaron el filtro nocturno que permitía a los usuarios ver al exterior sin dejar pasar la molesta luz del alumbrado público, mientras que la televisión se encendía en el canal de noticias que a ella le gustaba ver cada mañana antes de salir al trabajo.
Mientras ambos esperaban a que el guardarropa terminara de proveer las respectivas mudas que usarían el día de hoy con base en el itinerario que ellos habían programado, Fabricio caminó hacia el baño para lavar sus dientes y ducharse, mientras Fernanda permanecía sentada en el borde de la cama cepillando su cabello.
Un breve chorro de agua, un poco de vapor, el sonido del aire comprimido y un fugaz bombardeo de luz ultravioleta modificada dejaron a Fabricio reluciente y fresco, pero con la sensación de que algo le faltaba. Tenían poco menos de una semana con el nuevo baño y aún no podía acostumbrarse a él. “En menos de tres minutos y con un gasto menor a un litro de agua cualquiera queda impecable”, era el eslogan que utilizaba el gobierno en los comerciales donde anunciaban los subsidios para que los habitantes de la ciudad cambiaran sus anticuados baños por los de la nueva generación. Fernanda había ganado medio subsidio en el trabajo, así que el baño sólo les costó la mitad, lo que significaba una insignificante deuda de unos ocho años.
El sonido de la cafetera automática la delató y en tan sólo un par de minutos el aroma de café recién hecho había inundado todo el departamento.
—Apurate Fetuchini —gritó Fernanda.
Fabricio la miró molesto mientras enrollaba una toalla en su cintura. Ella le sonrió coquetamente y caminó desnuda junto a él para tomar su turno en la ducha.
—Por cierto —preguntó ella—, ¿no crees exagerado seguir usando esa vieja toalla teniendo el nuevo baño? Uno sale completamente seco.
Fabricio no contestó, estaba muy acostumbrado a su rutina diaria y pocas cosas le harían modificarla. Si había accedido a cambiar el baño era porque las raciones de agua eran más reducidas cada año y porque Fernanda le había estado insistiendo por más de dos meses, así que al menos se seguiría bañando como a él le gustaba.
El gabinete expendedor del guardarropa se abrió y un pequeño brazo robótico colocó a un lado de la cama el traje que Fabricio había programado para esa ocasión desde hacía una semana, del otro lado, un coqueto vestidito rosa que era parte de la rotación habitual en la ropa de Fernanda y un pequeño cilindro de oxigeno del tamaño de un termo que se unía mediante una pequeña manguera a una mascarillas de plástico trasparente que permitiría al usuario respirar sin peligro en caso de que el aire no fuese respirable ese día. Fernanda tenía la extraña costumbre de siempre llevar el cilindro consigo, pese a que rara vez lo necesitaba; Fabricio había desistido de hacerlo desde hacía muchos años.
Luego de que ambos terminaron de vestirse, Fernanda salió de la habitación en dirección a la cocina, donde ya la esperaba su taza de café y un estofado de carne sintética sabor pollo, su carne preferida desde que era niña, o mejor dicho su sabor sintético preferido. Desde que el oxigeno de la atmósfera aumentó, muchos animales no logaron adaptarse y murieron por docenas, el noventa por ciento de las especies se extinguieron y las que lograron sobrevivir estaban confinadas a zoológicos donde el aire era controlado para que no rebasara los límites de oxígeno que podían soportar los seres con pulmones, así que animales como el pollo ahora eran especies raras que sólo podían ser vistas en las reservas animales, aunque Fernanda aseguraba que su abuela llegó a cocinarlo cuando era niña, pues fue uno de los últimos alimentos cárnicos permitidos por el gobierno antes de que GenoFood y su comida sintética se apoderarán del mercado y pusieran fin a la crisis alimenticia que afectó la generación de sus padres y abuelos.
Mientras Fernanda iniciaba con su desayuno, Fabricio revisaba meticulosamente las notas que había preparado para su ponencia a fin de no olvidar ninguna, las ordenó y les dio una rápida lectura para reafirmar su discurso. No quería que le pasara lo mismo que le ocurrió cuando recién había ingresado a la compañía. Luego de asegurarse que todos sus papeles estuvieran en orden, Fabricio cerró su portafolio y se unió a Fernanda en la cocina.
—¿Qué buscas güera? —preguntó Fabricio mientras endulzaba su café al ver que Fernanda checaba con insistencia la pantalla del refrigerador.
—El refri dice que sólo nos tocan doscientos gramos de carne, pero según yo ya nos debería tocar medio kilo —contestó Fernanda extrañada.
—Eso es para los que tienen hijos.
—Pues ya ves —dijo ella tiernamente— podríamos intentarlo.
Fabricio se quedó en silencio por un minuto.
—Si me dan el puesto lo intentaremos, te lo prometo.
Fernanda sonrió de oreja a oreja y continuó marcando en la pantalla todas las cosas que les hacían falta en la despensa y que, a diferencia de la carne sintética, no estaban restringidas a cierta cantidad por persona.
—¿Algo nuevo en las noticias? —preguntó Fabricio en todo de burla.
Mariana lo miró enojada.
—Muy gracioso —dijo al fin.
Fabricio odiaba aquel canal de noticias que la televisión sintonizaba de manera automática todas las mañanas, así que la noche anterior decidió programar otro canal y cambió la contraseña para que Fernanda no pudiera arruinarle aquella mañana. Quería que todo resultara perfecto y ningún mediocre canal de noticias sobre el clima y el estado del trasporte público se lo impediría.
—Si viviéramos en un departamento de nivel inferior tendríamos que escuchar esas noticias todas las mañanas —replicó Fernanda con enfado.
—Amor, si viviéramos en uno de esos departamentos la alarma nos despertaría a media noche para que nos pusiéramos las mascarillas de oxígeno y no tendríamos necesidad de ver ese cochino programa —dijo Fabricio con desdén.
Fernanda salió de la cocina molesta para recoger sus cosas antes de salir hacia el trabajo. La familia de Fabricio siempre fue de clase privilegiada, así que nunca tuvo que preocuparse por vivir en casas o departamentos comunes, a diferencia de Fernanda, cuyos padres nunca pudieron darse el lujo de comprar una vivienda inteligente con suministro regulado de oxígeno. Aquel pasado era algo que Fernanda reservaba para sí y nunca hablada de eso con nadie, ni siquiera con su novio, quien creía que su fijación por las noticias de pobres, como todos los de la clase media y alta las llamaba, era por mera curiosidad.
El edificio en que vivían estaba sellado y contaba con ventilación y un suministro de aire regulado por computadora, así que las mascarillas no era necesarias a menos que salieran a la calle, lo cual era muy raro, pues los autos contaban con el mismo sistema de ventilación y nunca descendían de ellos hasta estar dentro de algún estacionamiento, que por disposición oficial, debían estar igualmente aislados. En los departamentos de lujo no sólo el edificio estaba sellado, sino que se podía incluso controlar la cantidad de oxígeno en cada habitación. A Fernanda y Fabricio nos les alcanzaba para vivir en un lugar tan lujoso, pero estaban felices de al menos vivir en un edificio inteligente y ecoamigable, como la mayoría de asalariados de clase media. Se sentían afortunados por no tener que lidiar con las inclemencias del exterior ni tener que usar aquellas mascarillas todo el día como hacía la gente pobre que aún vivía en casas de concreto en la periferia de la capital.
—¿Paso por ti a la oficina en la noche? —preguntó Fabricio.
—Sólo si me vas a invitar a cenar —respondió ella aún enfadada por el comentario de Fabricio.
Fabricio la tomó por la cintura y le dio un breve beso en los labios.
—A un lugar caro —dijo él.
Fernanda sonrió en señal de perdón y ambos bajaron hasta el sótano donde estaba el estacionamiento.
El departamento donde vivían estaba en una calle poco transitada por la cual circulaba uno de los nuevos tranvías flotantes que a esa hora pasaba atestado de gente. El gobierno había anunciado que los nuevos tranvías tendrían regulador de oxígeno y la ausencia de fricción que prometían aquellas vías imantadas le permitirían correr hasta cien kilómetros por hora, casi tan rápido como los autos particulares. Sin embargo, el aire nunca funcionaba correctamente y eso obligaba a los usuarios a usar sus mascarillas, además, el excesos de gente los hacía correr a menos de la mitad de lo prometido.
—¡Adriana! —gritó Fernanda para saludar a su amiga.
Adriana los saludó agitando la mano desde la puerta de su auto.
Ambas chicas se habían conocido en la universidad cuando estudiaban derecho. Fernanda siempre quiso ser abogada ambientalista y al terminar la carrera entró a trabajar a una organización no gubernamental que abogaba por el derecho a un aire respirable, mientras que Adriana era la abogada de una de las empresas automovilísticas más importantes del país, a quien casualmente la organización de Fernanda había demandado algunos mese antes.
—¿Cómo está mi pareja favorita? —preguntó cuando su auto pasó junto a ellos.
—Bien —contestaron ambos al unísono.
—¿Quieres que te lleve?, así podríamos ir revisando el caso juntas, de todas formas nos veremos más tarde en el juzgado.
—No le veo el caso, pues de todas formas te voy a ganar —Dijo Fernanda.
Ambas chicas rieron.
—Te veo en la tarde —dijo Fernanda mientras subía al auto de su amiga.
Fabricio las vio salir del edificio mientras caminaba hasta su auto, casualmente de la misma compañía a la que su novia había demandado y que por disposición gubernamental estaba obligado a no circular en caso de contingencia, pues sus emisiones de oxígeno eran de las más altas entre todos los vehículos.
Fabricio encendió el auto y lo puso en marcha, pero al cabo de unos metros el auto se detuvo intempestivamente y un anunció apareció en la pantalla del tablero: “Circulación prohibida por contingencia”. Fabricio trató una y otra vez pero sin éxito, cada que encendía el auto este avanzaba un par de metros y se detenía en seco. Al notar sus problemas el portero del edificio se acercó a ayudarlo.
—¿Problemas con el auto, joven? —preguntó el portero.
—Sí, me dice que por contingencia no puedo avanzar.
—Sí, pues es que al aire tiene mucho oxígeno hoy. ¿Qué no vio las noticias?, dijeron que hoy es el índice más alto registrado en los últimos cinco años, pero si quiere horita se lo reviso y se lo echo a andar.
El hombre se quitó la camisa de vestir que era parte de su uniforme y dejó al descubierto una playera vieja desgastada por el uso y el trabajo, quitó delicadamente la mascarilla que traía puesta sobre la frente y colocó el cilindro de oxigeno junto a su camisa en el suelo.
—Abra el cofre, joven.
Fabricio abrió el cofre y apagó el motor.
—¿Tiene el Locater 3000 verdad? —preguntó el portero como dando a entender que sería imposible hacer avanzar el auto.
—Sí, ¿tiene algún problema?
—Mire —dijo el portero señalando a alguna parte del motor que Fabricio no podía reconocer— si tuviera alguna versión más antigua podría desconectarlo de la red y su auto avanzaría sin problema, pero la versión que usted tiene posee un candado que paraliza al coche si este se desconectada de la red vial, además de que la hace una multa automática.
—¿Y ahora?, tengo una reunión muy importante y no puedo llegar tarde.
—¿Y hasta dónde va?
—A las oficinas del centro.
—Pues si toma el tranvía yo creo que si llega, se hace poco menos de dos horas y a penas son las siete y cuarto.
Fabricio trató de contener la rabia, sacó sus cosas del auto y caminó hacia la salida.
—¡Oiga! —le gritó el portero—, no se le olvide su mascarilla, no querrá caer desmayado a mitad de la calle.
Fabricio no tenía la costumbre de usar mascarillas ni de recargar los cilindros de oxígeno, así que buscó entre las cosas que Fernanda solía olvidar en el coche y encontró un equipo usado pero con algo de oxigeno restante. Fabricio se colocó la mascarilla y salió corriendo del edificio.
El tranvía tardó más de cinco minutos en llegar, a pesar de que las corridas se anunciaban para cada minuto y medio. Cuando el primer tren llegó, Fabricio tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ser arrollado por la estampida de gente que se arremolinaba en las puertas tratando de abordar, pese a que el interior estaba tan saturado que no parecía posible que ingresara una persona más.
Luego de tres estaciones, el vagón donde viajaba se vació lo suficiente para dejar algunos lugares libres, Fabricio tomó asiento junto a una señora que sostenía a su hijo sobre las piernas. El niño tenía una bolsa de plástico sobre la nariz y la boca y respiraba lentamente al ritmo que su madre le indicaba. A Fabricio le pareció una escena muy extraña, pero nadie más parecía prestarles atención, todos estaban ensimismados en sus dispositivos electrónicos, con los ojos clavados en el pálido resplandor de las pantallas y la cara oculta tras la incómoda mascarilla reguladora de oxígeno. Un par de estaciones más adelante, antes de llegar a donde Fabricio debería cambiar de ruta, un hombre de aspecto desalineado, calvicie incipiente y  un rostro de impaciencia y hartazgo entró al vagón y empezó a predicar un discurso mientras repartía panfletos donde denunciaban las irregularidades en la fabricación del alimento producido por GenoFood, la indulgencia del gobierno con Engines Incoporated y las acciones monopolistas de Free Air.
—Damas y caballeros —decía aquel hombre mientras repartía los panfletos que en su mayoría eran ignorados por los usuarios— la crisis alimenticia no ha terminado, no se dejen engañar por el gobierno, la comida sintética sólo ha dado paso al más grande monopolio en la historia de la humanidad y los negocios sucios que el gobierno tiene con Engines Incoporated permiten que la atmósfera sea cada vez menos habitable, nuestros niños —y señaló al pequeño que respiraba dentro de la bolsa de plástico sobre el regazo de su madre— son las víctimas de los malos manejos, el motor hídrico y el hidrombustible son el nuevo cáncer del siglo XXII.
Fabricio miró al hombre salir del vagón mientras miraba de reojo el panfleto que le había dado.
A mediados del siglo XXI, el mundo sufrió una crisis energética terrible, las reservas de petróleo se terminaron y las empresas tuvieron que buscar nuevas formas de producir energía. La electricidad fue lo más fácil, en todos los países se construyeron presas, se aprovechó la fuerza de viento y  mareas, y los paneles solares dejaron paso a las ventanas inteligentes que no sólo podían atenuar la luz exterior, sino captar la energía solar y alimentar el consumo eléctrico de la casa. Aunque las cosas no fueron tan sencillas, la energía limpia redujo los costos y las ganancias, por lo que el gobierno se vio forzado a cobrar impuestos a las ventanas; todo lo que antes producía energía limpia y gratis ahora se cobraba. La contaminación se redujo aún más cuando un ingeniero alemán desarrolló un motor que funcionaba con agua. La idea básica era que el motor descomponía el agua en sus dos elementos, así que aprovechaba el hidrógeno y desprendía oxígeno. La empresa alemana vendió sus nuevos vehículos como la solución definitiva a la contaminación ambiental, pues no sólo funcionaba con agua, sino que aportaba a la atmósfera una valiosa cantidad de oxigeno limpio. En pocos años cada familia del mundo tenía un auto hídrico, las gasolineras desaparecieron y en su lugar se abrieron expendios de hidrombustible, un agua tratada con el doble de moléculas de hidrógeno. El problema fue la cantidad, las ciudades se sobresaturaron de autos y en menos de una década el gobierno tuvo que empezar a tomar medidas para contrarrestar el exceso de oxígeno en la atmósfera, pues la gente y los animales caían desmayados por las calles. Además de los nuevos e inesperados problemas ambientales, el uso del agua como combustible trajo drásticos cambios en la sociedad. Los mares dejaron de ser patrimonio de los países y fueron comprados por las grandes empresas, los ríos fueron monopolizados por las hidroeléctricas y los pozos, lagos y manantiales constituyeron la nueva reserva de energéticos de los países. Países mayormente desérticos construyeron gigantescas desalinizadoras para usar el agua del mar, el agua potable se prohibió y las personas debieron acostumbrarse a tomar únicamente una especie de suero como sustituto del vital líquido. Aunque uno de los mayores cambios se dio en la alimentación, pues ya no había suficiente agua para regar los cultivos ni dar de beber a los animales, además muchos había muerto a causa de la saturación del oxígeno en la atmósfera, así que una empresa agropecuaria llamada GenoFood desarrolló un nuevo tipo de comida sintética que disminuyó drásticamente la cantidad de comida natural  requerida por el organismo. Para paliar los problemas causados por el oxígeno, la empresa noruega Free Air desarrolló una mascarilla y un pequeño tanque de oxígeno portable del tamaño y peso de una botella de agua y que además podía rellenarse en máquinas expendedoras dispuestas por toda la ciudad.
El tranvía llegó a la estación de transbordo y Fabricio continuó su camino ya sin los molestos reclamos de aquel hombre. Mientras caminaba hacia en anden sintió un leve mareo que fue aumentando hasta que ya le resultaba muy difícil permanecer de pie. Se recargó en la pared y se quitó la mascarilla para examinarla. En la parte frontal, justo sobre el área que encaja en la nariz un pequeño led rojo parpadeaba débilmente indicando que la vida útil de la mascarilla había llegado a su fin. Fabricio entró en pánico pues las estaciones del metro no contaban con oxígeno regulado y la tienda de mascarilla más próxima estaría más lejos de lo que podría caminar respirando ese aire.
Fabricio pensó en correr hasta el andén y buscar alguna máquina para recargar su tanque, que generalmente siempre estaban junto a las taquillas de boletos, pero eso sólo agitaría su respiración obligándolo a inhalar más aire, así que se sentó en el suelo y esperó a que alguien pasara, trató de respirar con extrema lentitud aguantando la respiración lo más que podía, pero después de dos minutos sus pulmones le obligaban a dar grandes bocanas de aire que los mareaban cada vez más.
Al cabo de cinco minutos que le parecieron una eternidad, sentía que la cabeza estaba por estallarle y el tren no parecía haber llegado a ninguna de las estaciones, pues el pasillo del trasbordo estaba completamente desértico. La vista se le empezó a nublar y le resultaba difícil mantenerse despierto. El miedo le hacía respirar muy rápido, pero entonces recordó las palabras de aquella madre que le indicaba a su hijo el ritmo adecuado para respirar dentro de la bolsa de plástico. “Eso es”, pensó, “la bolsa de plástico cumple la misma función que la mascarilla regulando paulatinamente el oxígeno de la atmósfera al combinarlo con el dióxido de carbono que exhalamos”. Buscó entre sus cosa, pero lo más cercano que encontró a una bolsa fue un el protector de plástico para hojas de papel, lo tomó y empezó a respirar en su interior.
El protector parecía funcionar, sólo tenía que mantener una respiración constante, el mareó descendió lo suficiente como para ponerse de pie y caminar hasta la estación de vigilancia, donde seguramente podrían proveerle con una mascarilla. Se levantó y apoyando una mano contra la pared mientras sostenía con la otra su rudimentaria bolsa, avanzó tambaleante hasta el andén de la próxima estación. Al llegar, un policía corrió a ayudarlo y lo llevó hasta el cubículo de vigilancia, donde le proporcionaron oxigeno regulado hasta que el mareo desapareció por completo.
—Tome —dijo el policía al ver que Fabricio ya se había recuperado y guardaba sus cosas para continuar su viaje.
Fabricio agarró la mascarilla que el oficial le obsequiaba, la ajustó a su rustro y entre empujones se abrió paso hasta entrar en el carro del tren. Eran ya las nueve en punto y aún le faltaban veinte minutos de viaje. Cuando por fin llegó a la sala de juntas todos los candidatos habían terminado de exponer sus propuestas y los directivos charlaban entre ellos tratando de elegir la mejor.
—Señores —dijo Fabricio parado frente al resto de sus compañeros y jefes.
—Disculpe señor Ramírez —le interrumpió el director general— pero las ponencias han terminado, debió programar mejor sus tiempo y sus notas —dijo al ver el desastre de papeles que traía en su portafolio.
—No será necesario —contestó Fabricio— mis presentación será rápida y práctica.
—Señor Ramírez —dijo su jefe inmediato en un tono de suma molestia.
—Esto es una completa falta de respeto para el resto de sus colegas —dijo uno de los ejecutivos.
El resto de candidatos hablaban entre ellos y le dirigían miradas acusadoras.
—Tenga la amabilidad de salir —dijo el director general con cierta amabilidad pero ya sin paciencia.
—Caballeros —dijo mientras era escoltado hacia la puerta—, ¿han pensado en máquinas expendedoras de mascarillas desechables que no necesiten oxígeno?
El presidente de la compañía lo miró fijamente.
—Explíquese, dijo su jefe inmediato.
—El aire del exterior contiene más oxigeno del que podemos respirar, los productos de FreeAir sólo nos proporcionan aire respirable, pero el costo de recargar los pequeños cilindros es un gran impacto para la economía.  Si pudiéramos proporcionar mascarillas desechables que no requieran tanques de oxígeno, sino que regulen el oxígeno mediante el dióxido de carbono que nosotros mismo desprendemos, FreeOxigen se adueñaría del mercado en pocos años.
—Caballeros —dijo el presidente— tengan la amabilidad de salir, deliberaremos sobre cuál nos pareció la mejor presentación. Joven Fabricio —añadió el presidente— no se aleje mucho de la oficina.
Aquella misma noche, mientras Fernanda y Fabricio cenaban en el restaurante caro al que le había prometido llevarla, observaron a un grupo de trabajadores colocar un espectacular frente al restaurante en donde se anunciaba la próxima llegada de las máquinas expendedoras de mascarillas desechables.