La planta rodadora.

El estepicursor se arrastra por el yermo, moviéndose a capricho del viento desértico, la planta rodadora da tumbos por las dunas y los accidentes geográficos causados por la erosión, años ya ha pasado desde qué todas sus semillas fueron regadas por la pradera muerta y estas a su vez se han fructificado y secado a capricho del clima.

Se ha estrellado contra la pared de la cabaña.

Cuando lo vi no pude evitar pensar en la futilidad de la vida, el esqueleto de lo que alguna vez fue una planta viaja sin dirección ni propósito hasta que finalmente es estrellada con algo  lo suficientemente duro como para destruirla. Verla compuesta de ramitas secas, prácticamente fosilizadas me hizo pensar en huesos de pájaros o huesos de niños.

Miré el lugar donde se supone mis dos hijos están enterrados, la erosión se ha llevado cualquier rastro de la excavación y solo queda la marca de agua en el paisaje gravado en mi memoria.

He estado pensando que cuando llegue la hora quiero ser enterrado junto a ellos, eso deja abierto el problema de quien me va enterrar a mí. Aparte desea planta rodadora no había llegado nadie solo el viento silbando mientras levanta el polvo.

Podría caminar hasta las montañas, cuando llegué a esta cabaña caminamos dos días desde las faldas hasta llegar aquí, para ese entonces mi hijos ya estaban ciegos, nunca sabré si fue el sol del desierto o la enfermedad que se llevó a mi esposa.

A ella le hubiera gustado estar enterrada junto a sus hijos. ¿Por qué habría de dejarlos yo?

La enfermedad se los llevó a todos menos a mí, la pérdida de visión, las llagas  en la piel, el cabello color morado. Los médicos decían qué el virus vivía en el polvo y que fácilmente el viento lo transmitía, al contacto con los ojos quedabas infectado.

Traje a mis hijos donde no pudieran contagiarlos, todavía no habíamos llegado cuando sus ojitos no veían nada.  No los iba a regresar a las ciudades, allá solo hay caos y locura, si es que queda alguien, me  quedé con ellos en la cabaña, cuidándolos hasta que el señor se los llevó, el viento ha ocultado sus tumbas.

Me parezco tanto a las plantas rodantes que las envidio, me dejo llevar muerto por el viento, enterrando mis semillas secas buscando el momento en el que me estrelle con algo lo suficientemente duro como para desbaratarme.

Qué la erosión consuma mis huesos y no quede remanente de mi existencia.

Una gran historia

Nota del cerdo

Considerando qué hoy no es lunes la entrada les podrá parecer algo inesperada, pero estoy participando en una dinámica sectaria organizada en el blog de Marifa donde ustedes podrán leer una historia creada por diferentes autores sometidos a unas reglas sencillas, considerando qué no quiero ser quien rompa la cadena, causando grave daño emocional a Allegra Luna añadiré mis siete líneas  y nominaré a alguien para continuar el relato.

Mi colaboración:

Sintió el frio de su Colt en su pantalón. Recordaba perfectamente la última vez qué la utilizó:

—¿Esperas qué cave mi propia tumba en el desierto? ¡Dispara de una vez o déjame ir!

Aquel infeliz en medio del Mojave estaba realmente gordo, la playera se estiraba para ceder terreno a la grasa acumulada en sus axilas.  Y la barba era poca para ocultar la papada que llegaba hasta manzana.

—¡No hay chip qué me vaya a sacar de esta! ¡Dispara de una vez!

No podía recordar si disparó o no.

La luz dejó de encandilarlo y dejó los malos recuerdos para después, tenía algo más importante entre manos…

Y nomino a Daniela Guzmán del Gato para qué continúe el relato.