Hidrocombustible

El relato a continuación fue una colaboración de Cuauh que tiene su propio blog donde nos habla de tendencias de internet, ciencia ficción, anime y otras cosas. Todo esto lo hace de una manera objetiva pero siembre con un vocabulario sencillo y conceptos que incluso los más ajenos al tema pueden comprender.

Algo que quiero hacer notar es que a pesar de mi profesión rara vez tomo los temas ambientales en mis relatos por lo que no puedo evitar sentir cierta vergüenza al pensar que trato de evitar estos temas en mi trabajo artístico (tal vez porque no me considero suficientemente educado en el tema)

Bueno ahora el relato…

Imagen cortesia de Patrik Cons
Imagen cortesia de Patrik Cons

El sol no había salido aún. Eran casi las seis de la mañana cuando el despertador de Fabricio sonó, un fragmento de aquella canción que tanto le gustaba y que tenía como tono de alarma desde hacía tres años, a pesar de las constantes críticas de Fernanda, quien la aborrecía después de escucharla cada mañana. Para fortuna de su novia, aquel día Fabricio había despertado varios minutos antes, así que apagó la alarma tan pronto empezó a sonar. Hoy era un día especial para él, pues su jefe había prometido entregar los resultados de la vacante disponible en el departamento ejecutivo de ventas, su puesto soñado desde que entró a la compañía y que ahora parecía tan al alcance al saberse, por voz de sus propios compañeros, como uno de los favoritos para ocupar el puesto.
Cuando dieron las seis en punto, el reloj inteligente de Fernanda empezó a vibrar y el temporizador del departamento se activó, la luz de la habitación se encendió paulatinamente como estaba programada para evitar, según ella, que un cambio repentino en la intensidad de la luz les dañara la vista. Las ventanas de la sala desactivaron el filtro nocturno que permitía a los usuarios ver al exterior sin dejar pasar la molesta luz del alumbrado público, mientras que la televisión se encendía en el canal de noticias que a ella le gustaba ver cada mañana antes de salir al trabajo.
Mientras ambos esperaban a que el guardarropa terminara de proveer las respectivas mudas que usarían el día de hoy con base en el itinerario que ellos habían programado, Fabricio caminó hacia el baño para lavar sus dientes y ducharse, mientras Fernanda permanecía sentada en el borde de la cama cepillando su cabello.
Un breve chorro de agua, un poco de vapor, el sonido del aire comprimido y un fugaz bombardeo de luz ultravioleta modificada dejaron a Fabricio reluciente y fresco, pero con la sensación de que algo le faltaba. Tenían poco menos de una semana con el nuevo baño y aún no podía acostumbrarse a él. “En menos de tres minutos y con un gasto menor a un litro de agua cualquiera queda impecable”, era el eslogan que utilizaba el gobierno en los comerciales donde anunciaban los subsidios para que los habitantes de la ciudad cambiaran sus anticuados baños por los de la nueva generación. Fernanda había ganado medio subsidio en el trabajo, así que el baño sólo les costó la mitad, lo que significaba una insignificante deuda de unos ocho años.
El sonido de la cafetera automática la delató y en tan sólo un par de minutos el aroma de café recién hecho había inundado todo el departamento.
—Apurate Fetuchini —gritó Fernanda.
Fabricio la miró molesto mientras enrollaba una toalla en su cintura. Ella le sonrió coquetamente y caminó desnuda junto a él para tomar su turno en la ducha.
—Por cierto —preguntó ella—, ¿no crees exagerado seguir usando esa vieja toalla teniendo el nuevo baño? Uno sale completamente seco.
Fabricio no contestó, estaba muy acostumbrado a su rutina diaria y pocas cosas le harían modificarla. Si había accedido a cambiar el baño era porque las raciones de agua eran más reducidas cada año y porque Fernanda le había estado insistiendo por más de dos meses, así que al menos se seguiría bañando como a él le gustaba.
El gabinete expendedor del guardarropa se abrió y un pequeño brazo robótico colocó a un lado de la cama el traje que Fabricio había programado para esa ocasión desde hacía una semana, del otro lado, un coqueto vestidito rosa que era parte de la rotación habitual en la ropa de Fernanda y un pequeño cilindro de oxigeno del tamaño de un termo que se unía mediante una pequeña manguera a una mascarillas de plástico trasparente que permitiría al usuario respirar sin peligro en caso de que el aire no fuese respirable ese día. Fernanda tenía la extraña costumbre de siempre llevar el cilindro consigo, pese a que rara vez lo necesitaba; Fabricio había desistido de hacerlo desde hacía muchos años.
Luego de que ambos terminaron de vestirse, Fernanda salió de la habitación en dirección a la cocina, donde ya la esperaba su taza de café y un estofado de carne sintética sabor pollo, su carne preferida desde que era niña, o mejor dicho su sabor sintético preferido. Desde que el oxigeno de la atmósfera aumentó, muchos animales no logaron adaptarse y murieron por docenas, el noventa por ciento de las especies se extinguieron y las que lograron sobrevivir estaban confinadas a zoológicos donde el aire era controlado para que no rebasara los límites de oxígeno que podían soportar los seres con pulmones, así que animales como el pollo ahora eran especies raras que sólo podían ser vistas en las reservas animales, aunque Fernanda aseguraba que su abuela llegó a cocinarlo cuando era niña, pues fue uno de los últimos alimentos cárnicos permitidos por el gobierno antes de que GenoFood y su comida sintética se apoderarán del mercado y pusieran fin a la crisis alimenticia que afectó la generación de sus padres y abuelos.
Mientras Fernanda iniciaba con su desayuno, Fabricio revisaba meticulosamente las notas que había preparado para su ponencia a fin de no olvidar ninguna, las ordenó y les dio una rápida lectura para reafirmar su discurso. No quería que le pasara lo mismo que le ocurrió cuando recién había ingresado a la compañía. Luego de asegurarse que todos sus papeles estuvieran en orden, Fabricio cerró su portafolio y se unió a Fernanda en la cocina.
—¿Qué buscas güera? —preguntó Fabricio mientras endulzaba su café al ver que Fernanda checaba con insistencia la pantalla del refrigerador.
—El refri dice que sólo nos tocan doscientos gramos de carne, pero según yo ya nos debería tocar medio kilo —contestó Fernanda extrañada.
—Eso es para los que tienen hijos.
—Pues ya ves —dijo ella tiernamente— podríamos intentarlo.
Fabricio se quedó en silencio por un minuto.
—Si me dan el puesto lo intentaremos, te lo prometo.
Fernanda sonrió de oreja a oreja y continuó marcando en la pantalla todas las cosas que les hacían falta en la despensa y que, a diferencia de la carne sintética, no estaban restringidas a cierta cantidad por persona.
—¿Algo nuevo en las noticias? —preguntó Fabricio en todo de burla.
Mariana lo miró enojada.
—Muy gracioso —dijo al fin.
Fabricio odiaba aquel canal de noticias que la televisión sintonizaba de manera automática todas las mañanas, así que la noche anterior decidió programar otro canal y cambió la contraseña para que Fernanda no pudiera arruinarle aquella mañana. Quería que todo resultara perfecto y ningún mediocre canal de noticias sobre el clima y el estado del trasporte público se lo impediría.
—Si viviéramos en un departamento de nivel inferior tendríamos que escuchar esas noticias todas las mañanas —replicó Fernanda con enfado.
—Amor, si viviéramos en uno de esos departamentos la alarma nos despertaría a media noche para que nos pusiéramos las mascarillas de oxígeno y no tendríamos necesidad de ver ese cochino programa —dijo Fabricio con desdén.
Fernanda salió de la cocina molesta para recoger sus cosas antes de salir hacia el trabajo. La familia de Fabricio siempre fue de clase privilegiada, así que nunca tuvo que preocuparse por vivir en casas o departamentos comunes, a diferencia de Fernanda, cuyos padres nunca pudieron darse el lujo de comprar una vivienda inteligente con suministro regulado de oxígeno. Aquel pasado era algo que Fernanda reservaba para sí y nunca hablada de eso con nadie, ni siquiera con su novio, quien creía que su fijación por las noticias de pobres, como todos los de la clase media y alta las llamaba, era por mera curiosidad.
El edificio en que vivían estaba sellado y contaba con ventilación y un suministro de aire regulado por computadora, así que las mascarillas no era necesarias a menos que salieran a la calle, lo cual era muy raro, pues los autos contaban con el mismo sistema de ventilación y nunca descendían de ellos hasta estar dentro de algún estacionamiento, que por disposición oficial, debían estar igualmente aislados. En los departamentos de lujo no sólo el edificio estaba sellado, sino que se podía incluso controlar la cantidad de oxígeno en cada habitación. A Fernanda y Fabricio nos les alcanzaba para vivir en un lugar tan lujoso, pero estaban felices de al menos vivir en un edificio inteligente y ecoamigable, como la mayoría de asalariados de clase media. Se sentían afortunados por no tener que lidiar con las inclemencias del exterior ni tener que usar aquellas mascarillas todo el día como hacía la gente pobre que aún vivía en casas de concreto en la periferia de la capital.
—¿Paso por ti a la oficina en la noche? —preguntó Fabricio.
—Sólo si me vas a invitar a cenar —respondió ella aún enfadada por el comentario de Fabricio.
Fabricio la tomó por la cintura y le dio un breve beso en los labios.
—A un lugar caro —dijo él.
Fernanda sonrió en señal de perdón y ambos bajaron hasta el sótano donde estaba el estacionamiento.
El departamento donde vivían estaba en una calle poco transitada por la cual circulaba uno de los nuevos tranvías flotantes que a esa hora pasaba atestado de gente. El gobierno había anunciado que los nuevos tranvías tendrían regulador de oxígeno y la ausencia de fricción que prometían aquellas vías imantadas le permitirían correr hasta cien kilómetros por hora, casi tan rápido como los autos particulares. Sin embargo, el aire nunca funcionaba correctamente y eso obligaba a los usuarios a usar sus mascarillas, además, el excesos de gente los hacía correr a menos de la mitad de lo prometido.
—¡Adriana! —gritó Fernanda para saludar a su amiga.
Adriana los saludó agitando la mano desde la puerta de su auto.
Ambas chicas se habían conocido en la universidad cuando estudiaban derecho. Fernanda siempre quiso ser abogada ambientalista y al terminar la carrera entró a trabajar a una organización no gubernamental que abogaba por el derecho a un aire respirable, mientras que Adriana era la abogada de una de las empresas automovilísticas más importantes del país, a quien casualmente la organización de Fernanda había demandado algunos mese antes.
—¿Cómo está mi pareja favorita? —preguntó cuando su auto pasó junto a ellos.
—Bien —contestaron ambos al unísono.
—¿Quieres que te lleve?, así podríamos ir revisando el caso juntas, de todas formas nos veremos más tarde en el juzgado.
—No le veo el caso, pues de todas formas te voy a ganar —Dijo Fernanda.
Ambas chicas rieron.
—Te veo en la tarde —dijo Fernanda mientras subía al auto de su amiga.
Fabricio las vio salir del edificio mientras caminaba hasta su auto, casualmente de la misma compañía a la que su novia había demandado y que por disposición gubernamental estaba obligado a no circular en caso de contingencia, pues sus emisiones de oxígeno eran de las más altas entre todos los vehículos.
Fabricio encendió el auto y lo puso en marcha, pero al cabo de unos metros el auto se detuvo intempestivamente y un anunció apareció en la pantalla del tablero: “Circulación prohibida por contingencia”. Fabricio trató una y otra vez pero sin éxito, cada que encendía el auto este avanzaba un par de metros y se detenía en seco. Al notar sus problemas el portero del edificio se acercó a ayudarlo.
—¿Problemas con el auto, joven? —preguntó el portero.
—Sí, me dice que por contingencia no puedo avanzar.
—Sí, pues es que al aire tiene mucho oxígeno hoy. ¿Qué no vio las noticias?, dijeron que hoy es el índice más alto registrado en los últimos cinco años, pero si quiere horita se lo reviso y se lo echo a andar.
El hombre se quitó la camisa de vestir que era parte de su uniforme y dejó al descubierto una playera vieja desgastada por el uso y el trabajo, quitó delicadamente la mascarilla que traía puesta sobre la frente y colocó el cilindro de oxigeno junto a su camisa en el suelo.
—Abra el cofre, joven.
Fabricio abrió el cofre y apagó el motor.
—¿Tiene el Locater 3000 verdad? —preguntó el portero como dando a entender que sería imposible hacer avanzar el auto.
—Sí, ¿tiene algún problema?
—Mire —dijo el portero señalando a alguna parte del motor que Fabricio no podía reconocer— si tuviera alguna versión más antigua podría desconectarlo de la red y su auto avanzaría sin problema, pero la versión que usted tiene posee un candado que paraliza al coche si este se desconectada de la red vial, además de que la hace una multa automática.
—¿Y ahora?, tengo una reunión muy importante y no puedo llegar tarde.
—¿Y hasta dónde va?
—A las oficinas del centro.
—Pues si toma el tranvía yo creo que si llega, se hace poco menos de dos horas y a penas son las siete y cuarto.
Fabricio trató de contener la rabia, sacó sus cosas del auto y caminó hacia la salida.
—¡Oiga! —le gritó el portero—, no se le olvide su mascarilla, no querrá caer desmayado a mitad de la calle.
Fabricio no tenía la costumbre de usar mascarillas ni de recargar los cilindros de oxígeno, así que buscó entre las cosas que Fernanda solía olvidar en el coche y encontró un equipo usado pero con algo de oxigeno restante. Fabricio se colocó la mascarilla y salió corriendo del edificio.
El tranvía tardó más de cinco minutos en llegar, a pesar de que las corridas se anunciaban para cada minuto y medio. Cuando el primer tren llegó, Fabricio tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ser arrollado por la estampida de gente que se arremolinaba en las puertas tratando de abordar, pese a que el interior estaba tan saturado que no parecía posible que ingresara una persona más.
Luego de tres estaciones, el vagón donde viajaba se vació lo suficiente para dejar algunos lugares libres, Fabricio tomó asiento junto a una señora que sostenía a su hijo sobre las piernas. El niño tenía una bolsa de plástico sobre la nariz y la boca y respiraba lentamente al ritmo que su madre le indicaba. A Fabricio le pareció una escena muy extraña, pero nadie más parecía prestarles atención, todos estaban ensimismados en sus dispositivos electrónicos, con los ojos clavados en el pálido resplandor de las pantallas y la cara oculta tras la incómoda mascarilla reguladora de oxígeno. Un par de estaciones más adelante, antes de llegar a donde Fabricio debería cambiar de ruta, un hombre de aspecto desalineado, calvicie incipiente y  un rostro de impaciencia y hartazgo entró al vagón y empezó a predicar un discurso mientras repartía panfletos donde denunciaban las irregularidades en la fabricación del alimento producido por GenoFood, la indulgencia del gobierno con Engines Incoporated y las acciones monopolistas de Free Air.
—Damas y caballeros —decía aquel hombre mientras repartía los panfletos que en su mayoría eran ignorados por los usuarios— la crisis alimenticia no ha terminado, no se dejen engañar por el gobierno, la comida sintética sólo ha dado paso al más grande monopolio en la historia de la humanidad y los negocios sucios que el gobierno tiene con Engines Incoporated permiten que la atmósfera sea cada vez menos habitable, nuestros niños —y señaló al pequeño que respiraba dentro de la bolsa de plástico sobre el regazo de su madre— son las víctimas de los malos manejos, el motor hídrico y el hidrombustible son el nuevo cáncer del siglo XXII.
Fabricio miró al hombre salir del vagón mientras miraba de reojo el panfleto que le había dado.
A mediados del siglo XXI, el mundo sufrió una crisis energética terrible, las reservas de petróleo se terminaron y las empresas tuvieron que buscar nuevas formas de producir energía. La electricidad fue lo más fácil, en todos los países se construyeron presas, se aprovechó la fuerza de viento y  mareas, y los paneles solares dejaron paso a las ventanas inteligentes que no sólo podían atenuar la luz exterior, sino captar la energía solar y alimentar el consumo eléctrico de la casa. Aunque las cosas no fueron tan sencillas, la energía limpia redujo los costos y las ganancias, por lo que el gobierno se vio forzado a cobrar impuestos a las ventanas; todo lo que antes producía energía limpia y gratis ahora se cobraba. La contaminación se redujo aún más cuando un ingeniero alemán desarrolló un motor que funcionaba con agua. La idea básica era que el motor descomponía el agua en sus dos elementos, así que aprovechaba el hidrógeno y desprendía oxígeno. La empresa alemana vendió sus nuevos vehículos como la solución definitiva a la contaminación ambiental, pues no sólo funcionaba con agua, sino que aportaba a la atmósfera una valiosa cantidad de oxigeno limpio. En pocos años cada familia del mundo tenía un auto hídrico, las gasolineras desaparecieron y en su lugar se abrieron expendios de hidrombustible, un agua tratada con el doble de moléculas de hidrógeno. El problema fue la cantidad, las ciudades se sobresaturaron de autos y en menos de una década el gobierno tuvo que empezar a tomar medidas para contrarrestar el exceso de oxígeno en la atmósfera, pues la gente y los animales caían desmayados por las calles. Además de los nuevos e inesperados problemas ambientales, el uso del agua como combustible trajo drásticos cambios en la sociedad. Los mares dejaron de ser patrimonio de los países y fueron comprados por las grandes empresas, los ríos fueron monopolizados por las hidroeléctricas y los pozos, lagos y manantiales constituyeron la nueva reserva de energéticos de los países. Países mayormente desérticos construyeron gigantescas desalinizadoras para usar el agua del mar, el agua potable se prohibió y las personas debieron acostumbrarse a tomar únicamente una especie de suero como sustituto del vital líquido. Aunque uno de los mayores cambios se dio en la alimentación, pues ya no había suficiente agua para regar los cultivos ni dar de beber a los animales, además muchos había muerto a causa de la saturación del oxígeno en la atmósfera, así que una empresa agropecuaria llamada GenoFood desarrolló un nuevo tipo de comida sintética que disminuyó drásticamente la cantidad de comida natural  requerida por el organismo. Para paliar los problemas causados por el oxígeno, la empresa noruega Free Air desarrolló una mascarilla y un pequeño tanque de oxígeno portable del tamaño y peso de una botella de agua y que además podía rellenarse en máquinas expendedoras dispuestas por toda la ciudad.
El tranvía llegó a la estación de transbordo y Fabricio continuó su camino ya sin los molestos reclamos de aquel hombre. Mientras caminaba hacia en anden sintió un leve mareo que fue aumentando hasta que ya le resultaba muy difícil permanecer de pie. Se recargó en la pared y se quitó la mascarilla para examinarla. En la parte frontal, justo sobre el área que encaja en la nariz un pequeño led rojo parpadeaba débilmente indicando que la vida útil de la mascarilla había llegado a su fin. Fabricio entró en pánico pues las estaciones del metro no contaban con oxígeno regulado y la tienda de mascarilla más próxima estaría más lejos de lo que podría caminar respirando ese aire.
Fabricio pensó en correr hasta el andén y buscar alguna máquina para recargar su tanque, que generalmente siempre estaban junto a las taquillas de boletos, pero eso sólo agitaría su respiración obligándolo a inhalar más aire, así que se sentó en el suelo y esperó a que alguien pasara, trató de respirar con extrema lentitud aguantando la respiración lo más que podía, pero después de dos minutos sus pulmones le obligaban a dar grandes bocanas de aire que los mareaban cada vez más.
Al cabo de cinco minutos que le parecieron una eternidad, sentía que la cabeza estaba por estallarle y el tren no parecía haber llegado a ninguna de las estaciones, pues el pasillo del trasbordo estaba completamente desértico. La vista se le empezó a nublar y le resultaba difícil mantenerse despierto. El miedo le hacía respirar muy rápido, pero entonces recordó las palabras de aquella madre que le indicaba a su hijo el ritmo adecuado para respirar dentro de la bolsa de plástico. “Eso es”, pensó, “la bolsa de plástico cumple la misma función que la mascarilla regulando paulatinamente el oxígeno de la atmósfera al combinarlo con el dióxido de carbono que exhalamos”. Buscó entre sus cosa, pero lo más cercano que encontró a una bolsa fue un el protector de plástico para hojas de papel, lo tomó y empezó a respirar en su interior.
El protector parecía funcionar, sólo tenía que mantener una respiración constante, el mareó descendió lo suficiente como para ponerse de pie y caminar hasta la estación de vigilancia, donde seguramente podrían proveerle con una mascarilla. Se levantó y apoyando una mano contra la pared mientras sostenía con la otra su rudimentaria bolsa, avanzó tambaleante hasta el andén de la próxima estación. Al llegar, un policía corrió a ayudarlo y lo llevó hasta el cubículo de vigilancia, donde le proporcionaron oxigeno regulado hasta que el mareo desapareció por completo.
—Tome —dijo el policía al ver que Fabricio ya se había recuperado y guardaba sus cosas para continuar su viaje.
Fabricio agarró la mascarilla que el oficial le obsequiaba, la ajustó a su rustro y entre empujones se abrió paso hasta entrar en el carro del tren. Eran ya las nueve en punto y aún le faltaban veinte minutos de viaje. Cuando por fin llegó a la sala de juntas todos los candidatos habían terminado de exponer sus propuestas y los directivos charlaban entre ellos tratando de elegir la mejor.
—Señores —dijo Fabricio parado frente al resto de sus compañeros y jefes.
—Disculpe señor Ramírez —le interrumpió el director general— pero las ponencias han terminado, debió programar mejor sus tiempo y sus notas —dijo al ver el desastre de papeles que traía en su portafolio.
—No será necesario —contestó Fabricio— mis presentación será rápida y práctica.
—Señor Ramírez —dijo su jefe inmediato en un tono de suma molestia.
—Esto es una completa falta de respeto para el resto de sus colegas —dijo uno de los ejecutivos.
El resto de candidatos hablaban entre ellos y le dirigían miradas acusadoras.
—Tenga la amabilidad de salir —dijo el director general con cierta amabilidad pero ya sin paciencia.
—Caballeros —dijo mientras era escoltado hacia la puerta—, ¿han pensado en máquinas expendedoras de mascarillas desechables que no necesiten oxígeno?
El presidente de la compañía lo miró fijamente.
—Explíquese, dijo su jefe inmediato.
—El aire del exterior contiene más oxigeno del que podemos respirar, los productos de FreeAir sólo nos proporcionan aire respirable, pero el costo de recargar los pequeños cilindros es un gran impacto para la economía.  Si pudiéramos proporcionar mascarillas desechables que no requieran tanques de oxígeno, sino que regulen el oxígeno mediante el dióxido de carbono que nosotros mismo desprendemos, FreeOxigen se adueñaría del mercado en pocos años.
—Caballeros —dijo el presidente— tengan la amabilidad de salir, deliberaremos sobre cuál nos pareció la mejor presentación. Joven Fabricio —añadió el presidente— no se aleje mucho de la oficina.
Aquella misma noche, mientras Fernanda y Fabricio cenaban en el restaurante caro al que le había prometido llevarla, observaron a un grupo de trabajadores colocar un espectacular frente al restaurante en donde se anunciaba la próxima llegada de las máquinas expendedoras de mascarillas desechables.

Modus Operandi Fructum

Es muy difícil para mí publicar está entrada.

Uno no puede escribir sobre un crimen sin que lo relacionen con la víctima o el victimario.

De hecho lo primero que se me ocurrió fue el crimen y el cómo ejecutarlo. Los personajes vinieron después y fueron creados para darle credibilidad al resto de la historia.

Ya saben que pueden comentar  en el panel de abajo. Y ya se que dificilmente esto es ciencia ficción.

Los detectives observaban el fofo cadáver tirado en el piso de cemento, los restos de una sandía putrefacta se mezclaban con la sangre coagulada en el piso.

Uno de los detectives se armó de valor e hizo un comentario.

-Veintidós años de casados.-

El investigador y el forense no prestaron atención al comentario y continuaron con su trabajo.

 

 

Veintidós años odiando a aquel hombre.

Marisol se había casado con el muchacho guapo del carro deportivo soló para molestar a su madre. A los dieciocho años de edad todavía odiaba a su católica y conservadora madre.

El carro deportivo se fue haciendo viejo. La pintura se oxido, el motor empezó a traquetear, la tapicería se fue rompiendo y los faros se volvieron opacos. Pero el nunca cambio de automóvil, no podían pagar uno nuevo.

El muchacho guapo con el tiempo engordo, se le cayó el pelo, los dientes se pusieron amarillos, el consumo de alcohol y tabaco incremento, se dejó de rasurar la barba, el pantalón dejo de abrochar y la piel se puso grasosa. Pero él seguía usando playeras sin mangas para salir en la calle.

Cuando eran novios él la visitaba en el parque que estaba enfrente de la preparatoria, nunca fue a buscarla a su casa. La llevaba a cines y restaurantes en partes de la ciudad donde solo vivía gente con mucho dinero. Ahora el único lugar que visita es la iglesia. Lo hace sola y en un horario diferente al que van sus padres para no pasar vergüenza.

Con el tiempo los aspectos positivos fueron reemplazados por aspectos negativos que se acumulaban con los previos defectos de su marido. No había ningún aspecto positivo en su matrimonio.

De recién casados vivían en una casa nueva de tres metros de frente por tres de fondo y un solo piso, veintidós años después vivían en la misma casa pero más deteriorada, Marisol solo había terminado la prepa cuando se casó. Su marido tenía una licenciatura trunca en administración de empresas. La pareja sobrevivía con las comisiones que ganaba Marisol vendiendo en una tienda departamental.

Su marido no podía conservar un empleo. Los pretextos eran muchos:

-mi jefe es un explotador-

-La paga es muy mala-

-no quiero trabajar sábados y domingos-

-no quiero trabar los sábados-

-de nueve a seis no me da tiempo de hacer mis cosas-

-quieren que me pongan camisa-

-¿Qué quieres? así soy yo-

Un día su marido se sentó a ver televisión y no volvió a intentar conseguir un empleo. Su agenda diaria consistía en ver televisión hasta quedarse dormido, comer e ir a la cama para tener sexo.

El sexo era lo que Marisol realmente odiaba, su marido tenía un fetiche con las frutas. La noche de bodas convirtió un plátano en puré utilizando la entrepierna de Marisol, el fetiche siguió progresando indiferentemente de la situación de la pareja.

En una ocasión la compañía les cortó el suministro de agua por atrasarse con los pagos  y Marisol paso una hora llorando en el baño mientras retiraba restos de naranja de sus orificios utilizando papel higiénico.

En otra ocasión la mujer despertó amarrada a la cama mientras le introducían diferentes  frutas fálicas en su cuerpo, tuvo que reportarse enferma en el trabajo por tercera vez en el mes pero cuando se presentó a trabajar al día siguiente nadie dudó que lucía devastada.

La única manera de evitar recibir palizas o despertar amarrada era comportarse consensualmente cuando su marido satisfacía su frutal deseo. Lamentablemente eso lo orilló a buscar formas más imaginativas de aprovecharse de la fruta y su esposa.

El martirio de la fruta termino el día en que Javier se quedó dormido a mitad del coito. Con cuerpo adolorido Marisol escupió la manzana que tenía en la boca y procedió a retirar el pepino que estaba incrustado en su ano. Se sintió agradecida cuando vio que se había quedado dormido antes de utilizar el melón y la piña. (Él nunca antes había utilizado las dos al mismo tiempo).

Dos días después Marisol regreso a la casa temprano, había renunciado a su empleo. Su marido absorto en la televisión no volteo a verla. En el congelador del refrigerador reposaba una sandía, llevaba dos días en el refrigerador permitiendo que el agua se transformara el hielo.

Con voz apenas audible Mariana dijo:

-¿te gusta la fruta?-

La sandia congelada impactó contra la cabeza de Javier. Mientras el trataba de levantar su obesa figura recibió otro golpe en el cráneo causando una hemorragia cerebral…

 

 

Meses después los investigadores tomaban fotografías del cadáver de Javier, aquel pobre diablo había sido asesinado por su esposa o al menos eso sugerían los vecinos.

El reporte dice que Javier estaba comiendo sandia cuando alguien lo golpeo en la cabeza, sin el arma homicida y la esposa desaparecida el caso quedaría abierto durante décadas.

Divertimento dickiano

Esta es la ultima (al menos de momento) de las colaboraciones de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Humorada inspirada por un párrafo de “Return match” de Philip K. Dick)

Tras la devastación que significó el Aquello, se pensó que todo había terminado irremediablemente.

Con el 99,99% de la población mundial evaporada o fundida en alguna de las cinco oleadas, ¿qué esperanza podía haber para los miserables sobrevivientes? ¿Qué ganas podía quedarle a ese 0,01% salvado milagrosamente por hallarse circulando por el metro de la ciudad al momento del Aquello?

¡Pero sí hubo uno que se alzó entre la muchedumbre gimiente! Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, se levantó y arengó a los sobrevivientes.

—¡Compañeros, hermanos! —comenzó, encaramándose en el gran pilar del reloj en la Estación Central del metro (inexplicablemente, todos los trenes habían seguido su trayecto hasta llegar a la estación, reuniendo en un solo lugar a los únicos humanos vivos aún sobre el entero planeta)—: ¡No desfallezcáis!, no todo está perdido. Creo que puedo guiaros hacia un nuevo y brillante futuro —concluyó.

Todos los presentes se miraron unos a otros, desconcertados… No tanto por lo que había dicho el hombre sino por el cómo lo había dicho. ¿De dónde había sacado eso de “desfallezcáis” y “guiaros”? ¿Quién era ése que hablaba como protagonista de película porno?, se preguntaron en sus corazones.

El desconcierto, sin embargo, duró la nada misma y todos volvieron a sus propias y post-Aquellísticas preocupaciones. Pero Juan Ramiro Inostroza Ceballos no era tipo que se amilanara tan fácilmente. Se encaramó aún más por el pilar hasta quedar sentado sobre el reloj que, cosa extraña, seguía andando cuando todos los otros relojes se habían detenido.

—¡Escuchadme, hermanos! Sé de…

—¡Oye, flaco! —le interrumpió uno de los supervivientes—, ¿pa’qué hablái como actor porno?

Un gran murmullo de afirmación recorrió la Estación Central.

—¿Qué es porno? —preguntó un niñito. En realidad, el único niño presente.

Pssst… cabro chico —le respondió con desdén una niña no más grande que él. La única niña presente.

—¡Escuchadme! —insistió Juan Ramiro Inostroza Ceballos—. ¡Os tengo una gran noticia! ¡Sé cómo podéis salvaros!

—¿Y cómo, según tú? —preguntó alguien más, que luego se volvió a la persona a su lado y le confidenció—: Seguro que es actor porno y la sífilis le jodió la cabeza.

Mmm… —asintió la otra.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos se puso de pie sobre el reloj y, desde ese precario equilibrio, por fin les expuso su plan:

—A las afueras de la ciudad, bajo el Cerro de la Virgen Preñada, existe una base secreta del gobierno donde un cohete espera a ser lanzado. ¡Ese cohete es vuestra última esperanza!

El silencio se apoderó de la gigantesca Estación Central. Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, se estiró aún más sobre el reloj. ¡Una voz había sido alzada en medio del desierto Aquellístico, anunciando la venida del Salvador en forma de cohete! El 0,01% sobreviviente de la población mundial contuvo el aliento durante un instante que pareció eterno. En el filo mismo de la aniquilación total de la humanidad un hombre ofrecía esperanza y consuelo. ¡Que se alzaran los vítores y las aclamaciones! ¡Que se entonaran himnos de alabanza y regocijo!…

 

El silencio se rompió, sí, y de modo abrupto además, pero no por las loas del 0,01%, sino por la risotada de todos los sobrevivientes confinados en la Estación Central. Apretándose la guata, todos se agitaron riendo a mandíbula batiente. Unos intentaban enjugar sus lágrimas en medio de la carcajada general. Otros, apenas aguantaban el pichí entre las piernas. Grandes y chicos. Hombres y mujeres (hasta el par de travestis que volvía de la periferia). Viejos y jóvenes. Adultos y niños (es decir, los dos únicos niños presentes). Todos reían sin parar…

Juan Ramiro Inostroza Ceballos, orgulloso, levantó el puño en alto (qué puño levantó, poco importaba ya tras el Aquello… si es que alguna vez, en realidad, había tenido importancia) y gritó a todo pulmón, sintiéndose victorioso:

—¡¡¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!!!!

La muchedumbre enmudeció, congelados en el gesto y el movimiento. Hasta que uno gritó desde el fondo de la estación:

—¡Cállate, coño ridículo!

Juan Ramiro Inostroza Ceballos, desde su atalaya, vio como la marea cambiaba. Uno tras otro, le daban la espalda volviendo a sus propias disquisiciones.

—Pero… ¡escuchadme! Os lo suplico… Preguntaos, ¿qué podéis perder?… ¡Dadme una oportunidad!

Tal vez fue el tono suplicante de Juan Ramiro Inostroza Ceballos… o fue que todos los supervivientes no tenían nada mejor que hacer y, al fin y al cabo, un poco de diversión a costa del ridículo actor porno no tendría por qué ser un desperdicio… El asunto es que, al tiempo que volvían a mirarle, decidieron hacerle caso.

—Ya, suéltala —le conminó alguno.

—Compañeros en el infortunio y la desgracia. Debéis acompañarme… ¡AHORA! —arengó a viva voz, al tiempo que saltaba desde el reloj y caía de hocico contra el piso embaldosado de la Estación Central.

Se recompuso inmediatamente y, tras escupir sangre, les hizo señas con la mano para que le siguieran a la calle.

—Oye… —le preguntó al oído el niño a la niña—, ¿qué es coño?

La niña lo miró y ¡ploc! le pegó un chirlito en la frente, tras lo cual se apresuró a salir de los primeros para así perder al fastidioso niño.

 

El paisaje en la avenida principal de la ciudad era todo lo desolado y triste que uno pudiera imaginarse. Fuera de la Estación Central se notaba el paso del Aquello por las calles de la otrora ruidosa urbe.

El grupo de supervivientes, guiados por Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, avanzó entre la generosa destrucción, cuchicheando entre sí en voz muy baja, como si estuviesen en medio de algún servicio religioso mortuorio.

A la zaga del grupo, el niño apuraba el paso, tropezando aquí y allá. Gimoteaba y estiraba el cuello tratando de encontrar a la niña. Pero ella, con paso muy resuelto, avanzaba a la par de Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aunque eso le significara casi correr para mantener el tranco.

 

—¡Helo aquí! —dijo Juan Ramiro Inostroza Ceballos a los pies del cerro—. ¡El Cerro de la Virgen Preñada! Dentro de él encontraréis el cohete que habrá de salvaros.

El 0,01% superviviente alzó la vista hasta lo alto del gran cerro, donde una gigantesca y descabezada estatua blanca de la Virgen en estado de gravidez abría lo que quedaba de sus brazos hacia el cielo enrarecido. El cielo heredado del Aquello.

—Oiga, joven —se adelantó una viejecita—, ¿y cómo se entra al cerro? Porque yo, desde que tengo memoria, nunca he sabido que haya algo dentro del cerro, ¿sabe, usted?

La muchedumbre asintió, completamente de acuerdo con la viejecita. Un nuevo murmullo se alzó desde el gentío reunido. Juan Ramiro Inostroza Ceballos alzó la mano pidiendo silencio.

—¡Hermanos míos! —Para hablarles, ahora se había encaramado sobre un bus volcado—. Habéis confiado en mí y os he guiado hasta las faldas del Cerro de la Virgen Preñada. Os pido sólo un poco más de fe, pueblo mío…

Alguien saltó ante el bus y lo interrumpió:

—¿”Pueblo mío”?… ¿Sabí qué? Voh no hablái como actor porno… ¡voh hablái como en película de semana santa!

—¡Sí! —le siguió otro—: Pa’ mí que te creí Moisés…

Sí, sí. Gritaron todos. ¡Es un fraude!, clamaron unos. ¡Linchémoslo!, sentenciaron otros. Y se abalanzaron contra el bus con los puños en alto.

—¡Calmaos! ¡Calmaos! —Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, intentó apaciguarlos, pero al ver que la cosa pintaba color de hormiga, saltó por el otro lado del bus y corrió cuesta arriba por un amplio sendero.

Al darse cuenta de la fuga, el 0,01 % se enardeció y partió tras el prófugo de habla extraña.

Abajo, sentada sobre una piedra ennegrecida, quedó la niña, alisándose la falda y resoplando con fastidio. Acaso, ¿podría empeorar todo?, se preguntaba observando a la turba perderse por el sendero.

—¡Llegué! —la vocecilla de pito la sobresaltó. Se dio vuelta y… ¡sí podía empeorar todo!… ahí estaba el niñato insoportable. La niña volvió a resoplar, resignada.

 

Al mismo tiempo, Juan Ramiro Inostroza Ceballos se internaba por una huella prohibida para el público. La cadena con el cartelito de “No pasar” que impedía la entrada a los curiosos, había desaparecido en la primera oleada.

Corrió entre los arbustos, esquivando las grandes piedras que el Aquello había dejado desperdigadas por todo el lugar. Tras él, los gritos furibundos de los supervivientes se sentían cada vez más cerca.

—Joder… que casi lo logro —se dijo a sí mismo… Justo cuando una mano enorme lo detuvo, tirándole a tierra.

—¡Ya tengo al actor porno! —gritó el cazador.

Los demás aparecieron, apretujados, de todas direcciones, como si los árboles mismos los parieran uno tras otro.

—Aquí está el profeta —confirmó el primero en acercarse. A estas alturas, existía una gran confusión entre el 0,01% respecto de la identidad verdadera de Juan Ramiro Inostroza Ceballos, nombre por el cual nadie lo conocía, a decir verdad.

—Mira lo que hace la sífilis… —sentenció una mujer, meneando la cabeza y santiguándose.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó alguno y todos se quedaron callados, dirigiéndose furtivas miradas entre ellos.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos aprovechó el desconcierto y se medio incorporó. Lo preciso para señalar con el dedo magullado hacia una roca gigantesca y murmurar, escupiendo tierra, hojas y otras cosas de dudosa procedencia:

—La puerta, pardiez… La puerta…

 

La miraron con el mismo asombro con que un bebé recién nacido mira al mundo que lo rodea. Unas letras pintadas que casi desaparecían tras el súbito óxido de la cuarta oleada, permitían leer “Base militar ultra-secreta. Si usted está leyendo esto…” y nada más. Pero lo justo y preciso para que las quiméricas promesas de salvación de Juan Ramiro Inostroza Ceballos cobraran palpable realidad. Porque era consenso entre la humanidad antes del Aquello que en las bases secretas militares siempre se ocultaban grandiosos prodigios imposibles de imaginar… y ésta no era una base secreta cualquiera sino que una ¡ultra-secreta!

Olvidando al malogrado Juan Ramiro Inostroza Ceballos, se lanzaron frenéticos hacia la puerta, apelotonándose en torno a ella de tal modo que ninguno alcanzaba a tomar la manilla y girarla.

Enquistados en su afán, sólo logró apaciguarlos una voz que, serena y segura, avanzaba desde la retaguardia hacia adelante. ¡Era Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado!

—Permitidme —exhortaba—; si os he dirigido hasta este sitio, por fuerza he de guiaros más allá.

Y esta vez, abrumados por los acontecimientos, no cuestionaron ya sus dichos sino que se abrieron, dándole paso hasta la manilla misma.

¡Por sobre el acento español de la península que tanta controversia había despertado en el 0,01%, ahora se alzaba la figura de Juan Ramiro Inostroza Ceballos como el héroe beatífico que efectivamente habría de guiarlos a la salvación!

No había puesto aún su mano sobre la manilla cuando ya algunos comentaban “Yo lo conocía de antes”, “Yo lo ayudé a subir al reloj” o “Yo le creí desde un principio”. Pero cuando intentó girar la manilla y ésta no se movió… y volvió a intentarlo… y volvió… y volvió… y nunca se movió, el caprichoso 0,01% regresó a sus primeros comentarios: “Te dije que era un fraude”, “Es un aparecido”, “Yo nunca le creí”.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos hizo un último, aparatoso y estéril esfuerzo.

—¡Me cago en Dios y la hostia! —gritó enloquecido y pateó la tozuda puerta. La turba retrocedió con cautela: no era muy bueno que digamos quedarse cerca de un loco airado tirando a berserker.

—La sífilis… —empezó a comentar alguien, mas un leve rechinido ahogó su frase. De hecho, hasta el mismo Juan Ramiro Inostroza Ceballos se quedó inmóvil, chorreando baba entre los labios hinchados por los anteriores golpes…

¡La puerta se abrió por sí sola, exhalando un vaho a herrumbre, tiempo y silencio a la vez!

—Me cago en… —musitó Juan Ramiro Inostroza Ceballos y alguna viejecilla pechoña (que de forma muy terca siempre sobreviven a las catástrofes más grandes) respondió:

—Amén.

Con una reverencia casi mística, uno a uno, con Juan Ramiro Inostroza Ceballos a la cabeza, los sobrevivientes penetraron en el cerro. Avanzaron por un largo y tortuoso pasillo a oscuras, expectantes de lo que la siguiente esquina pudiera depararles, alerta el ánimo para, esperaban, la mejor noticia que el post-Aquello les brindara. ¡Y no resultaron desilusionados!: el pasillo comenzó a descender y descender hasta que sintieron agua bajo sus pies y luego ascendieron y ascendieron hasta que la luz artificial les encegueció por completo para, de inmediato, revelarles el corazón mismo de la base militar ultra-secreta, una gigantesca cúpula en cuyo centro, sobre una pista demarcada por líneas fosforescentes, descansaba un cohete del tamaño de un titán. Plateado y estilizado, apuntando al cenit de la bóveda de metal y piedra, y —rogaban con el corazón encogido— a la anhelada salvación.

—¿Veis?… ¿Veis? —acotó Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, abarcando con un ademán de la mano todo lo que estaba a su vista—. La capacidad del cohete es suficiente para acogeros a todos vosotros y volar hacia un nuevo y brillante futuro. ¿Qué opináis?

La multitud gritó enfervorizada y se precipitó hacia el cohete de plata, en alocada carrera a las escalinatas de acceso.

—¡Esperad! ¡Esperad! —intentaba calmarlos Juan Ramiro Inostroza Ceballos, viéndose arrastrado por el verdadero tsunami humano.

Sin embargo, la turba no se detuvo hasta que todos estuvieron dentro del cohete… entre ellos, el mismo Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aún más magullado que antes.

—¿Dónde está la sala de control? —clamó uno de los más exaltados, subiendo hacia la punta del cohete.

—¡Acá! ¡Acá! —respondió otro desde algún nivel superior y pronto un gran número de los supervivientes pujaba por llegar a la sala de control.

Consternado, Juan Ramiro Inostroza Ceballos también se abrió paso entre el 0,01%. Bajo el influjo de la delirante amnesia que les subyugaba, ahora nadie parecía acordarse de él y por cada paso que daba, retrocedía tres. Pero la misma clase de determinación con la que había logrado convencer a toda la muchedumbre sobreviviente en la Estación Central de la ciudad, ahora lo llevó, por fin, a la sala de control. Justo cuando alguien se adelantaba con el dedo índice enhiesto hacia el panel de navegación, preguntando:

—¿Y este botón color caramelo?

—¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooo!!!… —gritó Juan Ramiro Inostroza Ceballos con las últimas y exiguas energías que le quedaban. Pero no fue suficiente para detener al susodicho dedo índice enhiesto que, con irrefrenable curiosidad, hundió el también susodicho botón color caramelo.

—¡Ese es el botón…! —alertó Juan Ramiro Inostroza Ceballos antes que un potente rugido engullera sus palabras. Sólo los que estaban a su lado se dieron cuenta de que el desesperado aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado caía de rodillas y se encogía sobre sí mismo.

El cohete plateado tembló y su base comenzó a vomitar fuego y humo. Hubo un breve cruce de miradas interrogativas y todos gritaron al unísono “¡A la salvación!”. Entonces el cohete se elevó…

 

Desde el piso, Juan Ramiro Inostroza Ceballos volvió a repetir para sí:

—Ese es el botón… de ignición… y la compuerta de salida está cerrada. Vamos a chocar contra el techo…

Lo que, por supuesto, aconteció de inmediato: El cohete se elevó con toda su titánica potencia no más de cien metros y se estrelló contra el domo de la base militar ultra-secreta. La punta se acható y el cohete siguió pujando contra el metal y la roca, escorándose contra la pared cóncava, hasta que el motor recalentado hizo estallar el combustible desintegrando todo el plateado armatoste, nivel por nivel, borrando de la faz de la tierra al 0,01% sobreviviente. Más efectivo que el Aquello, si se puede decir tal cosa.

Afuera, el cerro se sacudió en sus cimientos y, acto seguido, colapsó sobre sí mismo, hundiendo los restos de la Virgen Preñada, junto a los sueños de salvación de los supervivientes, para siempre entre una enorme nube turbia de polvo, escombros y demases.

 

A casi una cuadra de ahí, en una heladería abandonada, la niña seguía insistiendo con la manilla de la máquina de helados soft, pero nada salía de la boquilla. Muy contrariada, pateó la máquina justo cuando el cerro de la Virgen Preñada sucumbía ocasionando un fuerte temblor.

La niña se miró el pie, sorprendida, y volvió a patear la máquina de helados para ver qué pasaba. Esta vez no hubo temblor sino un ensordecedor estruendo que la lanzó de bruces al suelo.

Antes de incorporarse, la alcanzó la espesa nube de polvo y, en medio de ella, el agudo chillido del niño:

—¡Uaaaaah!… ¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi mamá! —lloriqueaba desesperado desde algún sitio. La niña escuchaba su grito en sordina… pero lo escuchaba.

—¡Por la…! —maldijo y se puso en pie. Se alisó la falda y subió las calcetas que habían caído sobre sus tobillos—. Me lleva… el muy hijo de la gran perra… —volvió a jurar, antes de taparse la boca con un delicado pañuelo que llevaba en el bolsillito de su chaleco rosa y salir a la calle en penumbras.

Entrecerró los ojos, como si quisiera aguzar la vista, en busca del niño lloricón. Lo encontró de inmediato, su silueta encorvada, estremeciéndose con fuertes ahogos.

—Quiero a mi mamá… quiero a mi… ¡Ay! —La niña, apenas estuvo junto a él, lo espabiló con un golpe en la nuca.

—¿Y qué te pasa a ti? —le increpó de inmediato.

El niño alzó los ojos vidriosos y, haciendo un enorme puchero, hundió la cara en el vientre de la niña, quien le rechazó con asco.

Sácate, cabro moquillento.

Dio media vuelta y se alejó del niño, pero, a poco andar, se dio cuenta de que él la seguía. Se detuvo en seco y lo encaró, con los puños apretados a los lados de su cuerpo:

—¡¿Qué quieres ahora?!

El niño bajó la vista y preguntó con una vocecita casi imperceptible:

—¿Qué pasó? ¿Dónde están los tíos?

La niña estiró el cuello por sobre él, mirando hacia dónde solía estar el Cerro de la Virgen Preñada.

—Pasa —contestó, cruzándose de brazos— que el Cerro de la Virgen Preñada se derrumbó con todos los ridículos esos adentro.

—Entonces… sólo estamos los dos solitos.

—¡No, cabro chico! —La niña hundió el dedo índice en el pecho agitado del niño remarcando cada una de sus palabras—: significa que yo estoy sola y estás solo… Cada cual por su lado… ¿Entendiste? —Volvió a pegarle un chirlito en la frente e hizo ademán de irse.

Sin embargo el niño la cogió del borde del chaleco.

—¡¿Qué quieres ahora?! —lo conminó con una mirada que echaba chispas.

—Es que… ¿Qué es Virgen Preñada?

La niña se soltó de un manotazo.

—Mira… —le amenazó agitando el puño ante los enrojecidos ojos del niño—, Virgen es cómo te vas a quedar para siempre… y Preñada es lo que yo nunca voy a estar… ¿Está claro? —Dicho esto, le dio un empujón que dejó al niño sentado y se perdió entre los escombros.

El niño se puso a llorar a viva voz hasta que se cansó, aspiró los mocos que colgaban de su nariz y partió con paso cansino por el mismo camino que tomó la niña, suspirando cada tanto.

Arriba, un viento frío y desolado empezaba a soplar sobre la ciudad… en realidad, sobre el mundo entero. Tras la devastación que significó el Aquello, todo había terminado irremediablemente.

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Ocurrió de camino a la estación

Esta y las proximas colaboraciones son de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Tras mamarme por infinitésima vez “Los diez mandamientos” por televisión)

El casino del nivel 381-AD se encontraba atestado tras cerrarse las esclusas secundarias de la gigantesca nave-nodriza. Todo el personal que volvía de las bajadas diurnas (según el horario estándar de las embarcaciones de ese tipo) acostumbraba pasarse por alguno de los casinos para relajarse tras el trabajo diario.

A pesar de ello, no fue difícil para Mitr encontrar a su amigo: la expresión de fastidio de aquel brillaba como un faro de oscuridad en medio de la luminosidad del público.

—¿Y tú? ¿Por qué esa cara de wub apaleado? —le preguntó a su amigo una vez estuvo a su lado. Éste la miró sin ninguna gana de contestarle o de hablar de cualquier otra cosa.

Pero Mitr era insistente. Se sentó a su lado. Tecleó una selección en el tablero. Aguardó por el trago pedido. Lo recibió de la bandeja flotante. Puso su pulgar en el lector de cobro. Lo bebió por completo. Tecleó el bis. Y volvió a la carga:

—Ya, dime. ¿Qué te pasa? ¿Es verdad lo que supe…? —recibió el segundo trago y apenas sí humedeció los gruesos labios tatuados en él.

Las risotadas de un grupo cercano hicieron voltear a Mitr. Alzó el vaso y brindó a la distancia. Cuando se volvió hacia su compañero, descubrió que este había desaparecido.

—Maldición… —Apuró el resto del trago y se levantó.

Alcanzó a distinguirlo cerca de la salida oeste, la que comunica, entre otras secciones del nivel, con el hangar de pertrechos. ¿Iría hacia ese lugar? Mal destino, pensó Mitr. «Sí que está jodido… debe de ser verdad entonces…» concluyó mentalmente y partió a la zaga de su amigo.

 

Lo buscó por el hangar pero no lo encontró. Frustrada, se dirigió a un panel en la pared. Colocó su pulgar y sacó la lengua ante el visor para identificarse.

Tras el pitillo, ordenó la búsqueda y localización de su amigo. Se supone que las prerrogativas de su cargo no están para satisfacer pequeños caprichos, sino para la ejecución de actividades oficiales; sin embargo, ¿quién se lo iba a reprochar? Y, en cualquier caso, siempre podía argüir alguna razón aceptable.

La respuesta no se hizo esperar. Un chirrido agudo expulsó una cartola por la ranura inferior del panel.

—Ajá —se sonrió al leerlo—, te creías muy listillo.

Volvió al pasillo central del nivel 381-AD. Retrocedió hacia el casino y se desvió a mano derecha, hacia la cuarta bodega. Pasó ante una claraboya y se detuvo un segundo para contemplar el planeta azul que orbitaban. Un par de Buscadores se cruzó por su campo visual. La Orden no descansaba.

Aceleró el paso. Cruzó la bodega. Salió por la puerta superior y subió una escala de emergencia adosada a la pared.

Resollando llegó al nivel intermedio. «Ojalá que el maldito no se haya movido», masculló, mientras se acercaba al elevador. Entró, colocó el pulgar, sacó la lengua y silbó el destino. El elevador se deslizó suavemente hasta detenerse y abrir la compuerta.

El aire fresco le dio en la cara y eso animó un poco más a Mitr: había comenzado a sentirse fastidiada ella misma camino del Vergel.

Una asistente joven la saludó con un leve movimiento de cabeza y Mitr le devolvió una amplia sonrisa, sintiendo sus pezones erguirse bajo el efod. Tomó registro mental del nombre de la asistente estampado en la piocha de su uniforme para lo que fuera menester… otras de las prerrogativas no-oficiales de su cargo.

Avanzó entre los invernaderos hasta que un murmullo le señaló por dónde internarse.

Al final del pasillo, junto al Conservador Eónico, lo encontró masticando la rabia, la frustración, o lo que fuera. Se acercó en silencio hasta estar a sus espaldas. Se levantó sobre la punta de sus pies descalzos. Se inclinó hacia delante y acercó sus labios a la oreja del otro.

—¡Te tengo! —le gritó y lo abrazó por detrás.

—¡Pero qué mierda te crees…! —La empujó contra la pared transparente de aislamiento térmico del Conservador—. ¡Déjame en paz, ¿quieres?!

—Vamos… no seas así —Mitr volvió a acercarse, esta vez con amabilidad y un dejo de seducción—. ¿Por qué no me cuentas lo de tu asignación? ¿Tan terrible es?

—Peor de lo que piensas… Y todo por un error del nativo…

Mitr se sonrió. Una vez que su amigo empezaba a hablar, nadie podía pararlo. Esperaba no lamentarlo, eso sí.

—Ocurrió de camino a la estación… —por los sonizadores de la nave-nodriza silbó la señal horaria estándar. Ambos miraron hacia arriba y luego el uno al otro. Se encogieron de hombros. Prerrogativas. Él prosiguió—: Había acabado con mis recolecciones y, para acortar la carrera, subí al monte por el lado oriental. ¿Estuviste alguna vez en la Estación de Acopio de la región?… Me imagino que sí.

Mitr volvió a sonreírse, recordando el picante episodio con los dos cadetes-acólitos de la Estación. «¡Qué tiempos aquellos!», se quejó divertida. Pero su amigo proseguía con el relato:

—… y al enfilar el estrato-deslizador por entre dos paredes rocosas sentí un segundo retorcijón en el estómago. Así que detuve el armatoste… Sí, ya sé que eso está fuera de protocolo, pero ¿qué iba a hacer? ¿Cagarme dentro del traje? Supuse que no habría ningún nativo por ahí cerca… ¿Qué nativo en su sano juicio iba a encaramarse a esas alturas del monte tras el condicionamiento genético? ¿No habrías concordado conmigo de haberte encontrado en mi situación?

Mitr asintió y empezó ya a lamentar su insistencia: no se esperaba un relato tan poco heroico como ese. Aún así, resignada, dejó que su compañero continuara.

—Me agaché tras un arbusto y dejé… dejé que fluyera, si sabes a qué me refiero. No puedes ni imaginarte el alivio y bienestar que me invadió mientras cagaba hasta la última gota de mi malestar estomacal. ¡Ni me acordé del jodido protocolo de contaminación y huella! Simplemente… simplemente…

—“Dejaste que fluyera…” —completó la frase Mitr, haciendo un mohín de asco con los labios, anhelando ahora que silbara la condenada señal horaria estándar. ¿Para esto lo había seguido por la quinta parte de un nivel de la nave-nodriza? ¡Qué pérdida! Lo único que le quedaba era esperar que su amigo terminara pronto su “historia” y que, a la salida, aún estuviese la asistente joven para citarla a su camarote. ¡Algún provecho tenía que haber en todo esto!

—Exacto… dejé que fluyera —continuó el hombre—. ¡Hasta que escuché al nativo acercarse! ¡No se suponía que estuviese ahí!… ¿De qué sirve el dichoso condicionamiento? —Su semblante se volvió aún más sombrío—. Me preguntó algo… Tú sabes que nunca se me ha dado lo de esos dialectos locales de los nativos. Creo que no me podía distinguir muy bien porque entre el arbusto y yo, estaba el estrato-deslizador y su brillo, me parece, lo cegaba en parte.

»Entré en pánico y sólo se me ocurrió una solución: Accioné el amplificador traqueal y le dije que estaba en sitio sagrado, que cuidase sus pasos. Supongo que me entendió a medias porque lo vi sacarse esas sandalias de piel animal que usan y arrodillarse… A veces me pregunto si no hemos exagerado con el condicionamiento… Intenté atemorizarlo para que se largase y me permitiese terminar con mi trance estomacal… No tuve mucho éxito… Voy a tener que tomar un reforzamiento en dialectos: el asunto se enredaba más y más a medida que le hablaba… Cuento corto («¡por fin!», agradeció en su fuero interno Mitr), le metí cuco con un par de cosas y lo despaché con alguna frase típica del Catálogo Básico de Operaciones.

»El nativo se puso en pie, volvió a calzarse y se alejó en medio de aparatosas genuflexiones. Yo terminé con lo mío —que tras el sorpresivo encuentro se había vuelto a agudizar— me limpié, me arreglé, subí al estrato-deslizador y continúe mi camino hacia la Estación de Acopio, donde pronto olvidé todo el dichoso episodio.

»A la hora de recogida, estuve en el punto y volví a la nave-nodriza. Subí junto a cuatro exploradores más… Son de los que arribaron cinco giros atrás. ¿Los conoces? ¿Sabías que uno de ellos estuvo enganchado con…?

—Después me cuentas esos detalles… ¿quieres? —le interrumpió Mitr, temiendo que su amigo divagara en asuntos sin cuento—. ¿Qué pasó luego? ¿Te denunciaron? ¿Te delataste?

El hombre se frotó la oreja izquierda con la palma de su mano, desarmando en parte su peinado. Se volvió a mirar las plantas que crecían, iridiscentes, tras la pared transparente de aislamiento eónico-térmico. Apoyó la frente contra una columna y continuó:

—No… no del modo que lo imaginas. Al cabo de unos días, cuando me disponía a hacer una bajada de limpieza junto a mi Triunvirato, me llamó el Superior. Acudí sin siquiera sospechar que la citación se relacionase con el… “incidente”.

»Llegué al puente y me condujeron ante su presencia de inmediato. En ese punto ya comencé a preocuparme. Aún así, lo del…

—Incidente —ayudó Mitr.

—Sí, eso… lo del “incidente” ni siquiera se me cruzaba por la mente. En realidad temía que la cadete-novicia hubiese presentado alguna queja…

—¿Qué cadete? —Ese dato pareció despertar a Mitr, recordando las lúbricas costumbres de su compañero. Pero ahora fue él quien no quiso distraerse con otros asuntos:

—Luego te lo cuento… si es que ya no lo sabes, en realidad. —Mitr se encogió de hombros.

»Te decía que llegué ante el Superior, quien me recibió muy amablemente. ¡Incluso me ofreció Kil para beber y Mach para snifar! Le acepté el kil, que me supo más amargo que de costumbre, y esperé el golpe, imaginando de qué manera librar de la acusaciones que la niñata esa pudiera haberme levantado. Sin embargo, el Superior se tomó su tiempo. Se bebió el kil de un trago, se sirvió otro, le espolvoreó mach encima, ¡eso fue nuevo para mí! —«Y para mí», reflexionó Mitr, imaginando mil aplicaciones para la cáustica combinación.

»Tomó, entonces, una carpeta. La abrió y leyó y releyó algo. Cada tanto asentía y pasaba de página. Inquieto, sentí como el kil tomaba temperatura entre mis manos. Me lo acabé de sopetón y no pude evitar toser, sintiendo que la garganta me explotaba y que el licor se me salía por la nariz.

»Intenté una pálida excusa, pero el Superior se limitó a alzar la vista un momento y regresar de inmediato a la lectura. Yo volví a mi eterna espera. Pronto, más que inquieto, me sentí aburrido. —Mitr bufó, sintiéndose ella misma aburrida.

»—¿Cuántas veces antes ha alterado el Protocolo de Comportamiento con los nativos? —me soltó de pronto. Debió adivinar mi desconcierto porque agregó a continuación—: Lo de salirse de ruta y detenerse para establecer contacto directo con los nativos…

»¿Qué podía decir? ¡Ni siquiera sospechaba que pudiera tratarse de eso! Intenté una excusa… ¡no le iba a decir que estaba con cagadera! Sin embargo, me pareció que el Superior no esperaba una verdadera respuesta de mi parte porque, acto seguido, me largó una tremenda perorata sobre el valor de la innovación, de la iniciativa; sobre el aporte inmenso que la casualidad y el accidente podían brindar, guiados con mano certera; sobre… En fin, el Superior pretendía que mi salida de protocolo era una oportunidad que no se podía desestimar, una oportunidad a la que se le podía extraer muchísimo provecho… y esa fue la palabra que utilizó, “provecho”.

»Intuí que decía “provecho” en referencia a sí mismo… lo que sólo podía significar que, para mí, sería sinónimo de desmedro y más trabajo…

Calló, volviendo a bajar la vista y asumir esa expresión reconcentrada y mustia. Se escuchó el soplido de una puerta automática a lo lejos. «Maldición, espero que no se haya ido», pensó Mitr en relación a la joven asistente, pateando el piso lacado. Estiró el cuello hacia su amigo con una amenazante expresión en los ojos rasgados. «Termina de una vez, desgraciado», ordenaban de modo taxativo.

El otro suspiró con fuerza, sin advertir la impaciencia de Mitr, y continuó:

—El dichoso nativo… el muy estúpido creyó que le había encomendado alguna misión. Tres infiltrados vartianos dieron informe del maldito: ¡se fue a hablar con un rey para que liberen a un inmundo pueblo esclavizado! Y ¿qué crees que hizo el rey ese? ¡Lo despachó con tres patadas en el culo! Y el Superior piensa que puede ser interesante seguir adelante con la jugarreta y, puesto que yo inicié el lío, ¡quiere que yo me haga cargo de todo el experimento! ¡¡¡yo!!! Qué me interesan a mí los sucios nativos de este planetucho. Dime… ¡dime!

—Por favor, no seas tan melodramático. —Mitr apenas sí contenía la risa. Había imaginado algo mucho más espectacular, pero las Comisiones de Pueblo eran una bagatela. ¡Hasta a ella misma le había tocado la asignación alguna vez en otro planeta!— No puedes ser tan mamón…

—No te burles, Mitr. Sabes que me cabrean ese tipo de asignaciones…

—Pero no puedes eludirlas —se apegó a su amigo—. No, cuando el mismo Superior te lo ha encomendado… ¿Y?… ¿cómo lo vas a hacer?

—Según el Manual. Mañana bajo a entrevistarme con el nativo… Móseh creo que se llama el cretino. Tengo que darle otra misión y entregarle un artefacto… Sólo espero no enredarme con el condenado idioma del nativo. El Superior quiere que forme una nación con los que Móseh (o cómo se llame) libere y que siga un esquema Prior B con Segunda Ventaja…

Mitr silbó admirada. Cómo podía alguien quejarse de tamaño privilegio: hacerse pasar por un dios y jugar con una nación completa…

—No tengo restricción de Intervención —agregó el desdichado—. Pero te aseguro, Mitr: a la primera que los mal nacidos me joroben, me los cargo a todos… en especial al condenado Móseh ese que me enredó en todo este cahuín. Aunque el Superior me deporte por todas las revoluciones del tiempo.

Mitr lo abrazó y le dijo al oído:

—No seas tan gruñón, Adhonay. —Agarró la entrepierna de su amigo con fuerza—. Ven, vámonos a mi camarote para relajarte… Mañana vas a hacerlas de dios… no es tan malo. Me excitan los dioses. —«Y las asistentes jóvenes», agregó mentalmente, rogándole a sus propios dioses que la jornada acabara en un fogoso trío.

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Planeta de los Ricos

Este planeta es mucho más acogedor que la tierra. Tiene una temperatura promedio de 26.3°C, gravedad de 9.7 m/s2,  un 65% de la superficie del planeta es agua. El planeta tiene 56 islas todas con clima templado. Fue adquirido y terraformado por una compañía de bienes raíces, 112 clientes en específico, cada uno con derecho a media Isla.

Ian D. Es originario de Texas, pago una fortuna por su isla y otra para que fuera terraformada a su gusto, la isla no se parece en nada a Texas, 120 hectáreas de bosques y 120 hectáreas de pastizal. Recluto a su personal con métodos completamente discriminatorios, garantizando que su familia no tenga que convivir más que con blancos.

La función del bosque es proveer animales para que Ian y alguno de sus hijos se puedan ir a cazar, el rancho proporciona la mayoría de la comida y cada año llega un cargamento con algunos artículos de lujo que su finca no puede producir, podría comprarle las frutas o el azúcar a alguno de sus vecinos, pero en realidad solo se vieron en la junta de adquisición y firma de contratos.

No está obligado a convivir con ninguno de ellos y no lo hará. A veces sus hijos y nietos van a las fiestas del señor Mc Arthur que vive en la otra parte de la isla y tiene ideas similares respecto a cómo terraformar tu paraíso y como se debe comportar un caballero (Excepto por que la última vez acepto tener trabajando algunos mexicanos en su granja). En alguna parte del planeta hay japos, franceses, árabes y hasta negros. Pero a Ian no le importa lo único que tiene en común con los otros colonos es que no tiene intención de convivir con ellos.

Es por eso que todo lo que su finca no puede producir lo compra desde otros planetas, aislamiento total, sus descendientes crecerán en un mundo lo más sano posible, mientras tanto el caza desde su jacuzzi.

No es Ian pero se parece
No es Ian pero se parece.

El renacer de Hernie

Esta historia fue creada por los amigos de la pagina: Luis Alonso Cruz y Eric Iparraguirre, nos presentan un escenario Cyberpunk donde podemos ver las aventuras de un traficante de drogas en un gobierno totalitario, todo esto como preámbulo para una historia aún mas grande y completa.

Espero que disfruten como yo la disfrute y no olviden comentar…

 

Llevaba más de cinco años en aquella prisión demencial, pero ¿qué prisión no lo es en el año 2500?.¿cómo no se vuelve uno loco con un policía cyborg que te planta todo su brazo de titanio en la cara ante cualquier acción que a su criterio es una falta de respeto? ¿cómo no se vuelve uno loco con unos compañeros de celda que más que reos parecen internos de centros mentales con esteroides?

Para no ser otro loco, queda ejercer la supervivencia. Así, con cada flexión, cada tensión muscular y cada combate contra cualquier provocador no sólo se hacía ganar respeto y masa muscular, también le venían los recuerdos de aquel maldito día en que fue capturado por la milicia urbana del gobierno insular con la ayuda de la UAN (Unidad Anti Narcóticos)….

Hernand  Rosset (más conocido como Hernie) no era más que un micro comerciante de drogas en las calles de la ciudad de Nuevo Progreso mejor conocida como Nupro City

-“¿Quién se va a fijar en mí?, mientras no cometa alguna tontería, un mal movimiento todo estará perfecto”-era lo que siempre repetía a sus amigos, amantes, cliente y un sin fin de seres a los que les comercializaba cannabis,  heroína, pasta, speed, polvo de ángel, omega 65, anfetaminas ciber neurales o cualquier otra droga de poco valor para las autoridades. Pero todo cambiaría un día cuando un personaje mitad turco mitad inglés con un extraño tatuaje de lagartija en su antebrazo le ofreció un buen negocio: comerciar con un potente ácido inyectable  llamado The Lord.

 –“El efecto es directo sobre la pituitaria, los viajes son muy duros y prolongados…el cliente puede ir a donde quiera. Esto es oro puro”- era lo que le explicaba este individuo, mientras le sonreía con un diente de platino que brillaba bajo la pobre luz del cuarto donde estaban. Lo que no le explicó era, que al actuar sobre esa glándula estimulaba la producción de visiones, generando fragmentos de posibles profecías sobre el fin del gobierno insular, pero su efecto iba incluso mucho más allá, limpiaba todos los restos del agente alucinógeno Locnoter causante del atrofiamiento de las facultades cognitivas superiores, es decir, pensar por uno mismo y de manera racional.

 El agente era lanzado a la atmosfera por las autoridades insulares mediante las centrales de dispersión ubicados en lugares donde antes habían sido iglesias, bibliotecas o parques. Por su forma se le conocían como “Hornos”  y  los pocos iluminados se referían a esta táctica como “Embrutece y gobernarás”.

Al empezar a traficar con The Lord, Hernie, se convirtió en uno de los tantos enemigos públicos del estado y fue puesto en la lista de terroristas y traidores del Secretariado de Justicia y Protección de la Patria Insular, máximo organismo de control público, que tenía a su mando la UAN y la milicia urbana.

Hernie estuvo mucho tiempo escapando de los continuos intentos de ser capturado por las dos fuerzas, en varias ocasiones una llamada, una señal o simplemente una intuición lo había salvado. Pero su caída se debió no por el tráfico, ni siquiera por los enfrentamientos armados que tuvo con algunos milicianos, sino por la muerte de una mujer.

Todo ocurrió cierta noche, él celebraba su cumpleaños número 32 con algunos de sus amigos comerciantes de droga en un night club del sector 10 de Nupro City o los “Rascacielos Calientes” como lo llamaban a ese sector rosa. Las drogas, el alcohol y los bailes de las mujeres le dieron a Hernie las ganas de saciarse con una mujer – “La quiero albina, no alta, y joven que no pase de 20 años” –fue lo que pidió por la pantalla del night club. Cuando ella apareció Hernie apenas podía ponerse en pie, su estado de alucinación y ebriedad habían hecho un fiasco de él, y la chica, que le había cobrado antes, sólo le hizo bailes eróticos y cuando estaba dispuesta a irse Hernie la contuvo –“El servicio no está completo, ahora quiero sexo”- a lo cual la mujer le dijo –“Mírate, ni siquiera te puedes parar y dudo que también se te pueda levantar”- En ese momento, Hernie fue un animal,  comenzó a golpear a la mujer con una brutalidad única, y ella en un intento por huir terminó cayendo del balcón del night club que estaba ubicado en el piso 25. La  milicia y el UAN llegaron por las llamadas de los vecinos ante el escándalo y el cuerpo de la mujer desparramado. Hernie al verse acorralado luchó contra los agentes hasta que estos lograron neutralizarlo.

Un largo proceso le siguió y gracias a la defensa de su  abogado evitó la pena de muerte alegando haber estado alterado mentalmente por ingerir la droga que comercializaba. Su pena fue transmutada por la cadena perpetua que al final era lo mismo o peor que la muerte.

Y así como irónica fue su captura, su escape lo fue todavía más. Era un día viernes en la mañana cuando los sismógrafos detectaron en Nuprocity el primer terremoto de grado 9 en casi 200 años. La ciudad en muchos sectores era un castillo de naipes….

-“¡Terremoto, terremoto!”- Eran los gritos de los guardias.

El suelo de la penitenciaria se abrió y una enorme grieta la partió. Por ella Hernie y muchos prisioneros caían como unos escombros, muriendo los más de ellos, pero para él fue una caída que no lo dejó mal herido. Cuando logró incorporarse, se dio cuenta que los presos sobrevivientes aprovechan en huir siendo algunos abatidos por las ráfagas de los rifles de plasma de los guardias.

Con todo el alboroto  y viendo esa leve oportunidad, Hernie recogió un rifle y comenzó correr entre los muertos, heridos y miembros despedazados tanto de reos  y guardias. En su camino se topó con la tapa del alcantarillado principal de la penitenciaria, así que no lo dudo mucho, cargó el rifle y disparó. Una vez adentro, se sumergió en las aguas malolientes, las cuales con su fuerza de arrastre le hicieron perder el rifle y la consciencia de un solo golpe. La fuerza del arrastre y su lucha por no hundirse lo dejaron inconsciente –“¿Muerte, redención, Dios? ¡no! , ni siquiera existe, ¿por qué pienso en él? ,¿Así es morir? …eran palabras en su propia inconsciencia.

Cuando al fin despertó  era el amanecer del sábado, estaba rodeado de basura no solo orgánica sino también de restos de máquinas, vehículos, químicos de fábricas…-“soy lo inservible, en el reino de lo inservible”-pensó. El cielo tenía el típico color verdusco del Locnoter

Caminó mucho por el basural,  y mientras buscaba algo firme entre tanto desperdicio, una pregunta extraña se le vino a la mente -“¿Se podría construir una estructura sólida sobre ese campo?”- una respuesta se le venía pero decidió abandonarla por su inutilidad.

Pasaban horas de caminata y hambre, su traje de reo estaba húmedo –“en este lugar el único que vive y piensa soy yo”-se afirmaba con cada paso, hasta que algo lo sorprendió.

-“¿Qué diantres eres?”- le preguntó a ese ser de apariencia reptiliana todo gelatinoso y transparente de cuyos ojo salía una hipnótica luminosidad de color rosa – “Soy Ostro, el hijo  del Vasto Sistema del Pensamiento o Vaspev, no temas, que estoy aquí para educarte”- y antes de que Hernie respondiera algo el reptil le disparó desde su cola un dardo plateado que le dio en el medio de la frente. El dardo tenía una dosis  al 95% de pureza del ácido The Lord,  lo que introdujo a Hernie en un profundo sueño alucinatorio.

En el sueño, Hernie se encontraba frente a un templo, de estilo indeterminado, por ciertos momentos le recordaba una catedral gótica por otros era un templo bizantino. La puerta de una altura indeterminada, estaba abierta de par en par, y daba  directamente a la nave principal del templo que estaba iluminada de una manera tal que Hernie supuso que era luz artificial pero no lograba distinguir de que tipo. La sensación que daba era de estar en un profundo misterio dentro de otro misterio.

Al avanzar y distinguir mejor las formas, pudo ver al fondo de la nave, lo que sería el púlpito principal. En él había una cabeza unida a cordones que se perdían atrás de la estructura y debajo de la misma una pantalla de mercurio la cual al detectar la presencia de Hernie comenzó a lanzar una serie de números y luego estos se iban transformando en palabras que se unían para crear oraciones y frases.

-“Soy Irgundio, -decía la cabeza-uno de los muchos profeta de la VASPEV. Ahora te encuentras en una de sus esferas dimensionales. Ustedes la  llaman Revelación, y esta para que  no te provoque más sobresaltos, se materializó en un templo, algo que es familiar para ti”- en ese momento la pantalla le mandó imágenes de hace veinte años,  su madre y él entrando a una de las pocas iglesias que quedaban en el sector 83 de Nupro City antes de que el gobierno insular las destruyeran todas para levantar centrales de dispersión de agentes alucinógenos.

Irgundio continuaba-“Te presento a uno de mis ayudantes: Ostro, él fue el nexo entre la VASPEV, yo y tú”- en ese momento de la boca de la cabeza salió el reptil que había visto antes de caer en el sueño y lo relacionó inmediatamente con el tatuaje del extraño traficante de drogas que le ofreció The Lord.

– “Antes que te preguntes cosas, las respuesta ya se están dando Hernant… ahora el tiempo para que te quedes en esta Revelación está llegando a su fin, así que te dejaré el mensaje verdadero o revelación máxima”-tras lo cual Ostro bajó de la boca de Irgundio y se conectó con la pantalla de mercurio mediante un cable saliente de su espina dorsal y hecho esto apareció el mensaje- “Sus ropas te llevaran a los hijos escondidos, nuestros hermanos menores que pronto serán los tuyos”.- luego toda la nave se envolvió en un manto negro, Hernie sintió que otra vez perdía el sentido.

Al despertarse se encontraba en el basural – “¿Fue un sueño o alguien está jugando conmigo?”-  Hernie, como un reflejo mecánico, se llevó las manos a  la frente y descubrió que ya no había el dardo pero si un pequeño agujero para recordarle que todo había sido “real”. En ese momento sintió mucha hambre.

Comenzó de nuevo a caminar y como quien encuentra ecos a su plegaria vio a un hombre a lo lejos sentado junto a una fogata. Al acercase cada vez más, descubrió que el hombre ya lo estaba mirando, así que cuando lo tuvo cerca este le dijo –“Acércate hombre, veo que tienes hambre”- tras lo cual compartió su merienda la cual Hernie apuró sin pensar en el tipo de carne que masticaba, sólo sabía que era comida tras muchos días en un miserable basural.

Mientras apuraba el alimento, Hernie vio que este sujeto de la fogata vestía un traje negro de arlequín, un abrigo y botas militares, también negros. Sus manos estaban cubiertas por mayas negras y anillos plateados que simulaban calaveras y murciélagos. Su color de piel era extremadamente blanca, en su rostro no llevaba cejas y las pupilas de los  ojos tenían un diseño como los ojos de un felino. A la vez los cabellos eran largos y trenzados.

Al ver que Hernie lo miraba este le respondió – “Como extranjero necesitarás comer lo suficiente para ser mi esclavo, eres un infrahumano, sé de dónde vienes pues tus ropas te delatan; y te digo he comido cadáveres de gente como tú. El hombre que come cadáveres no le teme a nada; así soy yo, si puedo comerme cadáveres puedo comerme a Dios, ya que él es una invención del pensamiento infrahumano “- Hernie al escuchar estas palabras sintió que una herida se volvía a abrir, manaba sangre que había estado coagulada por años, esos segundo entre lo que él iba a responder y el silencio era un mar de recuerdos que la llevaron a aquellos lejanos domingos con su madre y el púlpito, ¡ese púlpito donde ella había muerto! – “No te preocupes-respondía Hernie- en breves segundos  serás un mártir de tu gente y te convertirás  en un dios que si existió” – acto seguido Hernie le destrozó el cráneo con un tubo oxidado golpeándole repetidamente y para rematar el cuerpo ya inerte, cogió un pedazo de hierro filoso, le abrió el pecho y arrancó el corazón, el cual tiró a la fogata. Siguiendo sus instintos tiró el cuerpo en un charco cercano y descubrió un extraño fenómeno, la piel del cadáver que había sido blanca era sólo un maquillaje que se diluía en el agua. El verdadero color del difunto era de un cobrizo tierra. Esa noche, Hernie pudo dormir tranquilamente

Al amanecer, Hernie de nuevo estaba solo en el basural; con  un cadáver y quizás una nueva condena, tal como había acabado la última vez. Se sentó y siguió recordando escenas de su infancia, especialmente de su iglesia, esa  gran torre cónica rematada por una cruz que tanto al amanecer como al atardecer brillaba por los rayos que caían en su superficie de aluminio –“Siempre brillabas, la gente, nosotros, pusimos lo mejor ahí, el aluminio que nos faltaba en nuestros hospitales, las mejores piezas inoxidables de nuestras cocinas… y al final esos malditos del gobierno te derribaron, luego pusieron un Horno como si fuese una sucursal del infierno… nos quedamos desnudos después de que te fuiste”- y mientras seguía con sus recuerdos le asaltó uno más; era el último mensaje de su alucinación-sueño: “Sus ropas te llevaran a los hijos escondidos, nuestros hermanos menores que pronto serán los tuyos”.

Como un resorte, presa de ese mensaje, Hernie se dirigió al cadáver y tomó sus ropas, al hacerlo se volvió  a sentir aliviado.

Durante un día más siguió caminando en aquel reino del desecho, hasta que una nave aterrizó cerca, su conductor, que le había llamado la atención al ver a ese hombre vestido de negro, era un empleado de la recolección de desechos e incineración, llamado Enoch quien le dijo:

-“Hombre, ha sido una suerte encontrarte, debo sacarte de aquí lo más pronto posible, esto estará a punto de incendiarse, siempre lo hacemos el último martes de fin de mes, rociamos todo de uranio y luego lo encendemos…no queda nada”- en ese momento Hernie esbozó una sonrisa y le agradeció  a su salvador y se dijo para sí mismo – “tal como el pastor nos decía en la Iglesia, al tercer día resucitó de entre los muertos”-

También se acordó en ese momento del cadáver y se dijo otra vez -“para algo serviste después de todo” – y se rió como no lo había hecho en tantos años, mientras recibía en los ojos los destellos de luz del atardecer  filtrados por el plexiglás de la nave.